Introducción a la Genética de Poblaciones. El marcador R1b-DF27

La genética de poblaciones humanas es una rama de la biología que intenta describir, entre muchas otras cosas, cómo ha ido evolucionando y desplazándose la población humana a lo largo de la historia. Cuando se trata de explicar nuestro pasado, este ámbito científico es de enorme interés porque nos arroja luz sobre todos aquellos aspectos de nuestro pasado que tienen una sólida base poblacional y no solo meramente cultural.

Un ejemplo clásico de producto cultural es el lenguaje. La adquisición y extensión de una lengua es un producto básicamente cultural y no todos sus hablantes tienen por qué compartir la misma herencia genética. El hecho de que un indígena de Los Yungas de Bolivia tenga como lengua materna el español no lo convierte en genéticamente similar a un habitante de la península. Lo mismo puede concluirse de cualquier lengua, incluida el vasco. Porque las lenguas son todas productos culturales.

Un segundo aspecto que conviene aclarar es que la genética de las poblaciones en absoluto conlleva connotaciones que pudieran ser tildadas o utilizadas por alguien con fines racistas, ya que a esta rama del saber no le interesa en absoluto los orígenes específicos que tiene una persona concreta a nivel genético. Le da igual si Fulanito Pérez, natural de Sevilla, tiene un origen escandinavo o no. Trabaja con grandes números. Parte de la base de que cualquier población de cualquier territorio está hoy día “muy mezclada” y en lo que se centra es en extraer conclusiones sobre el PORCENTAJE de ocurrencia de tal o cual gen específico en un gran número de personas representativas de un sitio, con la finalidad última de conocer más sobre nuestro pasado, los desplazamientos de la gente y la INFLUENCIA POBLACIONAL en la conformación de una sociedad y una cultura concretas.

Estos estudios se basan en el hecho de todos nuestros genes van sufriendo ligerísimas mutaciones con el paso del tiempo. Y ocurre que en la especie humana tenemos dos genes concretos que son muy interesantes para analizar nuestra evolución porque solo se transmiten a través de nuestros padres y madres. En concreto, los cambios que se producen a lo largo del tiempo en ciertas partes (llamadas haplogrupos) del cromosoma sexual masculino Y (ADN-Y) se utilizan para conocer cómo han ido evolucionando genéticamente nuestros antepasados masculinos, mientras que los cambios en el ADN que tenemos todos en las mitocondrias de cada célula (ADN mt) son los utilizados hoy día para conocer lo mismo en el caso de nuestros ancestros femeninos, ya que solo se transmiten por línea matrilineal. Analizando las sucesivas mutaciones de estos haplogrupos se pueden trazar mapas bastante precisos sobre cuándo, desde dónde y hacia dónde han ido desplazándose las poblaciones humanas durante la prehistoria e incluso la historia.

La genética de poblaciones es uno de los campos científicos más efervescentes de la actualidad, en el que se están produciendo avances notables cada año. Hoy día se sabe que la población ibérica masculina pertenece mayoritariamente al haplogrupo R1b. Esto nos vincula al resto de la Europa Occidental Atlántica, donde también este haplogrupo es predominante (Irlanda (81%), Gales (74%), Escocia (72,5%), España (69%), Inglaterra (67%), Bélgica (61%), Francia (58,5%), Portugal (56%), Suiza (50%), y porcentajes cercanos al 50% en Holanda (49%) y Alemania (44,5%), datos de Eupedia). Esta mutación surgió a partir del haplogrupo R en Oriente Medio durante el Paleolítico, hace casi unos 20.000 años. El R1b siguió experimentando variaciones (M269 ya en Europa oriental, L11, U106…) y al principio de la Edad de los Metales apareció la mutación S116 en el sur de Francia que dio origen posteriormente a las dos principales ramas que se han localizado hoy día en el oeste de Europa: la Celto-Atlántica (R1b-L21/M529) y la Ibérico-vasca (R1b-DF27).

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La subdivisión R1b-L21 (también llamada M529) es el haplogrupo que mejor define a los pueblos de las Islas Británicas (Irlanda (54%), Bretaña (52%), etc.). No se conoce el lugar exacto donde se originó aunque se cree que fue en algún punto de la actual Francia y hace unos 3800 años. En España presenta las más altas frecuencias en Galicia (8%), Asturias (6%) y Cantabria (6%) (Datos de Valverde 2016; N=63 – 146). Como vemos, porcentajes que están lejos de ser significativos y que alejan a los gallegos, cántabros o vascos de los habitantes de las Islas Británicas.

