Castro de El Cuerno de Bezana o Pico Nava, Arnedo, Valle de Valdebezana

 

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Estamos ante un castro cántabro (Bohigas, 1978; Fraile, 2004; Peralta, 2000) en forma de espolón calcáreo de superficie ligeramente flexionada conocido por el nombre de “Pico Nava” o “Cuerno de Bezana”. Tanto su situación como su emplazamiento son inmejorables. El dominio visual desde el enclave es amplísimo, dominándose perfectamente la llanura de La Virga (ocupada actualmente por el Embalse del Ebro), la Sierra del Escudo, Cerro de La Maza y Mesa del Dulla, Bricia, Monte Hijedo, etc. Está rodeado de cantiles rocosos salvo en el sector oriental que lo conecta con el resto del Monte Carrales y que se encuentra defendido por un lienzo de muralla de doble paramento de grandes sillares toscamente trabajados que engloban un núcleo relleno de cascajo. Su superficie no llega a 1 Ha., lo que podría estar indicando que estamos ante 1) un recinto de pequeño tamaño, supeditado a castros mayores como los cercanos de Cerro de la Maza o Bricia o, menos probable, 2) la acrópolis de un castro de mayores dimensiones que continuaría hacia el sureste hasta la actual subestación eléctrica o más allá. Faltan prospecciones en profundidad en toda la zona, que además ha sido profundamente alterada con la instalación del Parque Eólico de Montejo en 2006, de 16 aerogeneradores.

A principios del pasado siglo se practicaron varios pozos para la extracción de mineral de hierro, de los cuales quedan señales visibles en forma de pozos semicubiertos por la vegetación. A pesar de que los afloramientos rocosos son predominantes, se han podido recoger algunos fragmentos de cerámica nada significativos, elaborados a mano, de color negruzco y rojizo y con abundancia de desgrasantes micáceos.

En la ladera SW se localizan algunas cuevas (“El Portalón”, “Cueva de los Moros”), con probable hábitat prehistórico, si bien los vestigios arqueológicos de superficie son inexistentes. Como en tantos otros sitios de la comarca, aparecen asociados a este enclave “los moros” y “las moras”, seres mitológicos ancestrales de Las Merindades y de todo el Noroeste Ibérico (nada que ver con los musulmanes). También se localizan en esta ladera los eremitorios rupestres de “Tía Isidora” y “Cueva Horno”, que resaltan la continuidad habitacional de esta peña y su papel destacado para los habitantes de los alrededores.

Parece ser que en época medieval continuó siendo un hito territorial para la zona. Aparece mencionado en el deslinde contenido en el Fuero de Cervatos, año 999: “et usque ad Cornu de Vezana”. Tanto Arnedo como Villamediana pertenecían en la época del Becerro de las Behetrías (1352) al Alfoz de Hoz de Arreba, integrado en la Merindad de Castilla Vieja pero rodeados de la Merindad de Campoo por casi todos sus lados, formando uno de esos “límites antinaturales” de los que hablan los arqueólogos del paisaje y que a menudo resultan muy sugerentes para explicar determinados hechos pasados (¿un antiguo territorio castral diferenciado?). En el Censo de los Millones de 1591 aparece constituyendo el límite oeste del Arciprestazgo de Arreba (1591), junto con los tres pueblos que lo rodean: Arnedo, Villamediana de San Román y Quintanilla de San Román (San Román del Cuerno). En 1930 la mayor parte del ayuntamiento de Hoz de Arreba se integró en el ayuntamiento de Valdebezana.

Por último, mencionar que topónimos como Arnedo, San Román, Bezana remiten a una zona muy concreta de Cantabria comprendida entre Torrelavega y Santander, en los alrededores de Soto de la Marina.

Bibliografía:
Bohigas, R., Campillo, J., Churruca, J.A. (1984) Carta arqueológica de la provincia de Burgos. Partidos judiciales de Sedano y Villarcayo, Kobie, 24, 7-92.

 

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Castro de San Pantaleón de Losa

Sobre el peñasco donde se encuentra la ermita de San Pantaleón hay algunos vestigios, escasos, de un poblamiento de tipo castral, que se corresponden con uno de los castros de mayor tamaño de la zona oriental de Merindades (19,5 Ha, según Ruíz Vélez, 2003), similar al de Momediano (18 Ha) y ambos mayores que el de Peñarrubia (10 Ha). Ningún autor conocido lo ha definido de forma clara como perteneciente a autrigones o a cántabros. Hay elementos que permiten sospechar que podría ser cántabro, como el hecho de que su monumentalidad se aprecie mejor viniendo del este y con una retaguardia por el occidente más bien discreta y relativamente más accesible. Pero la ausencia de campamentos de asedio romanos localizados en la zona y la presencia de elementos defensivos romanos en su interior (turris de vigilancia) nos hacen pensar como más probable el que fuese un castro autrigón. O tal vez estemos ante un castro antaño cántabro ocupado posteriormente por los autrigones en su búsqueda de una salida al mar desde La Bureba. Resulta imposible concluir nada mínimamente serio con el estado actual de nuestro conocimiento arqueológico de toda esta zona que es aún muy escaso.

