Celtas, celtíberos y celto-atlánticos

“La Península Ibérica es uno de los territorios célticos por excelencia, lo que confirma la información proporcionada por las fuentes literarias, con noticias sobre pueblos, como los celtíberos o los célticos, cuyos nombres no dejan lugar a dudas respecto a tal filiación, o los abundantes documentos epigráficos que ponen de manifiesto la existencia de, al menos, una lengua céltica en el territorio peninsular, el celtibérico, cuyos testimonios se concentran hacia la Meseta Oriental y el Valle Alto y Medio del Ebro, esto es, la Celtiberia y los territorios adyacentes. En este panorama, las tierras del occidente peninsular tienen un gran interés, pues no en vano las primeras referencias a los celtas —keltoi— aparecen en la obra de Herodoto, en el siglo V a.C., refiriéndose a los habitantes de las zonas más occidentales de Europa, incluyendo las tierras del suroeste de Iberia. A partir de ese momento, la presencia de pueblos de filiación céltica en el occidente de la Península Ibérica está suficientemente probada, a partir de la información proporcionada por las fuentes literarias, los documentos epigráficos en lenguas indígenas, la onomástica de diverso tipo y la Arqueología. El análisis conjunto de tales evidencias, muchas de ellas tardías, al estar referidas a los dos siglos anteriores al cambio de era, cuando no incluso a la etapa inmediatamente posterior, permiten vislumbrar un panorama enormemente complejo, en el que no siempre resulta fácil integrar tan variados elementos.” (Lorrio, 2011).

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“En el extenso territorio del occidente atlántico ibérico que se extiende entre el Tajo y el Mar Cantábrico encontramos posturas académicas encontradas, sobre todo por lo que respecta al ámbito galaico. En esta zona la investigación se plantea, básicamente, desde dos posiciones radicales, que por lo común no aceptan un debate crítico (véase, Ruiz Zapatero, 2005). Por un lado, la que sólo quiere hablar de datos arqueológicos galaicos —que en general no permiten detectar la presencia de celtas en la zona—, sin aceptar una contrastación con los datos de las fuentes clásicas, los paleolingüísticos, los religiosos y los ideológicos. Por el otro, la que construye un discurso a partir de las referencias clásicas, los datos lingüísticos, ideológicos, religiosos y aún etnográficos, que permiten identificar una fuerte presencia céltica en el Noroeste, aunque en muchos casos forman una amalgama no siempre bien estructurada, sobre todo por lo que se refiere a la interpretación de la información arqueológica, lo que dificulta el sostenimiento de un discurso histórico coherente que integre todo este tipo de evidencias; la situación sólo ayuda a situar la cuestión de la celtización del Noroeste fuera del tablero de la investigación académica, y lo que todavía resulta peor, lo deja abierto a la manipulación en manos de pseudoinvestigadores y celtómanos.” (Lorrio, 2011)

“Una premisa previa es la necesaria separación entre el desarrollo de la cultura arqueológica de La Tène y las lenguas célticas, señalada por Kristiansen (2001). En opinión de este autor (ver también James 2005), las lenguas celtas habrían aparecido con anterioridad a la cultura de La Tène, sobreviviéndola. Estaríamos, por tanto, ante dos procesos que se desarrollaron en dos áreas distintas de Europa y en dos momentos diferentes: frente al origen centroeuropeo de la cultura material tradicionalmente considerada como celta, las lenguas pertenecientes al grupo céltico se habrían originado en el sector atlántico y occidental de Europa, quizás durante el llamado Bronce Atlántico. El desarrollo de estas lenguas, como opina Cunliffe (2001, 1997), pudo haber sido paralelo al de los contactos atlánticos hasta el momento en que las lenguas célticas alcanzaron su forma distintiva en el Bronce Final, período de mayor intensidad de dichos contactos, constituyendo, así, uno de los elementos característicos del celtismo atlántico defendido por Cunliffe. Con el paso del tiempo, estos dos aspectos de lo que tradicionalmente se interpretó como la cultura celta, la lengua y la cultura material, se habrían difundido desde sus núcleos originales siguiendo una ruta inversa: la lengua de O a E y la cultura material de E a O, hasta abarcar todo el territorio centroeuropeo que tradicionalmente se ha interpretado como la cuna de los pueblos celtas.” (González y Parcero, 2007).