El haplogrupo R1b-DF27, que hemos llamado Ibérico-vasco (equivalente al galo-ibérico de Eupedia) es tal vez el más interesante para nosotros. Y esto es así porque es la subdivisión del R1b que mejor nos define. En torno a un 42% de todos los hombres de cualquier rincón ibérico llevan este marcador en sus genes. Y entre los vascos nativos el porcentaje aumenta al 74% (Solé Morata et al, 2017). En otros vecinos europeos el porcentaje es mucho menor: Francia (11%), Gran Bretaña (15%) o Irlanda (1%).

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Esta variante R1b-DF27 se originó hace sólo unos 4200 años, es decir al principio de la Edad de los Metales. Debió surgir en el noreste de la península, actual Cataluña (véase imagen). A pesar de su elevada frecuencia actual en el País Vasco, las medidas internas de diversidad y las estimaciones de la antigüedad son más bajas en los vascos que en cualquier otra población, lo que descarta esta región como punto de origen de la variante (Solé-Morata, 2017). Lo que debió ocurrir en el País Vasco es que unos pocos individuos con este marcador quedaron aislados en algún momento del pasado y no sufrieron influencias genéticas posteriores.

El R1b-DF27 siguió sufriendo mutaciones posteriores, algunas de las cuales han sido rastreadas y han permitido establecer interesantes conclusiones, como que la subdivisión Z195 se localiza en la zona vasco-ibérica pero apenas tiene presencia en el oeste peninsular, por lo que toda esta zona de Galicia, Asturias y Portugal deben estar albergando algún otro subtipo de R1b-DF27 aún no descubierto.

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Para saber más:

Solé-Morata, N. et al. (2017). Analysis of the R1b-DF27 haplogroup shows that a large fraction of Iberian Y-chromosome lineages originated recently in situ. Scientific Reports, 7, 7341. doi:10.1038/s41598-017-07710-x

Valverde, L. et al. (2016). New clues to the evolutionary history of the main European paternal lineage M269: dissection of the Y-SNP S116 in Atlantic Europe and Iberia. Eur J Hum Genet., 24(3), 437–441. doi: 10.1038/ejhg.2015.114.

www.eupedia.org

 

 

 

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Horquillas de oro de Tablada del Rudrón, Las Loras.

CALCOLÍTICO – EDAD DE BRONCE (2200 AC).

Su descubridor (Campillo, 2004) las define como sortijas, pero en la literatura internacional se consideran pendientes (basket earrings) o, más probablemente, horquillas para el pelo de los jefes o élites sociales locales.

Se vinculan con otros hallazgos similares encontrados en las Islas Británicas y Centroeuropa, una muestra más de los intensos intercambios culturales que existieron durante la Edad del Bronce en toda la fachada atlántica.

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Aparecen en enterramientos junto a la cabeza de hombres de alto estatus y acompañados de vasijas campaniformes, por lo que se consideran asociadas a esta cultura originada en la desembocadura del Tajo. La expansión de la cultura del vaso campaniforme por toda Europa estuvo unida a la difusión de la metalurgia del cobre y recordemos que en el cercano pueblo de Huidobro se localiza una importantísima mina de cobre explotada desde el neolítico. https://lacantabriaburgalesa.wordpress.com/…/mina-neolitic…/

Las piezas británicas han sido datadas entre el 2500-2000 aC.

Para saber más: http://www.bizkaia.eus/…/kobie_6_vol_1y2_anejos_DOS%20SORTI…

Necrópolis de San Juan de la Hoz, Cillaperlata. Posible pervivencia de ritos funerarios paganos en plena Edad Media.

En Merindades contamos con un gran número de necrópolis excavadas en roca y cuya datación exacta sigue planteando en la actualidad serias dificultades, derivadas de que en la mayor parte de ellas solo han llegado hasta nuestros días la talla en la roca. Por ello resultan especialmente interesantes analizar los escasos ejemplos que han sido excavados arqueológicamente y en los que se han encontrado las sepulturas intactas.

