Vijaneras, chamarrones y cachiporros

Las mascaradas de invierno, carnavales o ANTRUEJOS debieron celebrarse en nuestra zona de forma similar a muchos otros sitios del ámbito indoeuropeo más ancestral. Cerca de Las Merindades tenemos varias fiestas de este tipo que afortunadamente se han recuperado en los últimos años, como los Zamarrones de Los Carabeos o La Vijanera de Silió.

La Vijanera de Silió es una mascarada de invierno que se desarrolla en esta localidad de Cantabria el primer domingo de cada año. Consiste en un mascarada colorista en la que participan alrededor de 75 personajes diferentes encarnados por más de 100 vecinos, todos varones. Pero los verdaderos protagonistas de la fiesta son los ZARRAMACOS debido a la importancia de su papel. Estos últimos son personas vestidas con pieles de oveja y sombreros picudos además de llevar la cara pintada de negro que van ahuyentando los malos espíritus del año que comienza haciendo sonar los varios campanos que llevan atados al cuerpo. Su misión es la de expulsar a dichos espíritus del pueblo llegando hasta los límites del mismo. Originalmente, la Vijanera se festejaba en una zona mucho más extensa que la actual. La Asociación Cultural Amigos de la Vijanera documenta Vijaneras en Silió (el festival original desapareció en 1935), en Las Coteras, Santa Olalla (celebrada hasta 1935), Cieza (1954), Anievas (1938), Bostronizo (1935) y Fraguas (1918). También documentan en Toranzo, perteneciente al valle vecino del Pas y que fue además donde sobrevivió hasta más tarde, 1957. Además, existieron Vijaneras por Trasmiera, Campoo y Polaciones.

 

Pero seguro que existieron muchos otros hasta tiempos no muy lejanos, como lo muestra este óleo de Gutiérrez Solana, pintado en Arredondo, Soba. Los mozos se vestían de “mamarrachos” con vejigas hinchadas para carnaval y fiestas. Véase que sale “el oso”, personaje común a la Vijanera.

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“El Carnaval en la Aldea”. Obra de Gutiérrez Solana ambientada en Soba, 1920. 

En dos localidades pegadas al embalse del Ebro, Los Carabeos (Valdeprado del Rio) y Lanchares (Campoo de Yuso), los más viejos del lugar aún recuerdan de la existencia de una tradición carnavalesca denominada allí ZAMARRONES y que se está intentando mantener y potenciar en los últimos años.

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Zamarrones de Los Carabeos, Valdeprado del Rio, Campoo.

 

 

CARNAVALES Y MARCARADAS TRADICIONALES EN MERINDADES

VIJANERAS DE MANZANEDO, BRICIA Y ZAMANZAS

Gracias a la red social Facebook hemos conocido que EN LAS MERINDADES TAMBIÉN EXISTIERON VIJANERAS, denominadas desde siempre con este nombre. Concretamente, en Bricia, Zamanzas, Manzanedo y Valdebezana. 

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Esta es la descripción que nos proporciona Belén García, de Arreba, Valle de Manzanedo:

“Iban con pieles y cencerros en la cintura y el cuello. Algunos llevaban en la cabeza cuernos y otros sombreros. La cara tiznada de negro. Los Vijaneros tocaban el cuerno y asustaban a los niños. Pasaban de casa en casa pidiendo. Luego se juntaban en la cantina y cenaban allí. A la gente que estaba en la calle la seguían tocando el cuerno, especialmente a los niños. Si había nieve los empujaban y tiraban fuera de las sendas. Los padres llamaban a los niños tanto en la calle como en las casas para que se aproximasen, y cuando estaban al lado de los Vijaneros estos tocaban el cuerno y corrían detrás de los niños. Los Vijaneros eran los mozos solteros, igual que en las Marzas.”

