Los Ruccones y “Ruconia”

Los rucones (también conocidos como runcones, roccones y ruccones) fueron un pueblo mencionado sólo en época visigoda, de origen y ubicación geográfica enigmática. Diferentes autores los han ubicado en sitios tan dispares como Extremadura, León, Orense, Asturias, el valle del Ebro o los Pirineos. Besga Marroquín (1983), tras analizar y descartar todas estas posibles ubicaciones, considera que estamos ante una entidad tribal de los cántabros y ubicados en una zona montañosa periférica entre los cántabros (cismontanos) y los astures. Fernandez de Mata (1997), tras analizar específicamente a este pueblo llega a la misma conclusión.

Los reyes de la época que mantuvieron guerras o escaramuzas contra los rucones fueron al menos dos: Miro, rey suevo (en el 572 dC) y Sisebuto, rey visigodo (hacia el 616 dC), guerra dirigida personalmente por su dux y futuro sucesor como rey Suintila.

Crónica de Juan de Bíclaro: “Año Sexto del Emperador Justino y cuarto del Rey Leovigildo [572]: Miro Suevorum rex bellum contra Runcones movet (Miro, rey de los suevos, mueve guerra a los runcones)”.
Historia Gothorum de S. Isidoro de Sevilla: “Sisebutus rg. an. VIII° […]. Astures et Ruccones in montibus reuellantes humiliabit et suis per omnia benibolus fuit (Sisebuto, año 8 de reinado […]. A los astures y ruccones, rodeados en las montañas escarpadas por todas partes, los sometió)”.

García y Fernández (1999) postulan que la Cantabria prerromana sufrió a la llegada de los romanos un proceso de progresiva diferenciación entre la parte cismontana y la trasmontana, de tal modo que los cronistas suevos y, mucho más aún, los visigodos se toparon con serias dificultades para denotar con términos adecuados y precisos la realidad de un escenario que se había fraccionado en dos segmentos culturalmente diferenciados.

Al más meridional le denominaron Cantabria a secas. Ese fue el segmento que conquistó Leovigildo el año 574: la Cantabria cismontana o Cantabria propiamente dicha. Pero la caracterización cultural y aun la precisa ubicación geográfica del segmento marítimo de Cantabria planteó un grave problema nominal, tanto al ser atacado en el 572 por el monarca suevo —que, dueño de Galicia y Asturias, reclamaba el dominio del litoral cántabro para completar la Gallaecia creada por Diocleciano—, como al ser conquistado por Sisebuto por mar el año 613. Para poder situar el espacio agredido por el rey Miro, el Biclarense tuvo que acuñar una expresión nueva, denotativa, ciertamente, del ambiente arriscado del litoral, pero diferente de Cantabria, voz que acababa de utilizar líneas antes para circunscribir el escenario sometido por Leovigildo tras denotar a los pervasores. Bajo estos y otros matices, adquirió carta de naturaleza histórica el etnónimo ruccones.

De manera muy significativa, el territorio que aquí hemos denominado RUCONIA (y que varios siglos después sería conocido como ASTURIAS DE SANTILLANA), es obviado en la crónica repobladora de Alfonso I que, de las Primorias y Liébana salta a Trasmiera, lo que puede ser un indicio de que toda esta zona no necesitó ser repoblada ni reorganizada poblacionalmente.

La conocida cita dice textualmente: “Cron. Alf. III, Ovetense, p. 36: Eo tempore populantur Primorias, Lebana, Transmera, Supporta, Carranza, Bardulies quae nunc appelatur Castella, et pars maritima Gallaeciae. Alaba nanque Bizcai, Alaone et Urdunia a suis incolis reperiuntur semper esse possessae, sicut Pampilona, Degius est, atque Berroza. (En aquel tiempo fueron pobladas Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulia, que ahora es llamada Castilla y la parte marítima de Galicia. Alava, Vizcaya, Ayala, Orduña, Pamplona, Deio y Berrueza no se repoblaron, siempre fueron poseídas por sus habitantes)”.

De este modo, Ruconia queda configurada como el principal núcleo de resistencia tribal cántabra tras la pérdida de Amaya en el 574. Una resistencia que fue combativa al menos durante 40 años más, ya en plena vigencia del ducado visigodo de Cantabria.

Frente a la amenaza de estos rucones es cuando adquiere verdadero sentido la ubicación y el posicionamiento de la fortaleza visigoda de Tedeja (Trespaderne), claramente orientada hacia el noroeste de las Merindades.

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Bardulia según Enrique Flórez, 1771

España Sagrada, Tomo 26, pág. 41-45.

Sorprende la vigencia que siguen teniendo muchas de las ideas que tenía este gran erudito del siglo XVIII sobre el nombre de Bardulia, plasmadas en un capítulo de uno de los 51 tomos que componen su magna obra España Sagrada y que reproducimos íntegramente a continuación.