El conjunto castral está ubicado sobre la ladera occidental que desciende hacia el río Jerea, uno de cuyos meandros delimita el recinto. Los otros dos flancos aparecen marcados por los escarpes del espolón rocoso, de una altura superior a los 20 m. En superficie aparecen amontonamientos de piedras labradas correspondientes a las viviendas del antiguo poblado. Se concentran en la zona próxima al río, en la parte más baja del recinto. Las casas debían estar construidas sobre terrazas muradas que contrarrestaban la pendiente. (Bohigas, Campillo y Churruca, 1984). Apenas quedan rastros de la muralla exterior que cerraba el acceso desde el río ya que posiblemente fue usada como cantera para construir la conocida ermita románica que se encuentra en el interior del castro. En superficie han aparecido materiales cerámicos correspondientes a un amplio espectro cronológico, aunque sin cerámica romana sigilata. Solo cerámica prerromana con desgrasantes micaceos elaborada a mano y de época medieval.

En la parte más alta del conocido crestón calizo en forma de proa de barco se localiza una pequeña zona de poco más de 1000 m2 y separada del resto del castro por una segunda línea de defensa consistente en dos amurallamientos y otros tantos fosos apoyados contra los ángulos de la peña. Hoy en día solo se aprecia un foso entre dos taludes, un muro transversal de un metro de espesor y más de 10 metros de largo con puerta lateral de esviaje. El acceso se hace por esta puerta a través del foso que separa ambas murallas y recorre el recinto hasta el lado contrario y entra por detrás del muro. Este podría ser el único caso conocido de acrópolis amurallada en castros de nuestra comarca, pero existen varios ejemplos en otros castros del Noroeste hispano. Los más cercanos son los que se han localizado en los oppida cántabros de Monte Bernorio (Montaña Palentina), La Ulaña (Las Loras) o en el castro de Espina del Gallego (entre las cuencas del Besaya y el Pas), que cuentan todos con acrópolis protegidas por líneas defensivas (Peralta, 2000). Estos recintos eran la residencia de las élites guerreras que controlaban el territorio y la explotación de los recursos ganaderos, mientras que las viviendas del resto de la población se concentraban en la parte baja del castro (Álvarez-Sanchis, 1993), lo que nos muestra que la sociedad de las gentes de la Edad de Hierro estaba fuertemente jerarquizada y militarizada, con una cima coronada por una aristocracia militar.

No obstante, esta misma interpretación del yacimiento tampoco es segura, dado que hay expertos que opinan que no existe el menor rastro de muralla exterior anexa al río. No hay piedras ni morcueros en las cercanías que necesariamente hubiera dejado una muralla, ni cascotes internos de pequeño tamaño que llevan en el interior y no sirven para la construcción. Ni hay cerámica ni manchones de ceniza, nada de nada. Podría haber existido una línea de muralla inferior siguiendo el camino que permite acceder al actual aparcamiento, por lo que la extensión total de este castro sería bastante menor, en torno a las 2 Ha. Por eso opinan que estaríamos ante un castro de tipo guardia, con origen en la Edad del Bronce final y posteriormente abandonados y reutilizados en la Edad del Hierro. Otro ejemplo de castro de este tipo sería el de La Muela (Merindad de Sotoscueva).

Dentro de la acrópolis se ha localizado un pequeño recinto de forma rectangular, seguramente posterior de época romana, y que podría corresponder con los restos de una turris o castellum de vigilancia militar (s.III-IV d.c.), similar a la localizada en el cercano Herrán y cuya misión sería controlar el estratégico paso del rio Jerea que comunica las zonas fuertemente romanizadas de Losa y Tobalina.

En las siguientes fotografías presentamos la interpretación que ha hecho el investigador Jesús Pablo Domínguez junto con Aitor Cabezas de los restos de la acrópolis que hoy día son visibles.

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Castro de Quintanalacuesta, Cuesta Urria: ¿Un castro autrigón?

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Panorámica hacia Villarcayo desde el castro.

