¿Oña (Cillaperlata, Frías) son Merindades o Bureba?

Para abrir boca os ofrecemos unas breves reseñas históricas:

Oña y su monasterio benedictino de San Salvador (fundado en el año 1011 por el conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González), ejerció una indudable influencia en buena parte de Las Merindades. Conocido es, por ejemplo, su papel relevante en la repoblación de los montes pasiegos.

En plena Edad Media (finales del siglo XIII) mantuvo un prolongado pleito con el concejo de Frías (llamado el Pleito de los Cien Testigos) por la titularidad de bienes y derechos diversos, que ejemplifica perfectamente las luchas de poder de finales de la Edad Media entre una villa esencialmente abacial y eclesiástica, anclada en el pasado, frente a la netamente burguesa y comercialmente dinámica Frías.

En el Becerro de las Behetrías (1351) aparece formando parte de la Merindad de la Bureba y no de la de Castilla la Vieja que abarcaba desde Laredo hasta Miranda incluyendo la mayor parte de Las Merindades (excepto la zona campurriana).

En el Censo de los Millones (1591) sigue formando parte de La Bureba, en concreto, del arciprestazgo de Salas.

En 1615, Antonio de Yepes describe Oña como un “Valle muy antiguo y muy noble en las montañas de Burgos”, por lo tanto parece que fue visto como parte integrante de La Montaña desde antiguo, al contrario que otros enclaves cercanos de La Bureba.

En ocasiones se la ha adscrito a la Merindad de Cuesta Urria (Censo de Pecheros de 1528, por ejemplo) pero todo indica que Oña no formó nunca parte política de Merindades desde que existen noticias. No fue una de las siete merindades primigenias. No perteneció a ninguno de los tres partidos en que estaba dividida las Merindades en la época de las Intendencias (1749-1833). Tampoco entró a formar parte del partido judicial de Villarcayo tras 1833 y hoy en día sigue perteneciendo al Partido Judicial de Briviesca. En consecuencia, desde hace siglos lleva perteneciendo a La Bureba.

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Tras la caída del Antiguo Régimen y la constitución de la actual provincia de Burgos por decreto (1833) el ayuntamiento quedó conformado exclusivamente por la zona más oscura de este mapa, su territorio original en tiempos contemporáneos. En 1850 incorpora a Cereceda y Penches, antaño pertenecientes a la Merindad de Cuesta Urria, Partido de Castilla La Vieja en Laredo. En 1950 incorpora a Villanueva de los Montes y Zangández, antaño pertenecientes al Valle de Tobalina y el Partido de Castilla la Vieja en Burgos. En fechas tan próximas como 1980 incorpora a bastantes pueblos, ampliando notablemente su extensión, especialmente por el sur. 1). Barcina de los Montes, la Aldea del Portillo del Busto y la Molina del Portillo del Busto, anteriormente pertenecientes a la Merindad de Cuesta Urria, Castilla la Vieja en Laredo. 2). Bentretea, Terminón, Castellanos de Bureba, Pino de Bureba y Cornudilla, aque fueron parte de la Cuadrilla de Caderechas, Merindad de Bureba. 3). La Parte de Bureba y Hermosilla, antaño parte de la Cuadrilla de La Vid, Merindad de Bureba.

Para finalizar, señalar que Cillaperlata y Frías pertenecieron a La Bureba desde 1833 hasta 1984. Y aún en un BOCYL de 2016 siguen incluyendo a estos dos municipios en la comarca de Bureba-Ebro.

Breve apunte histórico sobre Valpuesta y San Zadornil

Valpuesta es un pueblo del este de las Merindades ciertamente peculiar. Por varios motivos.

1. Acoge un monasterio en el que se escribieron las primeras palabras en castellano que han llegado hasta nuestros días (s.X). En concreto “kaballos” donde hasta entonces ponía “caballi”, “molino” en vez de “mulinum”, “calçada” en vez de “calciata”, “pozal” en lugar de “puteale” y “iermanis” en vez de “fratres”.

2. En época del Reino de Asturias contó con un obispado que ejerció su influencia por buena parte de Cantabria, Merindades, Vizcaya y Álava, el segundo del reino después del de Oviedo, fundado por el rey Alfonso II de Asturias, y que pervivió desde 804 hasta 1087.