Mapas adaptados del (A) modelo clásico de celtización/celiberización en “mosaico” de la Península Ibérica desde el área nuclear celtibérica (Almagro-Gorbea) y (B) modelo celta lingüístico (González y Parcero, 2007).

 

BIBLIOGRAFIA
Lorrio, A.J. (2011). Los celtas en el occidente de Iberia, en Ruiz Zapatero, G. y Álvarez Sanchís, J. (eds.): Castros y Verracos. Las Gentes de la Edad del Hierro en el Occidente de Iberia, Avila, 45-101.
González, F.J.; Parcero, C. (2007): Bases para el estudio de la etnogénesis galaica. Pasado y presente de los estudios celtas, Ortigueira: 535-562.

 

 

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Introducción a la Genética de Poblaciones. El marcador R1b-DF27

La genética de poblaciones humanas es una rama de la biología que intenta describir, entre muchas otras cosas, cómo ha ido evolucionando y desplazándose la población humana a lo largo de la historia. Cuando se trata de explicar nuestro pasado, este ámbito científico es de enorme interés porque nos arroja luz sobre todos aquellos aspectos de nuestro pasado que tienen una sólida base poblacional y no solo meramente cultural.

Un ejemplo clásico de producto cultural es el lenguaje. La adquisición y extensión de una lengua es un producto básicamente cultural y no todos sus hablantes tienen por qué compartir la misma herencia genética. El hecho de que un indígena de Los Yungas de Bolivia tenga como lengua materna el español no lo convierte en genéticamente similar a un habitante de la península. Lo mismo puede concluirse de cualquier lengua, incluida el vasco. Porque las lenguas son todas productos culturales.

Un segundo aspecto que conviene aclarar es que la genética de las poblaciones en absoluto conlleva connotaciones que pudieran ser tildadas o utilizadas por alguien con fines racistas, ya que a esta rama del saber no le interesa en absoluto los orígenes específicos que tiene una persona concreta a nivel genético. Le da igual si Fulanito Pérez, natural de Sevilla, tiene un origen escandinavo o no. Trabaja con grandes números. Parte de la base de que cualquier población de cualquier territorio está hoy día “muy mezclada” y en lo que se centra es en extraer conclusiones sobre el PORCENTAJE de ocurrencia de tal o cual gen específico en un gran número de personas representativas de un sitio, con la finalidad última de conocer más sobre nuestro pasado, los desplazamientos de la gente y la INFLUENCIA POBLACIONAL en la conformación de una sociedad y una cultura concretas.

Estos estudios se basan en el hecho de todos nuestros genes van sufriendo ligerísimas mutaciones con el paso del tiempo. Y ocurre que en la especie humana tenemos dos genes concretos que son muy interesantes para analizar nuestra evolución porque solo se transmiten a través de nuestros padres y madres. En concreto, los cambios que se producen a lo largo del tiempo en ciertas partes (llamadas haplogrupos) del cromosoma sexual masculino Y (ADN-Y) se utilizan para conocer cómo han ido evolucionando genéticamente nuestros antepasados masculinos, mientras que los cambios en el ADN que tenemos todos en las mitocondrias de cada célula (ADN mt) son los utilizados hoy día para conocer lo mismo en el caso de nuestros ancestros femeninos, ya que solo se transmiten por línea matrilineal. Analizando las sucesivas mutaciones de estos haplogrupos se pueden trazar mapas bastante precisos sobre cuándo, desde dónde y hacia dónde han ido desplazándose las poblaciones humanas durante la prehistoria e incluso la historia.

