Amania o los vínculos toponímicos del Valle de Mena con sus vecinos

PARTE I. VÍNCULOS CON LA TIERRA DE AYALA

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El padre benedictino Gregorio Argaiz afirma en una de sus obras (1668), sin aportar más datos al respecto, que “El Noble y Real Valle de Mena se llamó antiguamente AMANIA, igualmente que el valle de Tudela y la noble tierra de Ayala, cuyos naturales se llamaron ‘amanienses’ y su capital fue Dardania, conocida hoy por el nombre de Orduña”. Esta misma denominación de Amania la recoge dos siglos después Miñano en la descripción que hace del Valle de Mena en su Diccionario Geográfico-Estadístico de 1827 (Tomo VI).

Teniendo en cuenta esta parca información al respecto, resulta interesante constatar que en la vecina Tierra de Ayala existen una serie de topónimos que pueden ser indicadores de un pasado territorial común. Nos referimos a MENAGARAI, MENOYO, MENARDO y MENERDIGA, que conforman una línea que desde el corazón del valle alavés asciende hasta el de Losa por la Sierra Salvada.

Las teorías etimológicas que se han propuesto para estos enclaves son variadas. Mugurutza (2002) cree que están interrelacionados etimológicamente con un nombre genérico desconocido, preferentemente un antropónimo. MENAGARAI es un pueblo situado entre Arceniega y Amurrio y cuya etimología más comúnmente aceptada ha sido la de descomponerlo en el nombre Mena y el eusquérico garai ‘alto’, viniendo en dicho caso a significar MENA DE ARRIBA. Sin embargo, Mitxelena lo hace derivar de me(n)a, ‘mineral, mina, vena’. MENOYO es una aldea también conocida como El Campo y situada entre Menagarai y Sierra Salvada. Al margen de interpretaciones difícilmente defendibles como ‘ladera de la montaña’ (Barrenengoa, 1990), la mayoría de las explicaciones han pretendido relacionarlo con el valle de Mena. Otras opciones advierten de la posibilidad de que se trate de un genérico, a la vista del topónimo Las Menoyas de Arceniega o La Menoya en el vecino Santa Coloma. MENERDO es el nombre de un despoblado en las faldas de la Sierra Salvada, entre Aguiñaga y Madaria, y que algún autor le ha atribuido un origen visigodo. Justo por encima, en lo alto de Sierra Salvada, está el portillo de MENERDIGA, que comunica Ayala con el Valle de Losa.

La primera vez que el valle de Ayala aparece como ente territorial diferenciado es en la época de Alfonso I de Asturias (741), si aceptamos por buena su identificación con Alaone (Aiaone o Aizone según otras lecturas) de la Crónica de Alfonso III (881) (García de Cortázar, 1981; Martínez Díez, 1974). Alaón puede proceder del antropónimo latino Alaunus, que a su vez podría proceder del gentilicio alani, nombre de uno de los pueblos bárbaros que entraron en la península en el siglo V. Por otro lado, alaod (Alodia) es una palabra germánica (visigoda) que significa Tierra Libre, y cuyo dativo utilizado con connotaciones posesivas es alaodón. Este último significado enlaza con el carácter libre de este valle, que disfrutó durante los siglos siguientes de sus propios fueros, usos y costumbres, sin tener que ver con el régimen administrativo de Alava o Vizcaya. Llegó incluso a tener el rango de Provincia independiente desde 1521 hasta 1833.

Castro de Quintanalacuesta, Cuesta Urria: ¿Un castro autrigón?

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Panorámica hacia Villarcayo desde el castro.

 

Bohigas, Campillo y Churruca (1984) dicen lo siguiente sobre este enclave: “En el término llamado los Castillos hay un castro ocupado durante la Primera y Segunda Edad del Hierro. Está emplazado sobre dos cerros de las estribaciones de la sierra de la Tesla. El recinto se limita por el oeste con los escarpes acantilados de ambos cerros en cresta, mientras es en la pendiente oriental donde se encuentran los indicios del poblado. En la zona más elevada de ambos cerros se hallan sendas terrazas formadas por un alomamiento del terreno, que quizás corresponda a una línea de amurallamiento. A los pies de ambas pendientes debía estar asentado el poblado, organizado en tres niveles de terrazas, concéntricas con respecto a cada una de las crestas de los dos cerros.