3. Tal vez por haber sido una de las sedes episcopales geminales del posterior obispado de Burgos (creado por Alfonso VI de León en 1075), se mantuvo estrechamente vinculado a esta diócesis en siglos sucesivos, perteneciendo junto con Berberana al relativamente lejano Partido de La Bureba (Diócesis de Oca), Corregimiento de Burgos y no al Partido de Castilla Vieja en Burgos al que perteneció toda la parte este de Merindades antaño bajo dominio directo de los Condestables de Castilla (San Zadornil, Villalba de Losa, Medina de Pomar, Tobalina, Frías), ni mucho menos al Partido de Castilla Vieja en Laredo, cuya capital era Villarcayo.

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Foto de Roberto Pinedo.

 

Hoy en día constituye, junto con San Zadornil, una especie de isla geográfica perteneciente a Merindades en medio del resto del valle alavés del Omecillo.

Al respecto, cabe señalar en primer lugar que toda Valdegovía fue parte de la Castilla nuclear, perteneciendo en el aspecto contributivo a la Merindad de Castilla la Vieja desde que existen registros históricos hasta el siglo sXVI, judicialmente al Corregimiento de Villarcayo hasta el s XVIII y eclesiásticamente a la Diócesis de Burgos hasta 1951.

Por ello, lo más llamativo tal vez sea por qué Valpuesta y la Jurisdicción de San Zadornil no se incorporaron a ese proceso de desgajamiento del resto de Las Merindades como hicieron el resto de vecinos del valle. No existe la menor investigación pormenorizada al respecto, aunque sospechamos que tiene que ver con la distinta titularidad de cada enclave y la poderosa mano de los Velasco (caso de San Zadornil) y el Obispado de Burgos (en el caso de Valpuesta). En concreto, San Zadornil pasó a ser Tierras del Condestable en 1312-1392 (Arribas, 2016).

Hace unos meses veíamos que este mismo factor determinó el límite administrativo actual entre Campoo-Valderredible y el oeste de las Merindades, culturalmente indistinguibles.

 

 

 

Espadas de gavilanes curvos o de Miraveche

En el siglo V aC se incorpora la espada a los ajuares militares de nuestra zona, aunque de forma limitada, de manera acorde al valor simbólico que la misma desempeñó, al margen de su funcionalidad inmediata, y a su monopolización por un reducido segmento social de rango máximo.

La espada imperante en esta zona es la denominada de Miraveche, una espada de longitud media (47 cm de media), con hoja de lengua de carpa, pomo rematado en apéndice cónico o pequeñas antenas y característicos gavilanes curvos guarnecidos con prótomos de verraco, siendo las vainas de material perecedero, a excepción de las cañas de bronce externas y de su particular contera, también broncínea y profusamente decorada. 

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Foto de Mauricio Maurano.

 

Se trata de un modelo de escasa difusión, restringido al alto Ebro, alto Pisuerga y Duero medio, del que apenas conocemos una docena de ejemplares, seis de ellos encontrados en Miraveche (La Bureba), otro en Peña Amaya y otro en Monte Bernorio, entre otros lugares próximos. Muestra estrechos paralelismos con las espadas de ricassos de Can Canyis (Tarragona) o los puñales tipo Coubeira gallegos (Schüle 1969). 

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Bandera del municipio de Miraveche.

Su cronología se ha fechado en el siglo V aC. Dos siglos después, en yacimientos del siglo III aC como el de Villanueva de Teba, ya no aparece, por lo que coincide temporal (y espacialmente) con el conocido e icónico puñal de tipo Miraveche-Monte Bernorio. A partir del siglo III se generalizan en toda la zona los puñales biglobulares de influencia celtíbera. 

Texto de Sanz, C. (2002). Panoplias prerromanas en el centro y occidente de la Submeseta norte peninsular.

 

 

 

Geografía inicial de Castilla en Merindades y su relación con Álava

La etapa histórica en la que Las Merindades fueron parte indistinguible del reino asturiano (circa 745-850), antes de la aparición del primer conde castellano conocido, es una de las más interesantes de nuestra historia como comarca. Y lo es por varios motivos, entre ellos porque es en esta etapa cuando surge la palabra Castilla. Este concepto territorial ha servido a lo largo de la historia para hacer referencia a entidades políticas y conceptos geográficos muy diferentes (territorio, condado, reino, corona…) y hasta cierto punto antagónicos, que conviene tener claros para una mejor comprensión de su ambivalencia actual.