La necrópolis altomedieval de San Juan de La Hoz en Cillaperlata es uno de estos casos. Situada al lado del antiguo monasterio paleocristiano de San Juan de la Hoz, precursor del de Oña, está compuesta por 82 tumbas excavadas en la roca. Durante los años 1979-1986 se realizaron excavaciones arqueológicas en 74, recuperándose un total de 67 individuos: 37 hombres, 22 mujeres, 5 niños y 3 indeterminados. Fueron datados por las directoras del yacimiento como correspondientes a un amplio período histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo VIII y el siglo XI, que coincide con los años que transcurren entre la fundación histórica del monasterio en el 790 (se han encontrado restos visigodos por lo que su origen es casi seguro que es anterior) y su subordinación al cercano monasterio de Oña fundado en el 1011.

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Parte de la necrópolis en la actualidad (Foto de Entusviajes).

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Momento de las excavaciones (fotos a través de la Asociación de Estudios Onienses).

 

Llama la atención el escaso número de individuos infantiles encontrados y la especial prevalencia de enfermedades artrósicas, caries y, en menor medida, callos de fractura (fracturas óseas no tratadas correctamente) en huesos de la clavícula y costillas. Se trata de una población homogénea, sedimentaria y estable, cuya economía fundamental era la agrícola y en la que no se observan signos indicativos de catástrofe natural o artificial (epidemias, hambre, guerras, etc.) (Martinez, Nieto, Díez y Ulla, 1992).

Tal vez más interesante que el análisis paleopatológico sea el análisis de los ritos funerarios que pueden deducirse de los numerosos restos encontrados, que nos acercan al mundo de las creencias en esa zona tan especial que rodea al castellum tardorromano y visigodo de Tedeja (Trespaderne).

ORIENTACIÓN DE LAS TUMBAS

Lo primero que llama la atención es la orientación de las tumbas. Todas ellas están orientadas con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este, siguiendo un patrón común al resto de necrópolis altomedievales de la zona. Esta orientación puede deberse a una pervivencia del culto solar en relación con la muerte, ya que la puesta del sol señalaría la región de los muertos. Pero también puede ser un rito eminentemente cristiano al situar la cabeza mirando hacia Jerusalén, hacia la luz de la verdadera vida.

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Plano y orientación de las tumbas.

 

Sin embargo, las tumbas no se sitúan en un eje oeste-este perfecto, sino más bien siguiendo un patrón NO-SE, lo que proporciona datos acerca de la época del año en que fueron construidas. En efecto, dado que el sol únicamente se oculta por el oeste exacto en los equinoccios y que durante el resto del año se desplaza más hacia el norte o hacia el sur de este punto cardinal, los arqueólogos llegaron a la conclusión de que este tipo de tumbas excavadas en piedra fueron hechas evitando los meses de más calor y de mayor frío, concretamente entre febrero-junio y agosto-noviembre (Andrio, Loyola, Martínez y Moreda, 1992).

LIBACIONES Y MONEDAS

Otros datos sumamente interesantes son que en varias de las losas de cubierta halladas se encontraron pequeños orificios circulares a la altura de la cabecera destinados a la antigua costumbre romana (pagana) de hacer libaciones al difunto. Además, en las tumbas situadas en el interior del templo románico superpuesto al visigodo, se encontraron monedas colocadas en las manos de los difuntos, siguiendo también un ritual o costumbre pagana.

Cuando se habla de paganismo en este yacimiento debemos asociarlo no con creencias prerromanas sino con los rituales funerarios romanos anteriores al cristianismo. El ritual funerario característico de los pueblos prerromanos de la zona (cántabros y autrigones) fue la incineración. En la antigua Roma coexistieron los dos principales ritos funerarios: la inhumación y la incineración, aunque con el ascenso del cristianismo la inhumación fue adquiriendo una mayor importancia y todo apunta a que hacia el siglo II dC la incineración deja de utilizarse en todos los rincones del imperio.

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Algunos ejemplos de estelas oikomorfas burebanas, con la puerta de Hades que podría haber servido de canal para las libaciones realizadas como homenaje al difunto.

