Santa María de Mijangos ¿La Otra Capital del Ducado de Cantabria?

El yacimiento de Mijangos (Merindad de Cuesta Urria) se compone de estructuras y espacios bien diferenciados. En primer lugar está la iglesia, que destaca por su tamaño, importancia histórica y monumentalidad, en segundo lugar el amplio espacio sepultural que la circunda y que tiene tres niveles de enterramientos superpuestos, en tercer lugar un amplio espacio poblacional, todavía sin excavar.

La existencia de la Iglesia de Santa María de Mijangos era conocida por un epígrafe procedente de esta localidad, que permite situar la consagración del templo hacia el año 589 de nuestra era.

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Pero, a partir de los resultados de las excavaciones arqueológicas, sabemos que hubo tres fases o momentos de construcción y utilización. Por tanto, Mijangos debe entenderse como un elemento nacido a finales del Bajoimperio, desarrollado en el agitado contexto que viven estos pueblos del norte durante la etapa visigoda y adaptado a las posteriores transformaciones que dan lugar al nacimiento de la Alta Edad Media (siglos V-X).

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Recreación de la iglesia visigoda de Santa María de Mijangos en el Centro de Interpretación Arqueológica de Trespaderne. Foto de CEDER Merindades

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Imagen de Aratikos Arqueólogos.

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Imagen de Aratikos Arqueólogos.

 

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Se encuentra ubicado muy próximo a otros elementos de esa misma época como la fortaleza de Tedeja, el monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata y la iglesia de Santa María de los Reyes Godos, lo que da fe de la importancia que tuvo esta zona en época visigoda, tal vez actuando como principal punta de lanza del control visigodo contra cántabros, ruccones, suevos y vascones.

Descripción del templo de Aratikos Arqueólogos.

Más información: http://www.aratikos.com/…/2001_-_Puesta_en_valor_de_la_Igle…

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Origen bereber de los pasiegos

Los Pasiegos constituyen uno de los grupos humanos más aislados y peculiares que existen en la Península Ibérica.

A sus peculiaridades culturales, reconocidas desde hace siglos, se le ha sumado en los últimos años algunos estudios científicos sobre genética de poblaciones que están mostrando que también conservan claras y distintivas peculiaridades genéticas.

 

¿LOS PASIEGOS TIENEN SANGRE BEREBER?

Sí, los datos que se derivan de los últimos estudios sobre genética de poblaciones así lo confirman. Uno de los rasgos más llamativos de los pasiegos es la alta presencia del haplogrupo E1b1b1b (E-M81). Este marcador genético, originado en el Magreb y en tiempos relativamente recientes (200 aC; Solé-Morata, 2017), se transmite solo de padres a hijos varones y presenta sus más altas frecuencias planetarias entre la población rural y montañosa del Norte de África (Marruecos 67,4%) conocida como bereberes (imazighen en su lengua). Entre los pasiegos varones, el porcentaje de aparición de genes norteafricanos es del 24%, el más alto de Europa. Mayor que el del resto de Cantabria (17%) y significativamente mayor que el de sus vecinos asturianos y vascos (2% en cada caso) (Maca-Meyer et al., 2003).

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La pregunta que cabe hacerse ante estos datos es

 

¿CUÁNDO LLEGARON LOS BEREBERES A CANTABRIA EN GENERAL Y A LA PASIEGUERÍA EN PARTICULAR?

Sobre este tema existió hasta hace poco años un cierto debate polarizado entre los que pensaban que se produjo en tiempos medievales (Bosch et al. 2001, Pereira et al., 2000) y aquellos que pensaban que procedía de tiempos prehistóricos (Gómez Casado et al., 2000, González et al., 2003). El trabajo de Maca-Meyer se inclinaba por la segunda hipótesis dado que 1) el marcador E-M81 se encuentra también extendido en el resto de Cantabria y 2) no aparecen otros marcadores de Oriente Medio en la muestra pasiega (al contrario que en la norteafricana actual). Sin embargo, cabria contraargumentar que estos datos tal vez se deban a mezclas poblacionales posteriores. Además, estudios más recientes (Adams et al., 2008; Bycroft et al., 2018) apuntan a que la influencia genética norteafricana en la península entró en España de la mano de la invasión musulmana del 711. Y, como acabamos de comentar, el reciente trabajo de Solé-Morata (2017) ha datado esta mutación genética en tiempos históricos y en el Magreb. Así que según pasa el tiempo va quedando cada vez más claro que todo lo que tenemos los habitantes del noroeste de España de “sangre mora” (que es más de lo que comúnmente se ha pensado hasta el momento) procede de tiempos históricos.