Inicialmente Castilla no fue más que un territorio de los muchos que conformaban Las Merindades. La primera mención a Castilla de las fuentes cristianas es la de la fundación del monasterio de Taranco de Mena del año 800, donde se explicita claramente que Castilla es un territorio y Mena es otro distinto. Esta Castilla nuclear puede identificarse con el territorio de Area Patriniani de otro diploma del 807, localidad que en el documento del 800 es calificada precisamente como civitate. Ya en el 816 ha incorporado el próximo valle de Sotoscueva y en el 852 el valle de Tobalina. Pero Losa todavía aparece como un territorio diferenciado a Castilla en el 853: «Et presimus presuras in Castella, in Lausa et in Mena». Es decir, en el 853 Castilla seguía siendo una cosa, Mena era otra y Losa otra. En el 892, Pancorbo estaba aún “in extremis Castellae”.

Se tiende a pensar que este territorio de Area Patriniani, también conocido tradicionalmente como Bardulias o Castilla primigenia, estaba gobernado desde la fortaleza de Tedeja pero hay varios documentos que diferencian claramente entre ambos espacios, distinción que se mantiene hasta incluso finales del siglo XI. En un documento de 1082 puede leerse: “Regnante rege Alfonso in Castella et sub eius mandato, ego comes Gundisalus in Castella, et Tetilia et Cadreggas, et in Poça” (Álamo, 1950).

Por lo tanto, la Castilla primigenia incluía solo a los territorios de la llanada de Villarcayo-Medina, desde Montija hasta el Ebro, pero sin cruzarlo. No incluía Mena, Losa, Frías, Sierra de Tobalina, Cillaperlata, Valdivielso, Zamanzas, Manzanedo, Bricia, Santa Gadea o Valdebezana. No obstante, pronto el concepto de Castilla empieza a hacerse más global, incluyendo primero a los territorios limítrofes con Álava y después al resto. Porque en sus inicios, esta Castilla más auténtica mantuvo una íntima relación con Álava.

En efecto, durante esta etapa, Alava y Castilla aparecen como las marcas orientales del reino asturiano, sujetas a continuos ataques musulmanes procedentes siempre del valle del Ebro. Es de destacar la casi unanimidad con que todos los historiadores y recopiladores musulmanes designan unidas a Alava y Los Castillos, que solo muy ocasionalmente mencionarán por separado. Señal inequívoca de la íntima relación que unía a ambos territorios por una parte y de su diferenciación por otra. A partir del año 781 Alava aparece casi siempre unida a Castilla en la expresión Alava wa-l-Qila como objetivo de la mayor parte de las expediciones musulmanas, en concreto las de los años 791, 792, 794, 796, 801, 802, 803, 823, 838, 839, y 849 (Martínez Díez, 2005).

Es interesante tener en cuenta algo que muy pocos historiadores comentan: la palabra Castilla aparece antes en una fuente musulmana (791) que en una cristiana (800). ¿Significa esto que Castilla fue una palabra adoptada de los musulmanes? Difícil saberlo con seguridad. Una cosa es cierta: la visión “encastillada” de esta Castilla se obtiene especialmente cuando es abordada desde el Ebro medio en poder musulmán, con los Montes Obarenes separándola nítidamente de las tierras alavesas, riojanas y burebanas.

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En cualquier caso, durante este período una amplia zona de Las Merindades seguía siendo diferente a esta Castilla: Valdivielso aparece aún diferenciada de Castilla (y tratadas de igual a igual, como territorios distintos) en el 967 y su integración no se produce hasta el siglo XI (Estepa, 1984). Y toda la parte occidental de Las Merindades seguían sin ser Castilla dos siglos después, en 1171, cuando el conde Gómez Gundisalvez rige las jurisdicciones de Arreba y Valdebezana, mientras que Alvaro de Lara aparece como “tenente Castella”. Para esta época, la zona occidental de Merindades era ya parte del reino de Castilla, como Siero, Campoo y otras zonas próximas, pero es que el Reino de Castilla era ya por estas fechas una cosa muy distinta a la de su origen, incluyendo territorios tan variopintos como los actuales País Vasco, Cantabria, La Rioja, Castilla, La Mancha o Plasencia (Extremadura).