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Vistas de la terraza principal. Foto de Jesús Pablo Domínguez.

 

La separación de los niveles de terrazas entre sí se debía solucionar a base de muros que en algún punto debían tener más de tres metros de altura. Los taludes producidos por su derrumbe presentan más de nueve metros de anchura en casi todos los puntos, apreciándose en puntos aislados montones de piedras no recubiertos por la vegetación. Un caso particularmente interesante de separación es el que aparece en el nivel de terrazas más elevado de la cresta norte, formada por una alineación de losas hincadas de gran tamaño, que se sigue durante más de doscientos metros.

17309710_1410872068985863_674297853199624664_nEn superficie se recogen algunos fragmentos de cerámica a mano, entre ellos uno con decoración incisa con un motivo de bandas compartimentadas por trazos perpendiculares. Además aparecen cantos rodados de arenisca, algún núcleo de sílex y fragmentos de adobe.

17309705_1410877655651971_9070820585660318422_nEn este recinto se practicaron en el pasado excavaciones de sondeo que proporcionaron algún denario de Turiaso, una fíbula de arco y un colgante de bronce, así como una punta de lanza de hierro, adobes, una cuerna de ciervo trabajada y molinos de mano. Igualmente fueron hallados restos de vasos cerámicos, capítulo dentro del que hay que señalar el reciente descubrimiento de fragmentos de cerámica pintada celtibérica en el solar de este castro por parte de J. A. Churruca”.

 

Este castro es sumamente extraño y diferente a los del resto de la Cantabria Burgalesa por varios motivos:

1. Por su ubicación. Se trata de un castro desde el que se domina toda la llanada de Villarcayo-Medina pero que aparenta estar semiescondido, desde donde “se ve sin ser visto”. Diferente a los castros cántabros que conocemos, a los que les gusta dejar claro un “yo estoy aquí” para todo aquel que pasa por su entorno.

2. Se trata además de un castro que no está ubicado en la cima del monte sino en media ladera. Más cerca de la llanada agrícola que de las cumbres de detrás que lo separan de la Bureba. Para adaptarse a la pendiente cuenta con un sistema de terrazas que también es poco común.

3. Sus murallas son de escasa entidad, apenas perceptibles hoy día e indistinguibles de las propias terrazas. Podrían haber estado hechas de adobe, al estilo de los castros autrigones como el de Soto de Bureba, herederos de la cultura meseteña de Soto de Medinilla.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, podríamos estar ante un pequeño castro autrigón dependiente de alguno de los grandes oppida ubicados en la Bureba, tal vez Salionca (Poza de la Sal). Cualquier opinión técnica al respecto será bienvenida. El enclave merece ciertamente una visita por parte de cualquier amante de este período histórico.

 

 

 

Cantabria es Quanto Ay de Ebro al Oceano, Dexando a Burgos lo de Ebro a Castilla. 1553.

Los Quarenta Libros del Compendio Historial, Tomo I, Libro VI, Capítulo XXVIII. Escritos por Esteban de Garibay y Zamalloa. Edición de 1628.

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Esteban de Garibay y Zamalloa (1533 – 1600) fue un historiador y cronista real vasco bastante conocido en su época. Estudió en la Universidad de Oñate y participó en la vida política local y guipuzcoana mientras redactaba la primera Historia de España conocida: Los Quarenta Libros del Compendio Historial (1556-1566), que serían publicados más tarde (por Plantino, en Amberes, 1570-1572), lo que le dio un gran prestigio a costa de empeñarse e incluso sufrir embargo y cárcel (1577-78). Antes había viajado hasta Sevilla y fijado su residencia entre Toledo y Madrid. Es un reconocido impulsor de las tesis “vascocantabristas” que durante los siglos XVI y XVII extendían el territorio de Cantabria hasta el Pirineo navarro.

Nota: Religiosos Menores es el nombre por el que se conocen también a los franciscanos.

 

 

Las Merindades como parte de La Montaña. 1799.