 

LA HISTORIOGRAFÍA ME HA DICHO OTRA COSA HASTA AHORA ¿DE VERDAD HUBO BEREBERES EN LA ESPAÑA MÁS “CRISTIANA” DESDE EL PRINCIPIO?

Recientemente, Bycroft et al. (2018) han publicado un interesante trabajo que corrobora otro anterior de Adams et al. (2008) y en el que muestran que el mayor porcentaje genético de ancestros de origen norteafricano en España sigue un patrón no tanto sur-norte (más genes norteafricanos en el sur de España que en el norte) sino oeste-este: Más población española con ancestros norteafricanos en el oeste de la península ibérica. De hecho el máximo de población española con genes norteafricanos se localiza actualmente en Galicia, una zona que curiosamente nunca estuvo bajo control musulmán.

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Por desgracia, ninguno de estos dos trabajos ha recogido muestras específicas pasiegas (y apenas cántabras), pero permiten constatar otro dato relevante y es que los bereberes no solo se instalaron en las zonas más islamizadas de Al Andalus durante la Edad Media sino que muchos se trasladaron a vivir en los confines más norteños de la península en los primeros años de la invasión capitaneada por unos pocos árabes .

Trabajos como los de Fernández Conde (2009) recogen como una realidad constatada la presencia de bereberes en las distintas latitudes del reino asturleonés desde las primeras décadas del siglo VIII al socaire de la invasión islámica. Sabemos además que se asentaron preferentemente en zonas rurales y montañosas (como también constata Franco Moreno, 2005), siguiendo su tradicional estilo de vida ganadero y autárquico (y que aún puede trazarse genéticamente en el Magreb actual; Bekada et al., 2013), sin llegar a constituir formaciones sociales amplias y bien estructuradas, por lo que estaban expuestos a una asimilación fácil y rápida por parte de la población autóctona que en aquellos tiempos se encontraba construyendo una articulación política y organización social dentro de los esquemas cada vez más rígidos de la feudalidad.

 

¿PERO ESTOS BEREBERES ERAN MUSULMANES?

Me alegro de que me hagas esa pregunta. El ejército de Tariq estuvo compuesto, casi en su totalidad, por grupos de bereberes norteafricanos en una fase de arabización todavía muy superficial (Fernández Conde, 2009). Pertenecían en su gran mayoría al grupo de los al- Butr, un conjunto de tribus norteafricanas incluidas dentro de la provincia hispana de Mauritania Tingitana (Hispania Transfretana) pero que se resistieron fuertemente a la romanización, tanto romana como bizantina y que seguía manteniendo numerosas prácticas paganas cuando empezaron a entrar en contacto con la religión musulmana, escasamente 100 años antes de que entraran en la península (Franco Moreno, 2005). De hecho, hoy día se considera que la posterior arabización e islamización del Magreb fue fundamentalmente un proceso de aculturación de las poblaciones indígenas bereberes, que además quedaron relegadas a entornos rurales (comprobado genéticamente por Bekada et al., 2013). Por lo tanto, conviene tener muy presente que los bereberes que migraron a España en el 711 eran gentes “muy suyas” y con escasa permeabilidad a influencias culturales de todo tipo, incluido el Islam.

Tanto es así que las fuentes árabes de la época nos hablan de frecuentes ejemplos de apostasía (renuncia a la fe islámica) por parte de los bereberes. El historiador andalusí Abenjaldún (1332-1406) narraba que en los primeros 70 años bajo el islam los beréberes cometieron apostasía una docena de veces: “La población de estas comarcas se compone de bereberes, pueblo organizado en tribus, las cuales cada una es animada por un fuerte sentimiento de asabiya (sentimiento de solidaridad tribal o clánica) pero sin resultado alguno, optando por repetidas insurrecciones y de apostasía; a cada momento se levantan en armas, sin dejarse contener por los rigurosos castigos que les infringían las tropas árabes” (Franco Moreno, 2005; Ilife, 2013).

Como resultado de todo esto, resulta fácil imaginar que algunos grupos aislados de bereberes pudieron adaptarse a su nuevo entorno social en las montañas del norte de España con relativa facilidad, pero más por concordancia cultural con los modos de vivir y de ver el mundo que se encontraron al llegar en el resto del paisanaje local que por renegación de una fe musulmana que realmente nunca llegaron a profesar con vehemencia.

 

UNA GENTE INTERESANTE ¿PODRÍAS CONTARME ALGO MÁS SOBRE ESTE PUEBLO?