 

Bohigas, Campillo y Churruca (1984) dicen lo siguiente sobre este enclave: “En el término llamado los Castillos hay un castro ocupado durante la Primera y Segunda Edad del Hierro. Está emplazado sobre dos cerros de las estribaciones de la sierra de la Tesla. El recinto se limita por el oeste con los escarpes acantilados de ambos cerros en cresta, mientras es en la pendiente oriental donde se encuentran los indicios del poblado. En la zona más elevada de ambos cerros se hallan sendas terrazas formadas por un alomamiento del terreno, que quizás corresponda a una línea de amurallamiento. A los pies de ambas pendientes debía estar asentado el poblado, organizado en tres niveles de terrazas, concéntricas con respecto a cada una de las crestas de los dos cerros.

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Vistas de la terraza principal. Foto de Jesús Pablo Domínguez.

 

La separación de los niveles de terrazas entre sí se debía solucionar a base de muros que en algún punto debían tener más de tres metros de altura. Los taludes producidos por su derrumbe presentan más de nueve metros de anchura en casi todos los puntos, apreciándose en puntos aislados montones de piedras no recubiertos por la vegetación. Un caso particularmente interesante de separación es el que aparece en el nivel de terrazas más elevado de la cresta norte, formada por una alineación de losas hincadas de gran tamaño, que se sigue durante más de doscientos metros.

17309710_1410872068985863_674297853199624664_nEn superficie se recogen algunos fragmentos de cerámica a mano, entre ellos uno con decoración incisa con un motivo de bandas compartimentadas por trazos perpendiculares. Además aparecen cantos rodados de arenisca, algún núcleo de sílex y fragmentos de adobe.

17309705_1410877655651971_9070820585660318422_nEn este recinto se practicaron en el pasado excavaciones de sondeo que proporcionaron algún denario de Turiaso, una fíbula de arco y un colgante de bronce, así como una punta de lanza de hierro, adobes, una cuerna de ciervo trabajada y molinos de mano. Igualmente fueron hallados restos de vasos cerámicos, capítulo dentro del que hay que señalar el reciente descubrimiento de fragmentos de cerámica pintada celtibérica en el solar de este castro por parte de J. A. Churruca”.

 

Este castro es sumamente extraño y diferente a los del resto de la Cantabria Burgalesa por varios motivos:

1. Por su ubicación. Se trata de un castro desde el que se domina toda la llanada de Villarcayo-Medina pero que aparenta estar semiescondido, desde donde “se ve sin ser visto”. Diferente a los castros cántabros que conocemos, a los que les gusta dejar claro un “yo estoy aquí” para todo aquel que pasa por su entorno.

2. Se trata además de un castro que no está ubicado en la cima del monte sino en media ladera. Más cerca de la llanada agrícola que de las cumbres de detrás que lo separan de la Bureba. Para adaptarse a la pendiente cuenta con un sistema de terrazas que también es poco común.

3. Sus murallas son de escasa entidad, apenas perceptibles hoy día e indistinguibles de las propias terrazas. Podrían haber estado hechas de adobe, al estilo de los castros autrigones como el de Soto de Bureba, herederos de la cultura meseteña de Soto de Medinilla.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, podríamos estar ante un pequeño castro autrigón dependiente de alguno de los grandes oppida ubicados en la Bureba, tal vez Salionca (Poza de la Sal). Cualquier opinión técnica al respecto será bienvenida. El enclave merece ciertamente una visita por parte de cualquier amante de este período histórico.

 

 

 

Castro de Barrio de Bricia

En el cerro llamado Castro Barrio (Barrio, Alfoz de Bricia) parece ser que existió un poblado cántabro de escasa importancia (unas 2 Ha) correspondiente a la Segunda Edad del Hierro. La superficie de la acrópolis se halla muy alterada por los efectos devastadores de la última contienda civil, pero disfruta de un magnífico emplazamiento enmarcado por cortados naturales difícilmente accesibles excepto por el sector orientado al SE. Sin embargo el lugar más idóneo para el establecimiento del hábitat se situaría en las laderas aterrazadas del mediodía, donde al efectuarse las labores de arada, se han descubierto fragmentos de cerámica, especialmente moderna, junto con teja desprovistos de toda expresividad (Bohigas, Campillo y Churruca, 1984).

El único vestigio arqueológico de indudable relevancia y con esta procedencia es una fíbula de puente, de bronce, que en la actualidad se encuentra expuesta en el Museo de Burgos.