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CACHIPORROS Y CHAMARRONES DE SOTOSCUEVA, VALDEPORRES Y VALDEBEZANA

Otra tradición que se conserva en fuentes escritas y en la memoria de los más mayores es la de los cachiporros y chamorros de Valdeporres. Manuel Guerra, natural de Villamartín de Sotoscueva, en su gran obra “Constantes Religiosas Europeas y Sotoscuevenses” (1973) expone lo siguiente:

“Orígen telúrico, en relación con la fecundidad y con la fertilidad, pueden tener las mascaradas que, hasta no hace muchos años, celebraban los mozos en Sotoscueva así como en otras zonas; acontecían siempre al final de enero y durante el mes de febrero coincidentes con las fiestas de San Sebastián, Santa Agueda, días de Carnaval, o sea en el tiempo preparatorio de la irrupción primaveral. En estas mascaradas se solían disfrazar de TOROS, si bien de este disfraz en los últimos tiempos sólo quedan los CENCERROS, conservados aún por el director (totalmente disfrazado) de los danzantes en las fiestas patronales de Las Machorras (pasiegos) y por el CACHUZO director de los CACHIPORROS (Robledo de las Pueblas), de los CHAMORROS (Cidad de Valdeporres) danzantes disfrazados de varias formas con ocasión del solsticio invernal. Estas mascaradas terminaban siempre con abundancia de vino,33863931_1289719941158697_7245953657663913984_n cena y jolgorio nocturno.”

La siguiente cita histórica ofrece más información al respecto:

“Otra. costumbre, tan bárbara como la anterior, se practicaba en el país que nos ocupa [Valdeporres], á la cual llaman CACHIPORROS, CHAMORROS O CHAMANONES; consistía en que los mozos vestíanse de mamarrachos los domingos y días festivos como lo hacen en Carnaval, ó iban pidiendo por los pueblos: la nota característica era, rodearse y colgar á su cuerpo muchos cencerros y campanas ó ir armados de sendos garrotes ó palos.” (Costa, J. (1918). Apuntes para la Historia Jurídica del Cultivo de la Ganadería en España”. Jaime Ratés, Madrid).

Amaia Arnesto nos informa de que en Robredo de las Pueblas eran CACHIPORROS y el que los dirigia lo llamaban CACHUZO.

Elena Campo ha averiguado que en Quintanilla de San Román, Valdebezana, hace mucho sí que habian CHAMARRONES, hace como 50-55 años de ello… Una persona mayor del pueblo recuerda que les decía una tía, “Qué vienen los chamarrones” y los niños pequeños, asustados se metían debajo de la mesa… Iban a pedir y era por Carnavales.

 

EL BOBO DE LAS MACHORRAS

Se celebra el primer domingo de agosto.

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Reportaje publicado en 1936 en la revista Mundo Gráfico.

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Las Reuniones sociales de antaño: Hilas, Veladeros e Hilanderos

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“El Filandón” de Luis Álvarez Catalá (1872)

“[En la Merindad de Valdeporres] llámase LA HILA á una reunión de gentes de todas clases, que se practica durante el tiempo crudo de invierno. Esta tiene lugar en una determinada casa, cuyo local utiliza la gente joven para bailar los domingos, y en los demás días de la semana se hila, cose y se ocupan en otros menesteres; allí se habla de todo, se murmura, se reza, se critica y se cuentan anécdotas y chascarrillos no siempre útiles y del mejor gusto, dado lo picaresco de las frases. En este género de reuniones se practica mucho lo que llaman la «parva», ó sea, á la terminación de la velada liban unas copas de aguardiente en señal de despedida, que es siempre pagado por las mujeres, aun cuando á la reunión asistan hombres. Esta costumbre, todavía en práctica, va decreciendo.