Los bereberes constituyen un pueblo ciertamente singular a nivel cultural. El antropólogo Rafa Quintía los definía hace pocos años con el siguiente acertijo: “Cómo se llama un pueblo que come empanadas, frisuelos y hace aguardiente. Que baila ritmos de baile al son de gaitas y panderos. Que enterró a sus muertos en dólmenes y túmulos. Que llenó montes y roquedos de petroglifos. Que celebra el carnaval corriendo con cencerros, haciendo guerras de harina y disfrazándose con pelucas. Que usa como decoración hexapétalas, círculos concéntricos y trisqueles. Que cree en seres míticos que guardan tesoros encantados bajo tierra y que solo con un libro mágico y determinadas palabras secretas se pueden desencantar. Que habla de almas en pena que salen por la noche a andar por los caminos. Que al arco iris le pone nombre de mujer. Que usa amuletos en forma de mano contra el mal de ojo. Que tenían una lengua propia que fue proscrita en los colegios y las Administraciones. Que fueron llamados por los romanos bárbaros y de los que se decía que vivían en las montañas y eran grandes guerreros. Quiénes serán???”

 

Incluso (oh, sorpresa) hay testimonios de que comían cerdo. Parece ser que el consumo de este animal, prohibido por las religiones musulmana y judía, fue también bastante común entre algunos grupos bereberes marroquíes hasta épocas recientes (Simoons, 1994). Considerados herejes en las crónicas de la época, hay constancia de que en el emirato bereber de Barghawata (744) se consumía cerdo con naturalidad y los Gumara del Rif en el s X permitían comer la carne de cerdos hembra y verracos (Glick, 2007).

Detalles que sumados a sus fuertes tendencias democráticas y de igualdad, así como al rol fundamental que juega la mujer en la sociedad bereber (que entronca con el famoso matriarcado de los cántabros), permite singularizarlos respecto al resto de los musulmanes del Magreb y, mucho más, respecto a los de la Península Arábiga.

 

BIBLIOGRAFÍA

Adams, S. M. et al. (2008). The genetic legacy of religious diversity and intolerance: paternal lineages of Christians, Jews, and Muslims in the Iberian Peninsula. American Journal of Human Genetics, 83(6), 725-36.

Bekada A, et al. (2013) Introducing the Algerian Mitochondrial DNA and Y-Chromosome Profiles into the North African Landscape. PLoS ONE 8(2): e56775.

Bycroft C. et al. (2018). Patterns of genetic differentiation and the footprints of historical migrations in the Iberian Peninsula. BioRxiv (pre-pub. DOI:10.1101/250191

Fernandez Conde, F.J. (2009) Los mozárabes en el reino de León. Siglos VIII-XI. Studia historica. Historia medieval, 27, 53-69

Franco Moreno, B. (2005). Distribución y asentamientos de tribus bereberes (Imazighen) en el territorio emeritense en época emiral (S. VIII-X). Rev. Arqueología y Territorio Medieval, 12-1, 39-50.

Maca-Meyer, N. et al. (2003). Y Chromosome and Mitochondrial DNA characterization of Pasiegos, a human isolate from Cantabria (Spain). Annals of Human Genetics, 67,329–339.

Solé-Morata et al (2017). Whole Y-chromosome sequences reveal an extremely recent origin of the most common North African paternal lineage E-M183 (M81). Scientific Reports, 7, Article number: 15941.

Necrópolis de San Juan de la Hoz, Cillaperlata. Posible pervivencia de ritos funerarios paganos en plena Edad Media.

En Merindades contamos con un gran número de necrópolis excavadas en roca y cuya datación exacta sigue planteando en la actualidad serias dificultades, derivadas de que en la mayor parte de ellas solo han llegado hasta nuestros días la talla en la roca. Por ello resultan especialmente interesantes analizar los escasos ejemplos que han sido excavados arqueológicamente y en los que se han encontrado las sepulturas intactas.

La necrópolis altomedieval de San Juan de La Hoz en Cillaperlata es uno de estos casos. Situada al lado del antiguo monasterio paleocristiano de San Juan de la Hoz, precursor del de Oña, está compuesta por 82 tumbas excavadas en la roca. Durante los años 1979-1986 se realizaron excavaciones arqueológicas en 74, recuperándose un total de 67 individuos: 37 hombres, 22 mujeres, 5 niños y 3 indeterminados. Fueron datados por las directoras del yacimiento como correspondientes a un amplio período histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo VIII y el siglo XI, que coincide con los años que transcurren entre la fundación histórica del monasterio en el 790 (se han encontrado restos visigodos por lo que su origen es casi seguro que es anterior) y su subordinación al cercano monasterio de Oña fundado en el 1011.