Ya por entonces, los parecidos de este reino con el territorio llamado originalmente Castilla se reducían exclusivamente al nombre, y los centros de poder y decisión estaban ya muy lejos. Nuestra comarca iniciaba así un proceso de disolución cultural en un “totum revolutum” castellano del que aún no se ha recuperado.

Para más información sobre este tema:

http://www.unioviedo.net/…/i…/TSP/article/viewFile/9491/9300
https://revistas.ucm.es/…/ar…/viewFile/ELEM8484120305A/25061.

Calabazas en la noche de ánimas en Merindades. Una tradición anterior al Halloween

El tallado de diferentes frutas y hortalizas es una práctica común en muchas partes de Europa. Aunque las fechas concretas en las que se suelen hacer estas figuras varía de unos sitios a otros, en la mayor parte de los casos se asocian con este período de tiempo en el que estamos, entre octubre y diciembre.

En Irlanda, a la calabaza vaciada se la conoce como “jack-o’lantern” y va asociada a la conocida festividad de Halloween, de la cual no existen allí registros anteriores al siglo XIX. También el 31 de octubre se celebra en la isla de Man (Gran Bretaña) el “Hop-tu-Naa” con nabos ahuecados. En Francia existe una costumbre similar, los llamados “guénel” o faroles tallados a partir de la remolacha y usados popularmente en el “défilé des guénels”, que se celebra durante el mes de diciembre. En Cerdeña se ha conservado una tradición de calabazas iluminadas el día 2 de noviembre, las “sa conca e mortu”, aunque también hay otra tradición en la que los niños llevan calabazas iluminadas en la fiesta de San Andrés, al final de noviembre.

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En numerosas localidades de toda la España indoeuropea se han usado tradicionalmente calabazas o nabos vaciados por dentro, tallados con forma de cara e iluminados con velas, en ocasiones también calabacines o sandías y casi siempre relacionados con la fiesta de Todos los Santos.

Estas tradiciones se han mantenido aún vivas hasta mediados del siglo XX, especialmente en Galicia, Asturias, Cantabria, el Sistema Ibérico, La Mancha y Extremadura.

En MERINDADES esta tradición parece circunscribirse (por las informaciones que tenemos hasta ahora) a la zona oriental de la comarca. Petra Lopez nos dice que en MIJANGOS (Merindad de Cuesta Urria) se vaciaban las calabazas y se hacían agujeros para formar una cara. Se ponía una vela por dentro y se colocaban por las noches. Recuerda de colocarlas en la tapia de la iglesia para que se vieran al llegar al pueblo.

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Calabazas a la entrada de Mijangos, octubre de 2016. Foto de Miguel Angel López.

En CILLAPERLATA, Faustino Bergado recuerda que de pequeño vaciaba calabazas para ponerles una vela dentro. Los vecinos las ponían en las ventanas y la chiquillería iba por las calles (de aquellos tiempos, sin farolas ni nada), autoasustándose con la visión de las calabazas encendidas. Teniendo en cuenta aquella época (alrededor de los años 50) y ese pueblo que es de los más cerrados de la comarca, cabe suponer que la cosa viene de lejos y que no tiene que ver nada con halloween ni cosas similares que están de moda ahora.

Feli Gonzalez recuerda que de pequeña su padre vaciaba una calabaza y metía una vela para encenderla por la noche para los niños en NOFUENTES (Merindad de Cuesta Urria).

También en LA PRADA (Valle de Tobalina), Sergio Uría nos dice que su padre recuerda esta costumbre. El se acuerda de haber visto la calabaza en el camino que iba de La Prada a Rufrancos. La ponían siempre debajo de un cerezo que había en medio del camino.

El marido de Asun Rodríguez recuerda que en BOCOS (Villarcayo) a mediados de los 70 hacían esto, vaciaban calabazas y las ponían una vela dentro. Tiene un vago recuerdo también de ir corriendo por las calles del pueblo con las carracas, unos aparatos de madera que hacían mucho ruido y se utilizaban también en las liturgias de Semana Santa.

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El Almiñé, Valle de Valdivielso, octubre de 2016. Foto de Jokin Garmilla.