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Peña del Mazo, Tobalina

Las evidencias excavadas se corresponden con un centro de culto en el que se aprecian al menos dos fases constructivas y un amplia necrópolis –se han reconocido un total de 103 tumbas–, así como una serie de construcciones semiexcavadas en la roca, que se apoyan en ocasiones sobre postes de madera, pertenecientes a una aldea fundada en época visigoda (siglos V-VI) y que presenta una larga continuidad durante toda la Alta Edad Media hasta su probable abandono hacia el año mil (Aratikos 2007). Constituye la principal necrópolis de época visigoda excavada en Las Merindades.

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Plano de Aratikos Arqueológos.

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Foto de Extramiana.

Panorámica del desfiladero de La Horadada y la fortaleza visigoda de Tedeja (a su derecha) según se ve desde Peña del Mazo.

Se observa claramente como, en tiempos del Ducado Visigodo, Tedeja funcionaba como un mirador de los germanos para vigilar y controlar las Bardulias y, más allá, a los cántabros del Noroeste (¿tal vez los ruccones?), de sus posibles incursiones a las zonas más romanizadas y sujetas al control visigodo: La Bureba y Valdegovía.

El Valle de Tobalina ha sido prácticamente el único municipio de la comarca que ha apostado por conocer y poner en valor su patrimonio arqueológico. Iniciativa digna de elogio, sin duda.

 

 

Cuevas de los Portugueses: Origen del nombre

Las Cuevas de los Portugueses son un conjunto de habitaciones rupestres excavadas en la roca de los cortados que flanquean el arroyo de las Torcas o de Tartalés (Trespaderne) justo antes de su desembocadura en el río Ebro y al lado de la N-629.

Se trata de una aldea rupestre o comunidad eremítica vinculada en origen a la fuerte presencia visigoda que hubo en toda la boca norte del desfiladero de la Horadada como consecuencia del control que necesitó ejercer el reino de Toledo sobre el territorio de las Bardulias (la llanada de Villarcayo-Medina), perteneciente al Ducado de Cantabria.

Hoy vamos a centrarnos en las raíces de este curioso nombre. Resulta común encontrarse con textos que lo vinculan a la reocupación que experimentaron estas grutas por trabajadores portugueses que trabajaron en el canal hidroeléctrico de Trespaderne. ¿Sin embargo, cuánto hay de verdad en esto? La verdad es que nada. Este canal discurre desde la presa de Cereceda en Valdivielso hasta una central eléctrica a la entrada de Trespaderne. Su construcción, al igual que la del embalse, no data de principios del siglo XX como se repite insistentemente sino de 1946 y al parecer, al igual que en el caso del Túnel de La Engaña, también fueron obligados a trabajar en esta obra represaliados franquistas. Pero ni rastro de portugueses.

Conchi Llanos, que nació y vivió junto a estas cuevas, lo explica muy bien: “Estas cuevas, mal llamadas de los Portugueses, verdaderamente deben ser prehistóricas, pero durante el período que duró la construcción hidroeléctrica del canal de Trespaderne no las ocuparon los portugueses, porque yo nací en la Venta de los Jerseys y mi padre tenía una noria con tracción hidráulica en La Torca, junto a dichas cuevas, y pudimos ver que quienes las ocupaban eventualmente eran los gitanos, o los muchos pobres y tullidos que quedaron después de la guerra, pero nunca hubo un asentamiento de Portugueses.”

Una segunda hipótesis, más verosímil, es que el nombre de Cueva de los Portugueses provenga de su reutilización como viviendas a principios del siglo XX por los trabajadores del ferrocarril Santander-Mediterráneo.

Las obras de este ferrocarril comenzaron en 1925 con una celeridad asombrosa. Hasta 5.000 personas trabajaron simultáneamente en los diferentes tramos de la vía. El tramo que nos ocupa, Peñahorada-Trespaderne, se puso en servicio el 5 de noviembre de 1929, tras unos dos años de obras y es de suponer que el tramo de la Horadada no les llevase más de un año. Había obreros de todas las partes de España (especialmente del Sur) y también está constatada la presencia de trabajadores portugueses, como se muestra en esta noticia del ABC del 1 de marzo de 1928: “Cerca de Torrepaja (Zaragoza), en las obras de construcción del ferrocarril Santander-Mediterráneo, un barreno, al estallar, alcanzó al súbdito portugués Modesto de Silva, matándolo.”

En la zona de la Horadada, el principal asentamiento de trabajadores estaba en Oña, donde aún pueden observarse numerosos edificios de aquella época. Además la vía férrea discurre al otro lado del Ebro desde Oña hasta casi la entrada en Trespaderne, por lo que alojarse en estas cuevas para trabajar al otro lado del río no resultaba muy lógico ni factible. Tal vez se alojasen aquí al trabajar en el siguiente tramo Trespaderne-Cidad. Tal vez no se sintieran especialmente cómodos en una tierra extraña y no les quedase más opción que residir en estas cuevas, que distan solo 2,5 km de Trespaderne, mientras duraron las obras… Demasiadas dudas aún.