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Parte de la necrópolis en la actualidad (Foto de Entusviajes).

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Momento de las excavaciones (fotos a través de la Asociación de Estudios Onienses).

 

Llama la atención el escaso número de individuos infantiles encontrados y la especial prevalencia de enfermedades artrósicas, caries y, en menor medida, callos de fractura (fracturas óseas no tratadas correctamente) en huesos de la clavícula y costillas. Se trata de una población homogénea, sedimentaria y estable, cuya economía fundamental era la agrícola y en la que no se observan signos indicativos de catástrofe natural o artificial (epidemias, hambre, guerras, etc.) (Martinez, Nieto, Díez y Ulla, 1992).

Tal vez más interesante que el análisis paleopatológico sea el análisis de los ritos funerarios que pueden deducirse de los numerosos restos encontrados, que nos acercan al mundo de las creencias en esa zona tan especial que rodea al castellum tardorromano y visigodo de Tedeja (Trespaderne).

ORIENTACIÓN DE LAS TUMBAS

Lo primero que llama la atención es la orientación de las tumbas. Todas ellas están orientadas con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este, siguiendo un patrón común al resto de necrópolis altomedievales de la zona. Esta orientación puede deberse a una pervivencia del culto solar en relación con la muerte, ya que la puesta del sol señalaría la región de los muertos. Pero también puede ser un rito eminentemente cristiano al situar la cabeza mirando hacia Jerusalén, hacia la luz de la verdadera vida.

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Plano y orientación de las tumbas.

 

Sin embargo, las tumbas no se sitúan en un eje oeste-este perfecto, sino más bien siguiendo un patrón NO-SE, lo que proporciona datos acerca de la época del año en que fueron construidas. En efecto, dado que el sol únicamente se oculta por el oeste exacto en los equinoccios y que durante el resto del año se desplaza más hacia el norte o hacia el sur de este punto cardinal, los arqueólogos llegaron a la conclusión de que este tipo de tumbas excavadas en piedra fueron hechas evitando los meses de más calor y de mayor frío, concretamente entre febrero-junio y agosto-noviembre (Andrio, Loyola, Martínez y Moreda, 1992).

LIBACIONES Y MONEDAS

Otros datos sumamente interesantes son que en varias de las losas de cubierta halladas se encontraron pequeños orificios circulares a la altura de la cabecera destinados a la antigua costumbre romana (pagana) de hacer libaciones al difunto. Además, en las tumbas situadas en el interior del templo románico superpuesto al visigodo, se encontraron monedas colocadas en las manos de los difuntos, siguiendo también un ritual o costumbre pagana.

Cuando se habla de paganismo en este yacimiento debemos asociarlo no con creencias prerromanas sino con los rituales funerarios romanos anteriores al cristianismo. El ritual funerario característico de los pueblos prerromanos de la zona (cántabros y autrigones) fue la incineración. En la antigua Roma coexistieron los dos principales ritos funerarios: la inhumación y la incineración, aunque con el ascenso del cristianismo la inhumación fue adquiriendo una mayor importancia y todo apunta a que hacia el siglo II dC la incineración deja de utilizarse en todos los rincones del imperio.

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Algunos ejemplos de estelas oikomorfas burebanas, con la puerta de Hades que podría haber servido de canal para las libaciones realizadas como homenaje al difunto.

 

Las libaciones consisten en ofrecer bebidas de diverso tipo a los dioses o a los difuntos. Fue una costumbre común en las religiones griega y romana. Procopio, mártir de Palestina, fue uno de los primeros cristianos en oponerse públicamente a esta costumbre y fue por ello decapitado en el 303 dC. En el 390, el emperador Teodosio (nacido en la Gallaecia) prohibió expresamente las libaciones aunque este rito siguió estando vigente en las religiones judía y musulmana con pruebas arqueológicas de que en plena Edad Media se seguían realizando libaciones a los difuntos enterrados en necrópolis hispanas de la época. Nada hace sospechar que la necrópolis de San Juan de la Hoz acogiese a miembros de estos dos colectivos por lo que solo caben dos explicaciones alternativas: 1. O la necrópolis es más antigua de lo que afirman sus excavadoras, o 2. Cillaperlata conservaba en el siglo VIII una población aislada de personas que seguían aferradas a creencias y tradiciones de hace siglos, de cuando la zona estuvo fuertemente romanizada como parte del discutido “limes interno” o línea fortificada romana que discurría al menos desde Mave (Montaña Pelentina) hasta Buradón (Conchas de Haro) y que servía para vigilar a los cántabros del norte y tener aseguradas las zonas más romanizadas del Alto Ebro.