 

Las libaciones consisten en ofrecer bebidas de diverso tipo a los dioses o a los difuntos. Fue una costumbre común en las religiones griega y romana. Procopio, mártir de Palestina, fue uno de los primeros cristianos en oponerse públicamente a esta costumbre y fue por ello decapitado en el 303 dC. En el 390, el emperador Teodosio (nacido en la Gallaecia) prohibió expresamente las libaciones aunque este rito siguió estando vigente en las religiones judía y musulmana con pruebas arqueológicas de que en plena Edad Media se seguían realizando libaciones a los difuntos enterrados en necrópolis hispanas de la época. Nada hace sospechar que la necrópolis de San Juan de la Hoz acogiese a miembros de estos dos colectivos por lo que solo caben dos explicaciones alternativas: 1. O la necrópolis es más antigua de lo que afirman sus excavadoras, o 2. Cillaperlata conservaba en el siglo VIII una población aislada de personas que seguían aferradas a creencias y tradiciones de hace siglos, de cuando la zona estuvo fuertemente romanizada como parte del discutido “limes interno” o línea fortificada romana que discurría al menos desde Mave (Montaña Pelentina) hasta Buradón (Conchas de Haro) y que servía para vigilar a los cántabros del norte y tener aseguradas las zonas más romanizadas del Alto Ebro.

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Pátera romana de Otañes, Castro Urdiales. La escena de la izquierda muestra a una persona mayor realizando libaciones sobre un ara.

 

La aparición de cuerpos con una moneda en la mano es otro elemento a destacar y cuyo sentido e interpretación resultan más complejos. En la antigüedad griega y romana era costumbre colocar una moneda en la boca o en los ojos del difunto para pagar al barquero Caronte en su viaje al reino de los muertos. Esta tradición es mencionada por los autores latinos del siglo I dC y se expandió en esas fechas por todo el Imperio. A partir del siglo II dC se documentan monedas en la mano de los difuntos (González Villaescusa, 2001), tal vez con el significado de amuletos o talismanes (Arévalo, 2012), para traer buena fortuna desde el más allá a los que quedan aquí. Se trata, no obstante, de un rito que apenas está constatado en la Alta Edad Media y que se retoma a partir de los siglos XII y XIII (Canto, Caballero y Rodríguez, 2015) llegando incluso hasta nuestros días (Pedrosa, 2002).

Ambas parecen ser por tanto, en nuestro caso, costumbres paganas que muestran que la cristianización de toda esta zona fue un proceso lento y difícil, coexistiendo durante siglos con determinadas prácticas ancestrales firmemente arraigadas entre sus habitantes. Los enterramientos muestran esta dualidad entre creencias cristianas (inhumación y orientación de las tumbas) y paganas romanas (libaciones y monedas en las manos de los difuntos).

CONCLUSIONES

Todos estos hallazgos, analizados conjuntamente, dibujan un panorama ciertamente peculiar, en el que una pequeña zona de Merindades (Cillaperlata y tal vez otros lugares cercanos como Mijangos, Tartalés de Cilla) vivía en pleno siglo VIII aferrada a costumbres de época tardorromana, al menos desde un punto de vista ceremonial. Esto no significa que el resto de la comarca disfrutase de un mayor “desarrollo” teológico. Hay constatación de que en el siglo VI pervivían extensas bolsas de paganismo en toda la zona occidental de Merindades, a tenor de la labor evangelizadora de San Millán en la zona. La diferencia fundamental es que mientras el paganismo de otras zonas de Merindades entroncaba con los antiguos ritos y tradiciones cántabras, esta zona alrededor del Castillo de Tedeja se nos muestra anclada en un sistema de creencias y costumbres paganas romanas que hacía cinco siglos que había desaparecido de muchos otros lugares de Hispania que también estuvieron fuertemente romanizados, como La Bureba, Calahorra o León.

Más Información:
Andrio, J., Loyola, E., Martínez, J. y Moreda, J. (1992): Excavación Arqueológica en el Monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata. Nuclenor y Junta de Castilla y León.
Martínez, J.; Nieto, J.L., Díez, P. y Ulla, M. (1992). Introducción al estudio antropológico y paleopatológico de la necrópolis de San Juan de la Hoz (Cillaperlata, Burgos). Munibe (Antropologia-Arkeologia), Suplemento 8, Donostia-San Sebastián.

 

 

¿Un altar de sacrificios paganos en Herbosa, Valdebezana?