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También reuníanse las mujeres en la preparación de la hebra de ciertas plantas textiles para «la hila». El «espadar» consiste, en que con una especie de cuchilla ó espada de madera van dando golpes en la caña ó tallo del lino, para hacer saltar y desprenderse la parte leñosa de la textil, sacar la estopa, que más tarde ha de ser hilada y convertida en lienzo, que se emplea en camisas y otros usos domésticos. Esta práctica acaba de desaparecer, á virtud, sin duda, de lo trabajosa y molesta que resultaba esta pequeña industria, dado la baratura que hoy alcanzan los tejidos de algodón y la facilidad de su transporte. Las mujeres de la Merindad que nos ocupa han perdido una parte de sus ingresos con la desaparición de aquel tejido, pues que antiguamente iban á espadar, mediante estipulada retribución, á la provincia de Santander unas, á Vizcaya otras, al igual que van á sallar la tierra, así como los hombres van á segar con el dalle, dolió ó guadaña la hierba de los prados vizcaínos, y los jóvenes á Rioja, para las vendimias, y durante el invierno á otros países para elaborar aceite.”

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“Estas actividades, vinculadas con el hilado de la lana o del lino, generaban relaciones entre las mujeres ocupadas en este trabajo, dando lugar a los ‘veladeros’, denominación usada en Ahedo de Butrón. Así lo explica el pastor de Cernégula, de su libro he recogido estas palabras:

Los VELADEROS eran los sitios donde hilaban el lino y lo cardaban. Sembraban mucho lino los de Ahedo. Cuando ya lo segaban lo llevaban a Pesquera o a Tubilleja para dejarlo a remojo en el río, en el Ebro. Igual había en Ahedo cinco o seis veladeros, siempre en los mismos sitios: El del difunto Anselmo y el de Lorenzo, que eran cuñados, el del sacristán, el del cura y el de unas señoras que las llamaban las de Haro. A los veladeros iban las mujeres a hilar, tenían un palo con una horquilla, metían en un gancho el copo. Después, hilaban dando vueltas. Igual íbamos también los hombres y los mozos. Bajaban de la tenada, venías con la intención de pasar un buen rato en los veladeros.

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En Valhermosa de Valdivielso íbamos al HILANDERO, todas las mujeres a hilar, los hombres cantaban. La lana se lavaba en el arroyo, había que escarmenar, ahuecar, cuando está en vellón, para después hilarla. Se hilaba y se torcía, sino se rompe.”

A estas reuniones de invierno se las llamaba hilas o jilas en otras partes de Cantabria. En Asturias y León, seranos, calechos o filandones (declarado como BIC inmaterial en 2010), en Galicia fiandóns, fías, fiadeiros, fiadas… Palabras relacionadas con la actividad principal para la que fueron creadas: juntarse las mujeres para elaborar el hilo de lino o lana con el que después tejer prendas.

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Las mujeres atraían a los hombres y al poco terminaron siendo reuniones donde se tocaba música, se comía y se bebía algo, se contaban historias de ayer y de hoy y se socializaba la gente del pueblo, mientras cada vecino se mantenía ocupado con alguna labor de interior.

Sobre su duración y momento del año, siempre se dijo: “Los Santos las traen y el Angel las lleva”, es decir que transcurrían entre el 1 de noviembre y el 1 de marzo.

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Textos:
Costa, J. (1918). Apuntes para la Historia Jurídica del Cultivo de la Ganadería en España. Madrid, Jaime Ratés.
Temiño, M. J. (2012). Los Oficios Olvidados en el Norte de Burgos. Valladolid, La Editorial de Urueña.

Fotos de diversos filandones leoneses.

 

 

El azul en puertas y ventanas

El color azul en puertas y ventanas se lleva utilizando desde hace mucho tiempo en diferentes ámbitos culturales. En el Mediterráneo (Santorini, Ibiza, Túnez, Marruecos, etc.) forma parte de los colores icónicos de muchas aldeas costeras. Pero también en el Atlántico, desde Galicia hasta Irlanda se ha utilizado aunque probablemente con significados diferentes.

Y por el interior noroccidental ibérico, hubo un tiempo no muy lejano en que se pensaba que ahuyentaba a las moscas, razón por la que se utilizaba con profusión en cocinas y establos. Relacionado con esta función, mencionar que en Valderredible existe la creencia de que pintando el número 58 a la entrada de la casa no entran las moscas, aunque esté pintado en un papel.