La genética de poblaciones es uno de los campos científicos más efervescentes de la actualidad, en el que se están produciendo avances notables cada año. Hoy día se sabe que la población ibérica masculina pertenece mayoritariamente al haplogrupo R1b. Esto nos vincula al resto de la Europa Occidental Atlántica, donde también este haplogrupo es predominante (Irlanda (81%), Gales (74%), Escocia (72,5%), España (69%), Inglaterra (67%), Bélgica (61%), Francia (58,5%), Portugal (56%), Suiza (50%), y porcentajes cercanos al 50% en Holanda (49%) y Alemania (44,5%), datos de Eupedia). Esta mutación surgió a partir del haplogrupo R en Oriente Medio durante el Paleolítico, hace casi unos 20.000 años. El R1b siguió experimentando variaciones (M269 ya en Europa oriental, L11, U106…) y al principio de la Edad de los Metales apareció la mutación S116 en el sur de Francia que dio origen posteriormente a las dos principales ramas que se han localizado hoy día en el oeste de Europa: la Celto-Atlántica (R1b-L21/M529) y la Ibérico-vasca (R1b-DF27).

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La subdivisión R1b-L21 (también llamada M529) es el haplogrupo que mejor define a los pueblos de las Islas Británicas (Irlanda (54%), Bretaña (52%), etc.). No se conoce el lugar exacto donde se originó aunque se cree que fue en algún punto de la actual Francia y hace unos 3800 años. En España presenta las más altas frecuencias en Galicia (8%), Asturias (6%) y Cantabria (6%) (Datos de Valverde 2016; N=63 – 146). Como vemos, porcentajes que están lejos de ser significativos y que alejan a los gallegos, cántabros o vascos de los habitantes de las Islas Británicas.

El haplogrupo R1b-DF27, que hemos llamado Ibérico-vasco (equivalente al galo-ibérico de Eupedia) es tal vez el más interesante para nosotros. Y esto es así porque es la subdivisión del R1b que mejor nos define. En torno a un 42% de todos los hombres de cualquier rincón ibérico llevan este marcador en sus genes. Y entre los vascos nativos el porcentaje aumenta al 74% (Solé Morata et al, 2017). En otros vecinos europeos el porcentaje es mucho menor: Francia (11%), Gran Bretaña (15%) o Irlanda (1%).

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Esta variante R1b-DF27 se originó hace sólo unos 4200 años, es decir al principio de la Edad de los Metales. Debió surgir en el noreste de la península, actual Cataluña (véase imagen). A pesar de su elevada frecuencia actual en el País Vasco, las medidas internas de diversidad y las estimaciones de la antigüedad son más bajas en los vascos que en cualquier otra población, lo que descarta esta región como punto de origen de la variante (Solé-Morata, 2017). Lo que debió ocurrir en el País Vasco es que unos pocos individuos con este marcador quedaron aislados en algún momento del pasado y no sufrieron influencias genéticas posteriores.

El R1b-DF27 siguió sufriendo mutaciones posteriores, algunas de las cuales han sido rastreadas y han permitido establecer interesantes conclusiones, como que la subdivisión Z195 se localiza en la zona vasco-ibérica pero apenas tiene presencia en el oeste peninsular, por lo que toda esta zona de Galicia, Asturias y Portugal deben estar albergando algún otro subtipo de R1b-DF27 aún no descubierto.