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Pátera romana de Otañes, Castro Urdiales. La escena de la izquierda muestra a una persona mayor realizando libaciones sobre un ara.

 

La aparición de cuerpos con una moneda en la mano es otro elemento a destacar y cuyo sentido e interpretación resultan más complejos. En la antigüedad griega y romana era costumbre colocar una moneda en la boca o en los ojos del difunto para pagar al barquero Caronte en su viaje al reino de los muertos. Esta tradición es mencionada por los autores latinos del siglo I dC y se expandió en esas fechas por todo el Imperio. A partir del siglo II dC se documentan monedas en la mano de los difuntos (González Villaescusa, 2001), tal vez con el significado de amuletos o talismanes (Arévalo, 2012), para traer buena fortuna desde el más allá a los que quedan aquí. Se trata, no obstante, de un rito que apenas está constatado en la Alta Edad Media y que se retoma a partir de los siglos XII y XIII (Canto, Caballero y Rodríguez, 2015) llegando incluso hasta nuestros días (Pedrosa, 2002).

Ambas parecen ser por tanto, en nuestro caso, costumbres paganas que muestran que la cristianización de toda esta zona fue un proceso lento y difícil, coexistiendo durante siglos con determinadas prácticas ancestrales firmemente arraigadas entre sus habitantes. Los enterramientos muestran esta dualidad entre creencias cristianas (inhumación y orientación de las tumbas) y paganas romanas (libaciones y monedas en las manos de los difuntos).

CONCLUSIONES

Todos estos hallazgos, analizados conjuntamente, dibujan un panorama ciertamente peculiar, en el que una pequeña zona de Merindades (Cillaperlata y tal vez otros lugares cercanos como Mijangos, Tartalés de Cilla) vivía en pleno siglo VIII aferrada a costumbres de época tardorromana, al menos desde un punto de vista ceremonial. Esto no significa que el resto de la comarca disfrutase de un mayor “desarrollo” teológico. Hay constatación de que en el siglo VI pervivían extensas bolsas de paganismo en toda la zona occidental de Merindades, a tenor de la labor evangelizadora de San Millán en la zona. La diferencia fundamental es que mientras el paganismo de otras zonas de Merindades entroncaba con los antiguos ritos y tradiciones cántabras, esta zona alrededor del Castillo de Tedeja se nos muestra anclada en un sistema de creencias y costumbres paganas romanas que hacía cinco siglos que había desaparecido de muchos otros lugares de Hispania que también estuvieron fuertemente romanizados, como La Bureba, Calahorra o León.

Más Información:
Andrio, J., Loyola, E., Martínez, J. y Moreda, J. (1992): Excavación Arqueológica en el Monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata. Nuclenor y Junta de Castilla y León.
Martínez, J.; Nieto, J.L., Díez, P. y Ulla, M. (1992). Introducción al estudio antropológico y paleopatológico de la necrópolis de San Juan de la Hoz (Cillaperlata, Burgos). Munibe (Antropologia-Arkeologia), Suplemento 8, Donostia-San Sebastián.

 

 

Catálogo de los tejos de iglesia en el ámbito cántabro

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El tejo fue un árbol sagrado para los antiguos cántabros, astures y galaicos. Un árbol tótem, mágico-religioso, que siempre se asoció a la vida, la muerte y la eternidad. En tiempos remotos organizaba parte de las creencias, valores, cultura y territorio de estos pueblos, cobijando bajo su sombra asambleas, concejos y fiestas. Su enorme longevidad y su capacidad de regeneración a partir de ramas que tocan el suelo o incluso raíces aéreas que descienden en ocasiones por su viejo tronco hueco dan fe de su connotación de inmortal y eterno.

Isidoro de Sevilla cita al tejo como propio de Cantabria y, según Silio Itálico, las gentes de este país extraían de este árbiol el veneno con el que se suicidaban cuando la edad las hacía inútiles para la guerra. También Plinio alude al tejo como veneno propio de los hispanos. Cuando los cántabros fueron cercados en el monte Medulio, la mayoría se suicidaron para escapar de la esclavitud. Dice Floro que lo hicieron por la espada, por el fuego y por un veneno sacado ex arboribus taxeis, del tejo.

Desde aquellos tiempos ha llegado hasta nosotros, muy desdibujada hoy en día ya, la vieja costumbre de plantar un tejo junto a la iglesia o la ermita recién edificada. Son los denominados TEJOS DE CULTO (llamados así para diferenciarlos de los tejos silvestres o “tejos ocultos”). De hecho, su doble connotación muerte-vida y su pasado religioso se manifiesta aún hoy en la presencia relativamente común de tejos en cementerios e iglesias de todo el noroeste peninsular, desde Sanabria hasta Cantabria.