También es un color asociado a la creencia de que espantaba a demonios, brujas y otros seres malignos de la casa. La creencia de que ahuyenta y protege de las brujas está extendida por buena parte del globo, desde los Amish de Pennsylvania o los indios nativos de México hasta Grecia o el mundo musulmán… Tal vez algo haya de cierto, vista su extensión.

 

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Escalada, Valle de Sedano. Foto de José María Fernández.

 

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Robredo, Valle de Zamanzas. Foto de Javi F.S.

 

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Leva de Valdeporres. Foto de Raúl G. Coto.

Hasta la Edad Moderna, la forma más barata de obtener el color azul era machacando azurita, un carbonato de cobre. Cuando se mezcla la azurita con aglutinantes oleosos, se produce oleato de cobre, un fungicida ligeramente tóxico para la vida salvaje. Tal vez de esta tradición venga las propiedades que se le presumen de ahuyentar a las moscas. En el siglo XVIII se inventó el azul de Prusia, que mezclado con blanco de titanio y petroleo dio origen a los brillantes azules que conocemos en la actualidad, un tono que se extendió a partir de entonces por toda Europa por su rareza y vistosidad. Los esmaltes sintéticos ya listos para usar datan de los años 30 del pasado siglo XX y fueron reemplazando a la preparación manual y casera que suponía el azul de Prusia hasta entonces.

Como curiosidad, señalar que ya en 1776 las Ordenanzas de Arsenales exponen unas condiciones de pintura de los buques de la Real Armada, especificándose que las habitaciones de los oficiales se pintasen de color blanco o azul. “Los navíos, fragatas y demás embarcaciones que lo necesitasen serían pintados igualmente de dos en dos años, se controlaría que no se emplease otro color en la talla exterior y galones que el amarillo y negro; en las cámaras, el de porcelana y azul; y en los entrepuentes y castillo la tierra roxa, excepto orden particular del Ingeniero General.”

En nuestra costa se solían utilizar las pinturas que sobraban de renovar las embarcaciones para pintar puertas y ventanas, con colores llamativos muy característicos, entre ellos el azul.

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Crespos, Valle de Manzanedo.

 

Aluches, engarres y agarres en Merindades

El ALUCHE describe distintos tipos de lucha de agarre, conocidas desde la antigüedad y hasta hace poco latentes en los núcleos rurales de la Cordillera Cantábrica.

También se le llamaba ENGARRE o AGARRE. Iago Rodríguez nos cuenta que “Mi padre habla que de chico se ‘engarraba’ con los amigos en el prau, para ver quien ‘echaba abajo al otro'”. Domitila Gutiérrez nos cuenta que en Valdeporres “se decía aluchar a las peleas de ganado, los chicos se engarraban”.

El deporte o entretenimiento consistía en agarrar al contrario con ambas manos procurando dar con él en el suelo “posando el lomo en la brena”. La reglas solían cambiar de una lugar a otro (variantes), pero el fin último era que la espalda del rival posara en el suelo, con lo que se acababa el aluche.

No están realmente claros los orígenes, siendo muchas las posibilidades de su procedencia prerromana, dada su similitud con numerosas luchas de corte céltico.

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Palabras de Estrabón en el siglo I d. C. dejan entrever una costumbre de los pueblos del norte peninsular de realizar ejercicios de lucha sin armas. La primera mención a luchas sin armas en territorio gaélico data de unos 600 años antes en Irlanda.

Aparece documentada en Cantabria en la Edad Media, a través de escenas grabadas en construcciones románicas. Se pueden observar con total claridad y certeza escenas de luchadores en los relieves de la colegiata de Santa Cruz de Castañeda, en Santa María de Yermo, Santa María de Perrozo o en San Martín de Elines, en Valderredible y a 7 km de Orbaneja del Castillo o Sargentes de la Lora.