En arqueología, se denomina cazoleta a un pequeño hueco artificial excavado en la superficie de algunas rocas, teniendo generalmente una sección semiesférica y planta circular. Pueden encontrarse tanto aisladamente como formando agrupaciones, con otras cazoletas o con otros grabados rupestres. En Europa su cronología abarca del Paleolítico Medio hasta la Edad de Hierro.

Las hipótesis existentes sobre la funcionalidad de las cazoletas son múltiples, entre ellas:
1. Colectores para ofrendas,
2. Receptáculos de libaciones o de sacrificios,
3. Símbolos de carácter sexual femenino,
4. Cartografías, de constelaciones y terrestres,
5. Marcadores de espacios sagrados, caminos migratorios, sitios con alto valor mágico y propiciatorio, tableros para juegos, operaciones pre-numéricas.

Estrabón (III, 3, 7) afirmaba que “[Los habitantes del norte de Hispania] sacrifican a Áres (su dios de la guerra) cabrones, y también cautivos y caballos. (…) Mientras beben, danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión. En Bastetanía las mujeres bailan también mezcladas con los hombres, unidos unos y otros por las manos.”

Cerca del pueblo de Herbosa, con vistas al Embalse del Ebro, se localiza esta espectacular, desconocida y desprotegida estación de arte rupestre compuesta por una enorme piedra redonda de unos seis metros de diámetro por dos metros de alto que aflora en solitario en medio de un pequeño prado por lo demás completamente llano.

 

En lo alto del afloramiento rocoso se localizan dos ollas grandes, de unos 40 cm de diámetro, con sendos canales de desagüe, que parecen juntarse poco después y desaguan por la parte más accesible y desgastada de la roca. Alrededor se adivinan también multitud de cazoletas pequeñas muy desgastadas por la erosión que continúan por el lateral sur del afloramiento y hasta el nivel del suelo, ya perfectamente visibles y formando hileras unidas por canalillos. En total suman más de un centenar de cazoletas.

El conjunto conforma una de las más llamativas muestras de arte rupestre que conocemos en Merindades y Las Loras. Sin duda, merece la pena una visita a propósito al lugar.

Esta joya de nuestro pasado no aparece referenciada en ninguna publicación conocida por nosotros y sospechamos que no ha sido estudiada aún por ningún especialista. En Merindades tenemos un enorme patrimonio rupestre oculto que no parece interesar a casi nadie y del cual este ejemplo es solo la punta del iceberg. Hace falta gente entusiasta y dispuesta a patear el monte y descubrir más tesoros de este tipo. Nuestra página amiga de Petroglifos en Valderredible nos están marcando el camino acerca de cómo deben hacerse las cosas.

 

 

 

Campamento romano de Castrillo, Lahoz, Valderejo

O de cómo NO todos los campamentos romanos de la zona fueron coetáneos con las guerras cántabras.

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Vistas del yacimiento desde el Alto de Lerón. Foto de Ángel Bur.

 

En Valderejo, Valdegovía, se localiza un campamento romano ciertamente interesante por lo atípico. Se trata de un pequeño campa aestiva localizado por encima del pueblo de Lahoz, cerca del límite administrativo entre Losa y Valdegovía.

El agger se encuentra rematado por un pequeño muro de piedras de en torno a 1 metro de anchura, que se completaría con una empalizada de madera (vallum), siguiendo patrones conocidos en otros campa aestiva (Francese, 2010) y/o basada en los pila muralia transportados por los legionarios en sus desplazamientos y utilizados de forma versátil para reforzar las defensas del campamento.

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Estructura defensiva típica de un campa aestiva. Imagen de Christopher Francese (2010).

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Esquema de unas defensas de tipo pila muralia.

 

Por su localización podría pensarse que estamos ante un campamento de asedio romano participante en las guerras cántabras. Sin embargo, presenta elementos distintivos que lo hacen único en todo el norte ibérico:

1. No se han documentado castros cercanos a los que atacar. El más cercano es el Peña Gobía, en San Zadornil, pero no parece haber tenido un papel relevante en esta época (Martínez, 2010). El de San Pantaleón de Losa queda al otro lado del cordal montañoso y tampoco muestra evidencias arqueológicas de asedio romano.