También en Merindades encontramos extraordinarios ejemplos de tejos de iglesia, como los de Quintanilla del Rebollar, El Rebollar y Cornejo (Sotoscueva), Robredo de las Pueblas y Busnela (Valdeporres), Montoto (Valdebezana) o La Cabaña de Hijedo (Alfoz de Santa Gadea), el bonito ejemplar adulto localizado en el pueblo abandonado de Villamardones (Valderejo) que es el único tejo de culto localizado en el País Vasco o los singulares ejemplares jóvenes del Valle de Losa (San Martín de Losa, Villaño y Mijala). Más al este de España no se documenta ningún tejo de iglesia.

 

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MONTOTO, VALDEBEZANA

Se trata de un tejo centenario, en excelente estado de salud y que apenas ha sufrido podas. Aunque está ubicado en una finca anexa al templo, aparentemente guarda una relación directa con el mismo ya que no se localizan más tejos ni en el pueblo ni en los alrededores. Ejemplos similares a éste (tejos situados en fincas anexas al recinto de la iglesia) los encontramos también en Busnela (Merindad de Valdeporres) y en Rucandio (Valderredible).

Recordemos que esta costumbre de plantar tejos junto a iglesias es típica y característica del ámbito europeo atlántico y en España sólo se da en las zonas antiguamente pobladas por galaicos, ástures y cántabros. Ningún otro pueblo hispano mantuvo esta costumbre.

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Montoto, Valdebezana.

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Montoto, Valdebezana.

 

LOMAS DE VILLAMEDIANA, ALFOZ DE BRICIA

Situado en la cara norte del templo, dentro del cementerio anexo. Goza de buen estado salud aunque las ramas de la parte baja han sido podadas varias veces, probablemente para que no ocupase mucho sitio en el cementerio.

Otra maravilla de árbol singular de la comarca, que necesita de nuestro cariño, cuidados y protección.

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BISJUECES, VILLARCAYO

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VILLARCAYO

Este precioso tejo hembra fue plantado al mismo tiempo que se consagró la nueva iglesia de Villarcayo, en 1970. Cómo mandan los cánones. Tiene por tanto unos 45 años (muy joven) pero ya veis que ha alcanzado un buen tamaño.

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QUINTANILLA DEL REBOLLAR, MERINDAD DE SOTOSCUEVA

Dicen que, en el Juicio Final,
a todos cuantos sepan
el nombre de cien árboles,
habrán de absolverlos para la eternidad.
A mí, desde hoy,
me queda un nombre menos.
Aprendí el tejo.

Estaba en el antemuro interno
de la ermita parroquial
de Quintanilla del Rebollar,
allá en el Alto Burgos,
cercano a los Montes Cantábricos.

Junto a la cancela
que limita el pequeño altozano,
sobre el que se erige la ermita,
allí se erguía, grave y enhiesto;
más orondo que un ciprés,
y más adusto que un roble o un pinsapo,
majestuosamente serio, el tejo.

Los antiguos griegos lo creyeron eterno,
y junto a él ubicaban sus tumbas,
de lápidas y epitafios.
Una voz amiga me lo señaló.
Guardián del sacro lugar,
y del cementerio aledaño,

me pareció apropiada
compañía para todo
lo que la sobria ermita encerraba:
las santas imágenes sagradas
y los pocos restos humanos
que allí descansan.

Qué bien plantado lo encontré,
al tejo… con su doble presencia,
sacra y profana.
El tejo, de hermosa estampa.
El tejo, que me prestó su imagen
para que la uniera a su palabra.

Un nombre de árbol, apenas nada;
pero mucho para mí,
que despertaba del sueño leve
de ignorar que ignoraba
la existencia del tejo,
en tanto que árbol,

y en tanto que palabra.

Texto de Santiago Delgado.

 

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LA CABAÑA DE HIJEDO, ALFOZ DE SANTA GADEA

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Foto de Paula GM.

ROBLEDO DE LAS PUEBLAS, MERINDAD DE VALDEPORRES

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Foto de Alfonso Rueda.

 

VILLAMARDONES, VALDEGOVÍA

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Foto de Rafa Vicente.

 

VALLE DE LOSA

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San Martín, Valle de Losa.

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Villaño. Valle de Losa.

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Mijala, Villalba de Losa.

 

SANTA GADEA DEL ALFOZ

Sabido es que los tejos parecen mostrar una especial afinidad por los roquedos calizos y por lugares sagrados de todo tipo.