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San Martín de Elines, Valderredible. 

 

A pesar del nombre común de aluche la inexistencia de regulación ha hecho que en los diferentes valles de Cantabria, principalmente Liébana, Valles Pasiegos y Campoo se hayan desarrollado reglamentos distintos y diferentes variantes.

Dice García Preciado, en uno de sus artículos en prensa “Entre los PASIEGOS he vivido la lucha como algo de todos los días. Llegué a echar un aluche con un pasiego y me acuerdo como si fuera hoy. Era un pasiego auténtico en la forma de decir -“¡Oye que tal si en este prao así como está de llano echamos un ALUCHE”. Cuando les apetecía echaban un aluche, y yo creí que esto era algo absolutamente pasiego. ¡Pues no!, porque después resulta que he ido recogiendo testimonios en toda Cantabria. He constatado que en la zona de Cabuérniga había una vaquera que tenía como orgullo el que tumbaba a los vaqueros. En la zona de Campoo está absolutamente estructurado, y el Duende de Campoo lo tiene recogido en sus obras. He hablado con casi una docena de luchadores, todavía vivos hoy, que me contaban cómo cuando volvían de la fábrica de la Naval para casa, decían “¡oye, echamos un aluche!”, y echaban allí una vuelta en un prao que estaba llano como algo de todos los días. Cuando llegaba el andruido, los curas llevaban a los niños de esa zona a luchar a Riaño. Los del pueblo de Suano, con los de Izara se encontraban en un punto común y echaban aluches el día de andruido también. ¿Porqué perder eso, no?”

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En el Valle de Iguña a la lucha amistosa se le llamaba ENGARRUCHA. Sin embargo cuando no había normas y valía todo, se llamaban ENGARRES o ENGARRAS.

En VALDEPORRES contamos con un valioso testimonio escrito que habla de que al menos en este ayuntamiento, situado a medio camino entre el ámbito pasiego y el campurriano, existió el aluche hasta principios del siglo XX. Cayetano López López fue una de las grandes figuras de la veterinaria del pasado siglo, siendo común llamarle en su tiempo “el Ramón y Cajal de los veterinarios”. Nació en San Martín de las Ollas (Merindad de Valdeporres) y fue además académico de Medicina, investigador y escritor. En un escrito dado a conocer por el Telecentro Valdeporres expone, referiéndose a su ayuntamiento:

“Varias han sido las consecuencias de la emigración, del éxodo -en muchos casos huida- de los campesinos de numerosas comarcas de la patria; pero hoy al menos, solamente voy a referirme a algunas destacables en una de las más ganaderas de Cantabria, que me es conocida (…). De las costumbres en que el hombre todavía es factor más directo, apenas queda el recuerdo. Así la lucha a brazo partido con o sin zancadilla, el ALUCHE, el pulseo, el tiro de barra, son ahora desconocidos. Hasta ese maravilloso juego de bolos de las Merindades, con sus variantes, cien veces superior a los importados, está en peligro de desaparecer”.

En SOTOSCUEVA se llamaban AGARRES. Hace 60 años, se practicaba en este municipio, según testimonio de Luis Ramón Martínez.

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La posición de agarre que se ve en este aluche de la foto es similar -por no decir que idéntica- al “backhold” escocés y a la “s’istrumpa” sarda. En algunas zonas de Cantabria el agarre era con ambas manos a la petrina o correo del pantalón, versión que imperó en la lucha leonesa, en la que los luchadores se agarran a un cinto de cuero que el contrincante lleva a la cintura.

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El mes de octubre

 

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En octubre continuaba la saca de patatas a toda prisa, que había que echar las derrotas, pero dos semanas no te las quitaba nadie. El que menos sembraba 4 hazas o tierras y algunos sembraban hasta 10, y el domingo a descansar porque era el Rosario, primer domingo de mes. Por la mañana era un domingo cualquiera, pero por la tarde había una procesión (no sé los motivos ni el significado, pero sí las costumbres y obligaciones), se salía de la iglesia con una imagen por la Enraña de la Casona a la portillera de la Llosa y a la iglesia otra vez. Y durante todo el mes de octubre había rosario por las noches en honor a Nuestra Señora la Virgen del Rosario.