Cruzando el arroyo Carrales, a 1,5 km dirección NO, tenemos el castro cántabro de El Castro (Quintanilla de Rucandio). Se trata de un recinto de mayor tamaño (unas 8 Ha) y en el que se pueden observar estructuras defensivas como varios tramos de muralla y la puerta de acceso en pendiente. Podría haber jugado algún tipo de papel relevante en las guerras cántabras, puesto que a 800 metros se localiza un campamento romano (Martínez Velasco, 2010)

La imagen muestra la cara noroeste de Castro Barrio y al fondo el Marul (Alfoz de Bricia) vistos desde el castro cántabro de El Castro (Quintanilla de Rucandio, Valderredible). Foto de Luis Astola.

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FÍBULA DE BARRIO DE BRICIA.

La Edad de Hierro en Merindades presenta hasta el momento una gran pobreza a nivel de hallazgos arqueológicos de tipo metalúrgico. Una razón puede ser el atraso cultural de la zona en aquella época (al menos de su mitad occidental), pero el principal motivo viene dado porque aún no se ha excavado arqueológicamente ni uno solo de los numerosos castros de la comarca. Entre los pocos objetos metálicos encontrados destacan la placa de cinturón de Ojo Guareña (véase nuestra entrada anterior) y la fíbula de puente de Barrio de Bricía que os presentamos hoy aquí, ambos de bronce.

Una fíbula es una especie de imperdible utilizado en la antigüedad para unir o sujetar alguna de las prendas que componían el vestido, ya que los botones no se desarrollaron hasta muy entrada la Edad Media.

Esta fíbula, hallada casualmente en 1950, constituye el único testimonio de un posible yacimiento en este lugar, del que tampoco hay más alusiones en las notas que dan noticia de este descubrimiento, cuando se la consideró de oro. Fue dibujada por Schüle en el resumen tipológico de los materiales castreños de la meseta que publicó en 1969 y a raíz de ello ampliamente difundida en la bibliografía internacional, sin otras anotaciones que su representatividad como pieza excepcional.

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Castro de Momediano (Medina de Pomar)

EL CASTRO COMO CENTRO SIMBÓLICO DE SU ENTORNO: MOMEDIANO

El castro de Momediano ocupa al menos unas 11 hectáreas en un típico emplazamiento en espigón calizo, común a muchos otros castros de la zona (San Pantaleón de Losa, Brizuela, Argés, Cidad de Ebro, Gredilla de Sedano, Arnedo, etc.). Está situado entre los pueblos de Momediano, Paresotas y Pérex de Losa, los tres pertenecientes desde antiguo a la Merindad de Losa (Junta de Oteo), aunque desde 1981 adscritos al municipio de Medina de Pomar.

Sacristán de Lama y Ruíz Vélez (1985) lo consideran cántabro, y es posible que así fuese, dado que tanto este emplazamiento como los cercanos de Villaluenga y San Pantaleón de Losa están ubicados en la margen derecha del Jerea y con sus mejores defensas naturales mirando hacia el este. Pero también es posible que la zona experimentase un abandono por parte de sus pobladores cántabros para ser reocupada durante las guerras cántabras por autrigones, tradicionales aliados de Roma (Solana, 1978; Iglesias y Ruíz, 2002). Lo poco que se conoce de Momediano muestra que es uno de los escasos castros de Merindades que no fueron abandonados tras la conquista romana (San Pantaleón es otro ejemplo) y toda la zona de Valdegovía y Losa fueron después fuertemente romanizadas, con asentamientos, calzadas, villas latifundistas y explotaciones salinas.

La Ermita de Nuestra Señora de Castro o de Santa Petronila se encuentra enclavada a los pies del recinto castreño y es, desde tiempo inmemorial, lugar de peregrinaje anual para las gentes de los pueblos del contorno: Momediano, Paresotas, Pérex, Oteo, Robredo, etc.. (también San Pantaleón acoge una romería de cierto arraigo).

La continuidad poblacional que experimentó este enclave durante el período romano y tardoantiguo probablemente fue el elemento fundamental que le permitió mantener mucha más viva la memoria colectiva asociada a su función religiosa, inicialmente de carácter pagano. Cuando el castro quedó desfuncionalizado y se formalizan los asentamientos en aldea, siguió manteniendo su papel de centro jerárquico pero ya sólo de tipo religioso y adaptada al cristianismo (Martín Viso, 2002). La vigencia de romerías de este tipo puede deberse también a la necesidad de ahuyentar cualquier atisbo del mal proveniente de culturas paganas o la de crear un espacio sagrado distante de los núcleos de población donde reina el pecado, para cumplir así con la eterna simbología del peregrinaje (Sánchez Ferrer, 1993).

Los castros como centros simbólicos de la comarca.

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