En Cantabria, informantes de Limpias, Cueto, Mazcuerras, Valdáliga, Reocín, Guarnizo, Silió, Bárcena de Pie de Concha y otros muchos sitios todavía conservan la memoria de esta tradición hasta los años 70 del siglo XX. La descripción es muy similar en todos los casos que se conocen: Los padres o los chicos más mayores vaciaban la verdura como un divertimento para los más pequeños, se colocaba una vela dentro y se colocaba en muros oscuros y alfeizares de ventanas, mirando para afuera, con el fin de asustar al que pasase. Avelino Molina nos informa de una interesante variante en La Serna de Iguña (Besaya): Una vez ahuecadas, las calabazas se colocaban encima de un par de palos de avellanos en cruz, vestidos con una sabanona vieja y se llevaban en volandas asustando a todo el mundo por la noche.

En Las Encartaciones también se documenta esta tradición. En Salviejo, Carranza, las usaban los jóvenes para disfrazarse por la noche y asustar al que andaba por los caminos, en particular mujeres y niños. La abuela de Emi Bringas les tenía pánico. Aitor Casas nos dice que en el Valle de Somorrostro, aún en los años 60 se tallaban verduras como calabazas o berenjenas en la noche de difuntos y se dejaban en las veredas de los caminos. 

En Miranda de Ebro (aunque con familia procedente de La Bureba y de la sierra de Rioja-Soria), José López vaciaba de pequeño remolachas y ponía velas dentro, colocándolas en los sitios oscuros de la casa. También en Salas de Bureba, muy cerca de Oña, se vaciaban remolachas grandes, nos cuenta Merche Núñez. Con una vela dentro. Lo recuerda de cuando era niña, allá por los años 60 o así.

La madre de Sara Moral lo vivió en Belorado, Riojilla Burgalesa, hace unos 50 años. En la noche de ánimas se vaciaban hortalizas que los padres tenían en la casas. Esta zona es muy hortícola, y lo que más abundaba en las casas era la remolacha. Me ha dicho que era una costumbre que tenían los chavales en los barrios periféricos y más humildes, como el de san Nicolás. Se vaciaba la remolacha o la calabaza, se metía una vela y se llamaba a los portales de los ricos. No se pedía, sino que el objetivo era asustar basándose en las ánimas. La madre de Silvia es de Cerezo de Río Tirón y su padre de Belorado y siempre le han contado que en la noche de ánimas se dedicaban a vaciar remolachas y colocaban en su interior velas. Iban de casa en casa tratando de asustar a los vecinos, especialmente a las mujeres que se reunían en los bajos de las casas o en las cuadras a jugar a las cartas. Esa tradición no tenía ninguna relación con pedir nada y en Cerezo y Redecilla lo llamaban Día de la Calavera. Gregorio Torres nos dice en cambio que sí se pedía dinero para la calavera y con el botín se hacía una merendola. En Redecilla del Camino se hacía primero una merendola o varias según las pandillas de niños y chavales y luego se iba por las calles metiendo miedo al personal. Y en este pueblo no se hacía la noche del 31 de octubre sino la siguiente, es decir entre el 1 y el 2 de noviembre.

Nos dice Alba Chicote que su madre también vaciaba remolachas hasta los años 70 en Cardeñadijo, muy cerca de Burgos ciudad. La gente mayor tal día como hoy no viajaban ni salían de casa prácticamente porque las ánimas del purgatorio podían salir a su encuentro, se las tenía mucho respeto.

Todos estos testimonios dan fe de que, en nuestro ámbito, el rito de vaciar calabazas en la noche de difuntos no es una tradición importada. Es ALGO MUY NUESTRO que se lleva celebrando en España en general y en varios pueblos de las Merindades en particular, desde mucho antes de que llegara la moda del Halloween desde Norteamérica, con sus disfraces de bruja y su truco o trato.

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Orbaneja del Castillo. Foto de Manuel Moral.

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La Parte de Sotoscueva.

Origen del topónimo Cantabrana

El topónimo Cantabrana está compuesto de dos partículas lingüísticas bien diferenciadas. La raíz Cantabr- es prerromana, y hace referencia claramente a los cántabros.