Pasado el día del Rosario había que seguir con las patatas y por la noche toca el regidor a Concejo, que había que echar las derrotas y había que ver qué voces antes de ponerse de acuerdo. (…). Pero antes de esto, las parejas de bueyes ya pastaban en un terreno que estaba acotado para ellos, al que decía en nuestro diccionario “el cotu”. El primer día de derrotas era una verdadera romería. Las parejas de bueyes ya tenían puestas las campanillas y a las vacas que bajaban del monte, el mejor campano, las de Aniano no se atrevían a pasar por debajo la torre, estábamos allí todos los chavales para entrar a la escuela y ellas que estaban enseñadas en invierno del Roblucu a La Calzada y en verano en Sellanío… Había costumbre de echar a luchar las vacas y también los bueyes y los chavales, nada más salir de la escuela, a jugar a la rula, bien en la Llosa, en La Llana o en Santibañez y, cuando estaban en la Varguía, en El Asiento.

Por la tarde, cuando se recogían los ganados era gorda. Se juntaban en la plaza cabras, ovejas que, al cambiarlas de ruta, no conocían la casa y lo mismo pasaba con jatas, que era el primer día que salían. Por eso digo que era una auténtica romería: “Tu aqueda en esta calleja y yo en la otra”. Y cuando pasaban a La Varguía otro tanto. Se juntaba allí mucho ganado y se separaban unas de otras y venga a bramar.

Aquellas derrotas no se parecían en nada a las de hoy, año 2000. Sólo quedan dos ganaderos y cada uno las echa cuando quiere, tienen partido el páramo la mitad para cada uno y sin palabras, gracias a Dios, les digo yo.

(…) Y ya ha llegado el día 18, San Lucas, en Soncillo. Acuden los ganaderos a la feria con la cartera llena de dispuestos a comer bien y los no ganaderos, lo mismo. Hace 60 años todo era diferente, la merienda se llevaba por delante.

Ese día iban bastantes parejas de bueyes, que solían vender, y comprar unos novillos. Traían en la cartera sobre 3000 reales al cambio, y al día siguiente les ponían el yugo y al otro un roblizo, y así los iban enseñando.

También hay que decir que el centeno ya lo habían sembrado antes de la feria que, si no, ese año igual no lo sembraban.

Entre trabajos y diversiones llegamos a final de mes, pero la nieve ya había hecho acto de presencia en El Somo de Malverde y ya nos ponían los calcetines de lana y ya se atizaba la candela en serio.

Los refranes decían: “Si nieva en la menguante de octubre, siete menguantes cubre”.

Texto de Elisardo Ruiz (2001): “Ahedo, tú Eres mi Pueblo”.

 

 

El mes de septiembre

En septiembre, empezamos por la fiesta y, antes de la fiesta, empezaban los preparativos. Los mozos traían carros de cabones para alfombrar el sitio donde se hacía el baile y un bocois de agua para regar el suelo, y una cureña cada dos años, y ya llegando a la víspera, se mataba la oveja (gorda, por cierto). No habías terminado de colgar la piel cuando aparecían los pellejeros. Las mujeres hacían el vientre y la casa estaba bien blanqueada de días anteriores.

Por la tarde, a esperar a los músicos en la estación, y en el Alto el Avellano empezaban los primeros cohetes y los perros en dos o tres días no se volvían a ver y los chavales venga a correr a coger las varillas.

La música se subastaba y el que más barato lo hacía, les daba de comer y alojamiento mientras duraba la fiesta. Un año los tuvo Emilio y le empeñaron, tuvo que matar dos ovejas porque comían mucho y eso que uno era ciego.