2. Es un campa aestiva de forma redondeada y pequeño tamaño, que no albergaría más de 2-3 centurias, entre 160 y 240 hombres en el mejor de los casos.

2. El acceso se realiza por el norte mediante una puerta en clavícula externa. Consiste en la prolongación del agger hacia el exterior describiendo un cuarto de círculo junto al cortado para optimizar la defensa. No se tiene, por el momento, noticia del hallazgo en la Península de ninguna otra clavícula externa. Este tipo de acceso se ha datado desde época de Julio César hasta mediados del siglo II d.C. (Peralta 2002).

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Plano del recinto. Dibujo de Antxoka Martínez.

 

 

3. Basándose en este sistema de acceso y en una moneda encontrada en el curso de las excavaciones, su descubridor (Martínez, 2010) lo ha datado en torno a mediados del siglo II dC, es decir posterior a las guerras cántabras y sin relación con este evento bélico.

Según este autor, se trataría de una fortificación levantada de modo similar a los campamentos de campaña pero con una finalidad de entrenamiento de las tropas. En el contexto de la Hispania romana, también se han interpretado como de maniobras los campamentos de la Legio VII en Castrocalbón, León (Peralta, 2002). El levantamiento de campamentos formaba parte del entrenamiento del legionario romano (Peralta 2002), por lo que resulta coherente que, antes de partir a sus destinos, los reclutas recibieran entrenamiento en su lugar de origen. Esto significa, al hilo de lo anteriormente expuesto, que Castrillo vendría a ser un campamento levantado por reclutas autrigones, probablemente para integrarse posteriormente en la cohorte II hispanorum y la II hispana atestiguadas en la época en Mauritania (Roldán 1974).

Para saber más: http://www.valdegovia.org/…/el-castellum-romano-de-castrill…

 

 

 

Espadas de gavilanes curvos o de Miraveche

En el siglo V aC se incorpora la espada a los ajuares militares de nuestra zona, aunque de forma limitada, de manera acorde al valor simbólico que la misma desempeñó, al margen de su funcionalidad inmediata, y a su monopolización por un reducido segmento social de rango máximo.

La espada imperante en esta zona es la denominada de Miraveche, una espada de longitud media (47 cm de media), con hoja de lengua de carpa, pomo rematado en apéndice cónico o pequeñas antenas y característicos gavilanes curvos guarnecidos con prótomos de verraco, siendo las vainas de material perecedero, a excepción de las cañas de bronce externas y de su particular contera, también broncínea y profusamente decorada. 

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Foto de Mauricio Maurano.

 

Se trata de un modelo de escasa difusión, restringido al alto Ebro, alto Pisuerga y Duero medio, del que apenas conocemos una docena de ejemplares, seis de ellos encontrados en Miraveche (La Bureba), otro en Peña Amaya y otro en Monte Bernorio, entre otros lugares próximos. Muestra estrechos paralelismos con las espadas de ricassos de Can Canyis (Tarragona) o los puñales tipo Coubeira gallegos (Schüle 1969). 

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Bandera del municipio de Miraveche.

Su cronología se ha fechado en el siglo V aC. Dos siglos después, en yacimientos del siglo III aC como el de Villanueva de Teba, ya no aparece, por lo que coincide temporal (y espacialmente) con el conocido e icónico puñal de tipo Miraveche-Monte Bernorio. A partir del siglo III se generalizan en toda la zona los puñales biglobulares de influencia celtíbera. 

Texto de Sanz, C. (2002). Panoplias prerromanas en el centro y occidente de la Submeseta norte peninsular.

 

 

 

Castro de San Pantaleón de Losa

Sobre el peñasco donde se encuentra la ermita de San Pantaleón hay algunos vestigios, escasos, de un poblamiento de tipo castral, que se corresponden con uno de los castros de mayor tamaño de la zona oriental de Merindades (19,5 Ha, según Ruíz Vélez, 2003), similar al de Momediano (18 Ha) y ambos mayores que el de Peñarrubia (10 Ha). Ningún autor conocido lo ha definido de forma clara como perteneciente a autrigones o a cántabros. Hay elementos que permiten sospechar que podría ser cántabro, como el hecho de que su monumentalidad se aprecie mejor viniendo del este y con una retaguardia por el occidente más bien discreta y relativamente más accesible. Pero la ausencia de campamentos de asedio romanos localizados en la zona y la presencia de elementos defensivos romanos en su interior (turris de vigilancia) nos hacen pensar como más probable el que fuese un castro autrigón. O tal vez estemos ante un castro antaño cántabro ocupado posteriormente por los autrigones en su búsqueda de una salida al mar desde La Bureba. Resulta imposible concluir nada mínimamente serio con el estado actual de nuestro conocimiento arqueológico de toda esta zona que es aún muy escaso.