Aquí tenemos a un joven ejemplar que ha llevado sus gustos hasta el extremo, creciendo por fuera de la tapia del cementerio de Santa Gadea del Alfoz, con sus raíces firmemente encajadas en las piedras del viejo muro.

De momento no sobrepasa la altura de las hierbas anuales que crecen a su lado pero parece gozar de buena salud y, si los vecinos y el párroco lo respetan, podría convertirse en toda una atracción y una belleza para el camposanto.

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RESCONORIO, EL “PUEBLO TEJO

El valle alto del río Magdalena o Luena, nada más pasar el Puerto del Escudo desde Virtus, alberga una serie de aldeas de población dispersa realmente extraordinarias: Resconorio, Sel del Manzano, Velascones. Y es que prácticamente todo el caserío, sean cabañas pasiegas, casas montañesas o nuevas construcciones, aparecen acompañadas de tejos de todos los tamaños y edades, reflejando un respeto por este árbol y por su cultura asociada y simbolismo fuera de lo común. Una verdadera “zona cero” para los amantes de esta especie.

En todo el Norte Cantábrico (en realidad, en toda España y hasta me atrevería a decir que en toda Europa occidental), sólo existen unos pocos ejemplos más de “pueblos tejo” como este, todos ellos localizados en las zonas más inaccesibles y auténticas de Los Ancares bercianos y lucenses (Vilarello de Donís, Teixeira, Piornedo y algún otro). Una maravilla de sitio.

Fotos de Rubén Bordas.

 

TEJOS OCULTOS DE LAS MERINDADES

En Merindades, como en todo el Noroeste Ibérico desde Galicia hasta Cantabria, hay “tejos de culto” (tejos plantados junto a iglesias, capillas, cementerios, etc.., fruto de nuestras viejas creencias ancestrales) y “TEJOS OCULTOS”, silvestres, perdidos en lo más profundo del bosque.

Desde esta página os pedimos el máximo respeto a la hora de visitar estos últimos, ya que hay muy pocos y son muy sensibles a todo tipo de acción humana. Cuanto más tranquilos les dejemos y menos nos acerquemos a ellos mejor.

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Foto de Fernando Barruelo.

 

 

Mina neolítica de cobre de Huidobro, Los Altos

O de cómo Braveheart se pintaba la cara de azul con estas rocas.

La mina de cobre de Huidobro es un yacimiento minero cuya explotación consta documentalmente desde al menos el siglo XVIII hasta la década de los 60 del s XX.

Sin embargo, los fragmentos de mineral de cobre hallados en el cercano poblado megalítico de Rehoyo/La Nava Alta (Nocedo, Valle de Sedano), indican que esta mina lleva en explotación desde el neolítico (Basconcillos et al., 2008). Parece ser que el uso de las atractivas rocas verde-azuladas en las que está contenido el metal (azurita y malaquita) se usaron primero con fines fundamentalmente estéticos, para manufacturar cuentas perforadas o, reducidas a polvo, para la preparación de cosméticos, como se sabe sucedió en importantes yacimientos neolíticos del Próximo Oriente.

De hecho, el uso de estos minerales de cobre como tinte azul tal vez constituya la mejor explicación para la famosa estampa de los guerreros britones de la que hablaba Julio César “Omnes vero se Britanni vitro inficiunt, quod caeruleum efficit colorem, atque hoc horridiores sunt in pugna aspecto” (Pero todos los Britanos se pintaban con vidrio que producía un color azulado y les daba un aspecto más fiero en la lucha), inmortalizada en multitud de películas en la que aparecen britones, pictos y hasta escoceses. Sobre todo porque otro autor contemporáneo como es el poeta Lucrecio habla de la esmeralda en parecidos términos “zmaragdum ad quam rem viridem, pretiosum vitrum?” (La esmeralda, ¿para qué cosa [la deseas], verde, precioso vidrio?), por lo que el uso de un tinte mineral es más plausible que otros candidatos vegetales como el añil.

En cualquier caso, el principal uso de estos carbonatos de cobre fue para obtener metal puro, que en la Edad del Cobre se empezaron a explotar a mayor escala. El cobre es además el elemento fundamental para la fabricación del bronce, metal característico de la siguiente edad cultural, la Edad de Bronce. El otro metal de esta aleación, el estaño, se importaba de las islas Casitérides o de los ártabros galaicos a través de vías marítimas o terrestres.

Peralta (2000) menciona la existencia de las minas de cobre cántabras de Cervera de Pisuerga y Cangas de Onís, pero no recoge la existencia de este yacimiento de Huidobro a pesar de que todo apunta a que tuvo una importancia extraordinaria en tiempos prehistóricos.