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Para saber más:

Solé-Morata, N. et al. (2017). Analysis of the R1b-DF27 haplogroup shows that a large fraction of Iberian Y-chromosome lineages originated recently in situ. Scientific Reports, 7, 7341. doi:10.1038/s41598-017-07710-x

Valverde, L. et al. (2016). New clues to the evolutionary history of the main European paternal lineage M269: dissection of the Y-SNP S116 in Atlantic Europe and Iberia. Eur J Hum Genet., 24(3), 437–441. doi: 10.1038/ejhg.2015.114.

www.eupedia.org

 

 

 

¿Las casas castreñas de planta circular eran celtas? Datos arqueológicos sobre los castros de nuestro entorno

La vivienda circular de nuestro ámbito es la evolución de la vivienda de postes del Bronce Atlántico. Aparecen en la zona de sustrato cultural indoeuropeo y de ahí parecen expandir su presencia hacia el cantábrico oriental. En el Bronce Final e inicios de la Edad de Hierro son muy escasos los testimonios conocidos de casas de planta rectangular en la meseta e inexistentes en todo el Noroeste ibérico atlántico. La cultura de Soto de Medinilla (Valladolid) constituye uno de los exponentes más tempranos de evidencia de casas circulares en todo el Noroeste, con estructuras datadas entre el 800-500 aC. y se sospecha que hunde sus raíces, a través del mundo tartésico, con el ámbito mediterráneo.

La aparición de las casas de planta cuadrangular en nuestro ámbito data del siglo VI aC, siendo anterior a la llegada de la cerámica a torno de tipo celtibérico y resultado directo de la influencia de la cultura de los Campos de Urnas (celtas hallstatticos) siguiendo como posibles rutas de penetración el Valle del Ebro o Aquitania, donde no se documentan viviendas circulares. De esto se deduce que las viviendas circulares no son celtas y que los celtas (centroeuropeos) trajeron a esta zona precisamente lo contrario: viviendas de planta rectangular. Hacia el siglo V aC todas las viviendas castreñas documentadas en el cantábrico oriental son ya de planta rectangular y así seguían siendo cuando los romanos sometieron a cántabros, autrigones, caristios, várdulos, etc.. Este urbanismo lo diferencia claramente del que se encontraron en el ámbito galaico y astur, donde las casas aún eran circulares a la llegada de los romanos.

ÁMBITO CÁNTABRO: En el castro de los Baraones (Gama, Aguilar de Campoo) se han localizado varias cabañas circulares previas a la construcción del recinto defensivo. Las más antiguas consisten en postes hincados directamente sobre la tierra, con suelo de tierra apisonada. Las posteriores tienen una estructura más elaborada con banco corrido en el interior, paredes enlucidas, suelo enlosado de cantos, hogar cercano al centro y poste central para sujetar la techumbre cónica vegetal. Datan de entre el 590 aC y 435 aC., es decir, de la I Edad de Hierro. TODOS los castros cántabros de la II Edad de Hierro excavados (La Ulaña, Bernorio, Espina del Gallego, Cildá, Cerro La Maza) y TODOS los indicios encontrados en el resto de castros de Las Merindades, presentan ya plantas rectangulares. Y a la llegada de los romanos, como acabamos de comentar más arriba, TODAS las viviendas cántabras eran rectangulares.

Profundicemos un poco también en lo que se conoce al respecto en los diferentes pueblos prerromanos vecinos al nuestro:

ÁMBITO BERÓN: La Hoya (Laguardia, Alava) es uno de los poblados mejor conocidos de nuestro ámbito, con una interesantísima secuencia cultural que abarca desde el siglo XV aC hasta el siglo III aC. Inicialmente se constata la llegada de pobladores indoeuropeos llegados de centroeuropa que toman contacto con las culturas tardomegalíticas existentes en la zona. En esta época, el poblado se defiende ya por una muralla de la que se conservan unos trescientos sesenta metros, que en un principio fue de madera, y posteriormente de mampostería. Desde centroeuropa siguieron llegando gentes que aportan nuevos conocimientos. Este poblado sufre una ocupación violenta a mediados del siglo V aC. por parte de celtíberos que toman posesión del poblado. De esta época data la reconstrucción del muro con piedras de gran tamaño, con rituales de fundación en la presencia de cuernos de ciervo entre sus hiladas inferiores. En un primer momento, el poblado se desarrolló de modo perimetral a la empalizada. Con la llegada de los celtíberos, se reestructura por manzanas de casas, con bocacalles no enfrentadas para evitar la canalización del viento, muchas de la casas estaban porticadas para evitar mojarse cuando llovía y las calles estaban empedradas. Y se deja un corredor junto a la muralla para reforzar su eficacia defensiva. Pero tanto antes como después de la llegada de los celtíberos procedentes de las montañas de Soria, las viviendas eran rectangulares. De este dato (y de otros indicios como los encontrados en el poblado de Cortes de Navarra) se deduce que las viviendas rectangulares proceden probablemente del desarrollo de una cultura de tipo Hallstatt B tardía (pero previa a la segunda invasión celta de Cempsis, Sefes y Belgas) procedente del centro de Europa que evoluciona aquí para dar lugar a la denominada cultura posthallstática ibérica que constituye el punto de arranque de las civilizaciones celtibéricas.

ÁMBITO AUTRIGÓN: El yacimiento de Soto de Bureba (Quintanaelez) es el único poblado del Bronce Final y Edad de Hierro excavado en toda la comarca de La Bureba, lo que ha proporcionado una amplia y variada información sobre la secuencia cultural y cronológica desde el Bronce Final hasta la época romana. En este castro, el único rastro de viviendas circulares se ha encontrado en el término de Los Llanos y han sido datadas en las primeras fases de ocupación del lugar (700 aC). Las viviendas más modernas encontradas en este y en otros castros autrigones son ya todas rectangulares.

ÁMBITO CARISTIO: El castro de Peñas de Oro (Alava) documenta una vivienda oval y tres circulares más antiguas. La más antigua de todas es de estructura completa de madera barro. Las otras dos circulares presentan un zócalo de piedra sobre el que se construye una pared de entramado de ramas de avellano con manteado de barro. En el poblado de Atxa (Gazteiz) coexisten viviendas rectangulares y circulares, datadas en el 550 aC, excavadas en el suelo, hechas de postes y manteados de barro. En Berreaga (Munguía, Bizkaia) se ha encontrado una vivienda semirupestre en forma de ovalo irregular datada en el 510 aC, pero en Marueleza, Navarniz, Bizkaia (350 aC) solo se documentan casas de planta rectangular.

ÁMBITO VÁRDULO: En Castillo de Henayo (Alegría, Alava) y con una cronología anterior al 700 aC aparecen casas circulares de pies derechos con ramaje manteado, poste central y suelo de tierra apisonada, pero en los grandes castros várdulos de la vertiente norte (Buruntza, en Andoain, Gipuzkoa, 390 aC; Intxur, en Tolosa, Gipuzkoa, 230 aC) solo se documentan casas de planta rectangular.

CONCLUSIONES:

Las viviendas circulares no son celtas. Entroncan con una vieja tradición de cabañas que se encuentran por toda la fachada atlántica pero que están más vinculadas con el Bronce Atlántico que con el celtismo centroeuropeo.

En el occidente cantábrico, incluida nuestra comarca de Las Merindades y el resto de la Cantabria prerromana, el cambio de casa circular a casa cuadrada se produjo sobre el 450 aC. En la zona más oriental (Los Llanos, Cortes de Navarra), ocurrió antes, mientras que en el occidente ibérico (zona astur y galaica) no llegó a materializarse, probablemente porque el influjo cultural de los Campos de Urnas (Hallstatt) y sobre todo el posterior influjo celtiberizador ibérico, no llegó de forma tan intensa.

Como consecuencia de la celtiberización que experimentó Cantabria a partir del siglo III aC, los castros cántabros en época romana tenían TODOS casas de forma rectangular. Por el contrario, en esa misma época, las viviendas de los castros galaicos y astures eran mayoritariamente de tipo circular.

 

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