El conjunto castral está ubicado sobre la ladera occidental que desciende hacia el río Jerea, uno de cuyos meandros delimita el recinto. Los otros dos flancos aparecen marcados por los escarpes del espolón rocoso, de una altura superior a los 20 m. En superficie aparecen amontonamientos de piedras labradas correspondientes a las viviendas del antiguo poblado. Se concentran en la zona próxima al río, en la parte más baja del recinto. Las casas debían estar construidas sobre terrazas muradas que contrarrestaban la pendiente. (Bohigas, Campillo y Churruca, 1984). Apenas quedan rastros de la muralla exterior que cerraba el acceso desde el río ya que posiblemente fue usada como cantera para construir la conocida ermita románica que se encuentra en el interior del castro. En superficie han aparecido materiales cerámicos correspondientes a un amplio espectro cronológico, aunque sin cerámica romana sigilata. Solo cerámica prerromana con desgrasantes micaceos elaborada a mano y de época medieval.

En la parte más alta del conocido crestón calizo en forma de proa de barco se localiza una pequeña zona de poco más de 1000 m2 y separada del resto del castro por una segunda línea de defensa consistente en dos amurallamientos y otros tantos fosos apoyados contra los ángulos de la peña. Hoy en día solo se aprecia un foso entre dos taludes, un muro transversal de un metro de espesor y más de 10 metros de largo con puerta lateral de esviaje. El acceso se hace por esta puerta a través del foso que separa ambas murallas y recorre el recinto hasta el lado contrario y entra por detrás del muro. Este podría ser el único caso conocido de acrópolis amurallada en castros de nuestra comarca, pero existen varios ejemplos en otros castros del Noroeste hispano. Los más cercanos son los que se han localizado en los oppida cántabros de Monte Bernorio (Montaña Palentina), La Ulaña (Las Loras) o en el castro de Espina del Gallego (entre las cuencas del Besaya y el Pas), que cuentan todos con acrópolis protegidas por líneas defensivas (Peralta, 2000). Estos recintos eran la residencia de las élites guerreras que controlaban el territorio y la explotación de los recursos ganaderos, mientras que las viviendas del resto de la población se concentraban en la parte baja del castro (Álvarez-Sanchis, 1993), lo que nos muestra que la sociedad de las gentes de la Edad de Hierro estaba fuertemente jerarquizada y militarizada, con una cima coronada por una aristocracia militar.

No obstante, esta misma interpretación del yacimiento tampoco es segura, dado que hay expertos que opinan que no existe el menor rastro de muralla exterior anexa al río. No hay piedras ni morcueros en las cercanías que necesariamente hubiera dejado una muralla, ni cascotes internos de pequeño tamaño que llevan en el interior y no sirven para la construcción. Ni hay cerámica ni manchones de ceniza, nada de nada. Podría haber existido una línea de muralla inferior siguiendo el camino que permite acceder al actual aparcamiento, por lo que la extensión total de este castro sería bastante menor, en torno a las 2 Ha. Por eso opinan que estaríamos ante un castro de tipo guardia, con origen en la Edad del Bronce final y posteriormente abandonados y reutilizados en la Edad del Hierro. Otro ejemplo de castro de este tipo sería el de La Muela (Merindad de Sotoscueva).

Dentro de la acrópolis se ha localizado un pequeño recinto de forma rectangular, seguramente posterior de época romana, y que podría corresponder con los restos de una turris o castellum de vigilancia militar (s.III-IV d.c.), similar a la localizada en el cercano Herrán y cuya misión sería controlar el estratégico paso del rio Jerea que comunica las zonas fuertemente romanizadas de Losa y Tobalina.

En las siguientes fotografías presentamos la interpretación que ha hecho el investigador Jesús Pablo Domínguez junto con Aitor Cabezas de los restos de la acrópolis que hoy día son visibles.

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