Aún hoy en día, tanto el corte del exterior (realizado en 1968 por Explosivos Río Tinto) como las galerías interiores presentan zonas con los llamativos azules y verdes de los carbonatos de cobre en los que está contenido el metal.

Más información en http://oa.upm.es/10267/1/PARTE-1.pdf

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Foto de Francisco Ruiz.

 

 

Castro de Argés, Valle de Manzanedo

En la meseta acantilada denominada del Castro tiene su emplazamiento un pequeño castro del tipo “en espigón calcáreo”, de unas 4 Ha., y que ha sido atribuido a los cántabros por Bohigas (1986-87) y Peralta (2003), entre otros autores.

Sus características son muy similares al vecino de Cidad de Ebro en cuanto a su posición y sistema de delimitación: por el sur, este y oeste, el recinto aparece cerrado por grandes acantilados y breves lienzos de murallas, que encontramos en aquellos puntos donde el escarpe es superable. Por el costado nororiental se une a la paramera circundante y es aquí donde el cierre lo forma un colosal muro. Su derrumbe tiene una anchura en base de 10,5 m con una altura media de 1,5 a 2 m. La cara interna de la muralla da la impresión de haber tenido un pasillo de ronda, de menor altura que el paramento exterior. Ningún tramo permite conocer su anchura original pero la muralla de Cidad era de unos cuatro metros de ancho por tres de alto. El sistema constructivo empleado es la mampostería de caliza apilada sin elementos aglutinantes.

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Aunque hoy en día el castro consta de dos entradas, una por cada lado del espigón calizo, todo parece indicar que originalmente solo contó con la entrada del sudeste, la que sube desde el pueblo de Argés. El acceso al castro se realizaba a través de un interesante y estrecho corredor situado entre la propia muralla y un lienzo rectilíneo exento situado al borde del cortado calizo, que funcionaría como un “cuerpo de guardia” de los que hablaba Cabré (1950). A la derecha de la puerta de entrada se aprecia un avance del paramento hacia el exterior, que podría corresponderse con un cubo de planta semicircular, adosado a la muralla pero de menor altura que esta.

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Ilustración modificada a partir de una original de Javier Ramos.

 

También contó con otra puerta no documentada “de emergencia” en el lado oeste, el que mira al Ebro y al valle. Sería para entrar y salir del castro en caso de peligro, sólo para personas. Al lado hay restos de muros cerrando cualquier hueco peligroso en caso de ataque.

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Dentro del recinto hay amontonamientos de piedras que corresponderían a ruinas de las edificaciones y viviendas del poblado. Estas son de mayor extensión que en Cidad.

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En derrumbes y senderos libres de vegetación se han encontrado fragmentos cerámicos de dos tipos; a mano y a torno. Los primeros son de cocina, con abundantes desgrasantes micáceos, típica para poner al fuego y los segundos de mesa, característicos por el color naranja, de tipo celtibérico. También un lote pequeño de fragmentos de restos de fundición de bronce, relacionado con labores metalúrgicas. Teniendo en cuenta las similitudes existentes entre los dos castros, no es descabellado suponer una fecha muy similar en ambos recintos, dentro de los límites cronológicos de la Primera Edad del Hierro.

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En las laderas que ascienden suavemente desde lo alto del castro hasta la cima de Las Mesas se localizan una serie de amontonamientos de piedras. Algunos pueden ser simples morcueros de piedras, de cuando se araban los montes, pero otros podrían corresponder a túmulos funerarios del Hierro I.

En definitiva estamos ante un recinto castral con un sistema defensivo sumamente interesante y que merecería una mayor atención por parte de las Administraciones responsables de su cuidado y puesta en valor.

Fuente: Bohigas, Campillo y Churruca (1984).

Agradecemos enormemente a Jesus Pablo Domínguez Varona sus interesantes fotografías y comentarios que han permitido completar la información que ofrecemos aquí sobre este emplazamiento.

 

 

 

Castro de La Ulaña: El más grande de la península ibérica y uno de los más grandes de Europa

Mapa de situación y extensión relativa de los cuatro principales castros cántabros en el territorio de Las Loras.

Monte Cildá: 12 Ha.
Monte Bernorio: 28 Ha.
Peña Amaya: 50 Ha.
La Ulaña: 285 Ha.

Como referencia, el mayor castro cántabro de Merindades, Cerro de la Maza (Merindad de Valdeporres), tiene una extensión de 40 Ha.

Fuente del mapa: Cisneros, García y Hernández (2011) “Los Oppida del Sector Central de la Cordillera Cantábrica: Síntesis y Nuevas Investigaciones”.

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