Al día siguiente, domingo, daba comienzo la fiesta. Lo primero las dianas, pero antes tenías que subir a la cabaña y poner el ganado en orden y como ya sabías la hora de dar comienzo, cuatro cohetes y casa por casa, copas de orujo y un baile donde había muchachas.

Y mientras se hacía la hora de comer, se tomaban unas jarras de vino y se echaban partidas de bolos entrenándose para la tarde, que siempre venían cuadrillas de fuera y casi siempre marcharon como perdedores, ya que esta bolera era más larga que ninguna de la Merindad. El baile en los años 1950-1960 empezaba a las 7 de la tarde y terminaba sobre las 10,30, y la verbena a las 12 hasta las 3 de la mañana.

El segundo día de la fiesta se decía que era el día de los casados y aparte de una misa, que se decía por todos los difuntos de la parroquia, pues era un calco del primero: Bolos y baile por la mañana, tarde y noche, y al día siguiente estabas haciendo hojadas todo triste y, de repente, oías la música que tenías metida en la cabeza de los días pasados.

Al día siguiente todo era diferente. Se habían acabado las vacaciones, los chavales a la escuela, y los carreteros a arrastrar madera y si no, al monte a por leña para el invierno y las amas de casa por esa fecha sembraban los nabos. A últimos de septiembre ya se sacaban patatas a toda prisa y con las primeras aguas del otoño los chavales dejábamos de andar descalzos y así terminamos septiembre y decían: “En septiembre o seca las fuentes o lleva los puentes”.

Texto de Elisardo Ruiz (2001): “Ahedo, tú Eres mi Pueblo”.
Foto del Archivo Fotográfico de Arija.org.

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El mes de agosto

Entramos en agosto y a segar el centeno y algo de trigo. Este mes era malo en la puchera, ya que no quedaban chorizos ni lomo y, por si fuera poco, las vacas por el monte ya no pacían nada. A los bueyes, se les echaba un poco de hierba y un brazado de ramas de las patatas, que ya se sacaban nuevas en la huerta, y lo mismo con las cebollas blancas, que era la salvación.

Lo primero, se machacaba el centeno. Esto se hacía a palos sobre una puerta vieja o algo parecido y algunas veces se les pasaba el trillo para tener algo de paja. Con el centeno las gallinas ponían el portal perdido de garnazas (excrementos), dándose el caso de no tener dónde poner los pies.

Y una vez terminado el centeno, se empezaba con el trigo. Lo poco que se sembraba y lo menos que se cogía, lo mismo el trigo que el centeno era una ruina para trillar. Los bueyes venga dar vueltas con el trillo y alrededor del mismo 3 o 4 personas como nada, y tanto unos como otros estaban muy a disgusto. Los bueyes, que eran tudancos de sangre, a la media vuelta te la hacían, no estaban contentos y eso que tenían retrete mientras duraba la trilla.

A los pequeños nos gustaba montar en el trillo las primeras vueltas, te mandaban pinchar a los bueyes y te tostaba el sol, y ¿qué hacías?, echar tragos de agua y mirar para arriba que se oía el ruido de un avión, y las mozas deseando que terminara todo esto para ir al molinucu, cogían una bata vieja y una jaboneta y debajo de la escumiana, y los chavales al Bao de Abajo, todos usábamos el mismo bañador y, al salir, los ciruelos temblaban.

Y al otro día Nuestra Señora, la de Agosto, y seguido San Roque, y como estaba tan cerca pues íbamos todos, chicos y grandes, se paraba en la estación, se echaba una jarra de vino y a Robredo. Pero esto sería como mucho a las 5 de la tarde, que entonces las romerías se hacían de día, de noche la verbena, pero como muy tarde hasta las 12.

Texto de la obra de Elisardo Ruiz (2001) “Ahedo, Tu Eres mi Pueblo”

Fotos de Nicolás Ordóñez: Trillando en Quintanilla de Pienza, Merindad de Montija.