El cartógrafo, editor y escritor austríaco Franz Johann Joseph von Reilly (1766-1820) realizó más de 830 mapas para su gran proyecto vital, el Atlas “Schauplatz der funf Theile der Welt”, elaborado entre los años 1789 y 1806.

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El mapa de España y Portugal que presentamos aquí fue publicado en 1799 y está basado en la información recogida por el gran cartógrafo español Tomás López (1730-1802) en su mapa de 1774. Tomás López fue el padre de la cartografía moderna española. Estudió en París y estuvo en contacto con las corrientes cartográficas europeas del momento.

Hasta la magna obra de López, la cartografía española dependía de mapas elaborados en el extranjero. Amberes, Ámsterdam y París fueron focos cartográficos en los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, gran parte de los mapas que se editaron durante estos siglos contienen errores de bulto referidos a nuestro ámbito. Por ejemplo es común que no aparezca el territorio comprendido en el Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa (creado en 1496). De Santander hacia el oeste era Asturias y de Santander hacia el este era Vizcaya. Los mapas del famoso cartógrafo holandés Blaeu (1630 y 1662) son paradigmáticos en este sentido. El motivo tal vez sea que todos estos mapas están basados en información recopilada dos siglos más atrás, en torno al 1400. Las villas costeras cántabras formaron una potente unidad comercial junto con varias villas vascas durante dos siglos (1296-1494), llamada Hermandad de las Marismas, que contaba con una extensa flota propia e incluso llegó a intervenir de forma autónoma en varias guerras europeas. Por su parte, la Merindad de Asturias de Santillana existió desde 1209 hasta la época de los corregimientos. De hecho, los datos de otros territorios representados habitualmente en estos mapas parecen sacados de este mismo período (Navarra aparece a menudo conservando la Sonsierra alavesa, que pasó a manos castellanas en 1463).

El primer mapa que conocemos donde aparece por primera vez el Corregimiento o Provincia de las Cuatro Villas de la Costa es el del italiano Cantelli de 1696. Habrá que esperar a mediados del siglo siguiente para verlo recogido en un mapa francés. Y por fin, tras difundirse la obra de López, los cartógrafos europeos empiezan a incorporar el ámbito cántabro en sus representaciones, denominándolo La Montaña, un gentilicio que había empezado a extenderse ya en los siglos anteriores para designar a los nativos de toda esta zona, incluidas las Merindades.

Esta distribución territorial fue la que estuvo vigente durante al menos el Período de Intendencias y Partidos (1749-1833).

 

 

 

 

Tumbas altomedievales excavadas en roca

Las tumbas excavadas en la roca son uno de los restos del paisaje altomedieval más comunes en la Península Ibérica. Sin embargo, su estudio está lastrado por los problemas sobre su cronología. Los estudios de Alberto del Castillo, crearon una crono-tipología que ha sido dominante y que continúa funcionando como paradigma. Pero el estudio de los datos procedentes de dataciones radiocarbónicas y de ajuares permite modificar ese planteamiento. En realidad, no puede hablarse de una cronología de las tumbas excavadas en la roca, sino de cronologías muy diversas relacionadas con la utilización de esas sepulturas en contextos muy diferentes. Un enfoque más adecuado es centrarse en los procesos que dieron origen a los distintos espacios funerarios en los que aparecen las tumbas excavadas en la roca (Martín Viso, 2014).

En Merindades no hay ningún yacimiento que haya sido datado mediante métodos científicos (debido a la falta de interés por conocer nuestro pasado arqueológico), pero en la necrópolis de Peña del Mazo, Valle de Tobalina (Aratikos, 2005), compuesta por 95 tumbas excavadas total o parcialmente en la roca, se observa que son anteriores a un centro de culto datado en torno al siglo X (Martín Viso, 2012).

En la cercana Cueva de los Moros, Valdegovía, el C14 de unas tumbas excavadas en roca junto al templo eremítico nos dice que el individuo fue enterrado en el 620 dC. (Azkárate, 1991).

En consecuencia y a falta de datos mejores, podemos datar este tipo de enterramientos en época altomedieval, entre los siglos VII y IX.

 

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Cigüenza, Villarcayo. Foto de Félix Andino.