El sufijo en -ana es común por muchos otros pueblos de la zona oriental de las Merindades y zonas próximas de Alava (Añana, Berberana, Cabriana, Cormenzana, Leciñana, Lezana, Lomana, Montañana, Extramiana, etc.) e indica la existencia de una villa romana o explotación agropecuaria de aquella época, que en nuestra zona están lejos de ser las amplias explotaciones latifundistas de tipo exclavista de otros sitios del imperio sino más bien de tipo inferior, tal vez granjas o pequeños centros comerciales creados por miembros destacados de las comunidades locales al final del período romano o incluso algo posteriores a la caída del Imperio. La partícula lingüística se deriva del sufijo -anus que en latín se añade particularmente a nombres propios para formar adjetivos con un matiz genitivo.

Estamos pues, probablemente, ante un topónimo que en realidad es un locativo formado por un antropónimo +ana que denota posesión o pertenencia de una sola persona. Así tenemos Leciñana = Villa, granja o vici de un tal Licinio, Berberana = Villa de alguien apodado Bárbaro (es decir, no itálico) o CANTABRANA = Villa perteneciente a un poblador cántabro, o acaso a un repoblador apodado Cántabro. Algún colono de procedencia cántabra, establecido en el valle de Caderechas como dueño de algunas presuras.

Las primeras menciones históricas a esta aldea aparecen en el 1011 (Escr. fundac. de Oña) «In Cantabrana septem casatos». En la misma fecha «.. et per illo portiello de Abienço et per illo lombo de Kantabrana ». Entre las posesiones que el Conde D. Sancho da a cambio de la villa de Oña (en doc. de 1011) figura «La presa vieja de Cantabrana». En 1179 es testigo de una donación de particulares a la villa de Oña «Pelagius Michaelez de Cantabrana».

Cabe señalar que en los alrededores de la ciudad de Logroño hay una inusual concentración de personas apellidadas Cantabrana, aunque ningún topónimo conocido en la zona. Es un ejemplo más de los vínculos entre ambas zonas (sur de las Merindades–Ebro riojano y alavés) que, aunque presentes desde antiguo, parece que fueron especialmente intensos a partir de la constitución del Ducado de Cantabria y el desplazamiento de las fronteras cántabras hasta esa zona, con ejemplos conocidos como los topónimos de Monte Cantabria y Sierra de Cantabria situados cerca de Logroño y que aún perduran hoy día.

Los apellidos en España quedaron “fosilizados” a partir del siglo XI. Antes o no existían o variaban con el nombre del padre, de tal manera que el hijo de un Pedro García se llamaba Sancho Pérez y el hijo de éste Muño Sánchez. Otra forma documentada de generación de los apellidos era a través de motes, características físicas, profesiones familiares o, como en nuestro caso, lugares de procedencia. Por tanto, es de suponer que en época medieval o inmediatamente anterior se produjo un intenso movimiento de población del pueblo de Cantabrana hacia tierras riojanas.

Foto de Rodrigo-62.

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Parada y fonda en Las Merindades romanas

En el período romano, una “mansio” (que significa “lugar donde pasar la noche durante un viaje”) era una parada oficial en una calzada romana, mantenida por el gobierno central para el uso de oficiales y hombres de negocios a lo largo de sus viajes por el imperio. A lo largo del tiempo fueron adaptadas para acomodar a viajeros de toda condición, incluso al emperador.

La única mansio conocida en nuestra comarca es la de Casarejos, en San Martín, Valle de Losa. La zona de Losa fue, de todas las de nuestra comarca, la más romanizada, vinculada desde antiguo a Valdegovía y la Bureba. Subiendo el Omecillo a través de Valdegovía se llegaba a estas planicies aptas para el cultivo de cereal, con estratégicas explotaciones salinas (Rosío) y situadas a medio camino entre la colonia romana de Flaviobriga (Castro Urdiales) y el valle medio del Ebro.

Casarejos fue una villa tardorromana que debió tener vigencia hasta las primeras invasiones bárbaras del siglo V. Se han hallado restos de una sauna y del sistema de calefacción romana en alguna de las habitaciones. Se conservan mosaicos en varias de las estancias, destacando los motivos geométricos y vegetales. Todos ellos fueron arrancados y consolidados.

Hoy nos vamos a fijar en algunos de los restos encontrados, como estos cencerros de hace 1600 años o tres piezas de los ejes de una rueda de carro romano de transporte (parte inferior de la figura), de 6,5 cm de diámetro y que conservan en algún caso parte de la madera.

 

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Villa romana de Los Casarejos

 

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Algunos restos encontrados

 

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Carro romano de transporte