Pero, sobre todo, queda la duda de qué nombre recibían las cuevas antes de esta breve ocupación temporal por parte de unos obreros portugueses. No hemos encontrado ninguna documentación al respecto. Es improbable que fuese algún santo, puesto que hubiese pervivido su nombre respecto al actual. Posiblemente fuese CUEVAS DE LA TORCA (como apunta Conchi Llanos en su testimonio) o CUEVAS DE ARROYO DE LAS TORCAS como la denominan ya en algunos sitios web. Imposible preguntar a los más mayores ya, por desgracia.

Foto de Iñaki Rojo.

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La fortaleza visigoda de Tedeja

La fortaleza romano-visigoda de Tedeja (Trespaderne) es la más grande y representativa de las que actualmente se pueden observar en todo el Norte correspondientes con este período histórico.

Se estima que su origen fue un punto de control tardorromano de tipo turris fechable inicialmente en los albores del s.IV dC (alrededor del año 300), ampliado poco después con una muralla (Lecanda, 1997) en tiempos del convulso s.V. El emplazamiento muestra una continuidad funcional durante todo el período visigodo, claramente relacionado con hechos históricos bien conocidos como las campañas de Leovigildo (Amaya 574 y Vitoriaco 581) y la colonización del territorio por Recaredo. Mijangos (586-601), Tartalés de Cilla y Cillaperlata constituyeron el epicentro de este núcleo de colonización inicial desde el cual empezó a quedar controlado definitivamente el espacio montaraz conocido como Merindades. (Bohigas, Lecanda y Ruiz, 1998).

La ubicación de Tedeja no es casual. La fortificación está situada al final del desfiladero de La Horadada, con sus más amplias vistas en dirección Noroeste, que es también el único lado en el que existen murallas defensivas. Protegido por esta muralla se controla toda la llanada de Medina, Valdeporres, Sotoscueva, Sierra del Escudo, etc. es decir, VIGILA Y SE PROTEGE DE LOS CÁNTABROS. Pero 500 años después de las guerras contra Roma, el pueblo cántabro vive ya sus últimos rescoldos de oposición al poder foráneo y la necesidad visigoda no es tanto la de separar y aislar dos espacios, dos sociedades enemigas y antagónicas, sino garantizar cierta seguridad para las zonas más integradas en los esquemas y estructuras hispanorromanas situadas al sur y este de Merindades, en La Bureba y Valdegovía, además de controlar militarmente vías de comunicación estratégicas como la A-34, Ab Asturica Burdigalam.

Foto de CastillosDelOlvido.com

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El cristianismo en Merindades

La difusión y consolidación de la religión cristiana en la Hispania romana fue muy desigual. Hubo zonas donde está confirmada la existencia de importantes comunidades cristianas antes de su reconocimiento oficial por el Estado romano. Por contra, algunas regiones del norte peninsular, como es el caso de la Cantabria romana, quedaron al parecer, fuera de su alcance.

La organización del territorio y el volumen e importancia de las ciudades asentadas en éste fue determinante. Las urbes fueron los lugares donde, en general, se definieron y desarrollaron las grandes líneas institucionales del Imperio. En aquellas zonas donde los asentamientos urbanos estaban más desarrollados, la religión cristiana experimentó un crecimiento más temprano y más intenso. Así, las comunidades cristianas peninsulares más antiguas se localizaron en la Bética, en la costa mediterránea y en los centros urbanos situados en las grandes vías de comunicación. Por el contrario, en aquellas zonas donde el elemento urbano no tuvo un desarrollo importante, las “novedades” no llegaron o lo hicieron con baja intensidad en la mayor parte de estos territorios. La escasez de organización y de medios para conseguir imponer los nuevos usos en un territorio con pequeñas poblaciones muy dispersas, propiciaría que éstos se introdujeran de manera más lenta. Hubo que esperar a la decadencia de la vida urbana para que la iglesia se adaptara a las nuevas realidades. Así, junto a las iglesias episcopales aparecen las iglesias rurales asociadas a los grandes dominios territoriales que en Hispania tuvieron su máximo apogeo durante el siglo IV, época en la que se extendieron a todo el territorio peninsular.

A falta de más datos y en el estado actual de las investigaciones, la mayoría de los estudiosos del tema se ponen de acuerdo en que los comienzos de la evangelización en esta zona norte no se remontaría más allá de los siglos VI y VII, coincidiendo con el auge del poder político visigodo en la Península.

El eremitorio de TARTALÉS DE CILLA es un conjunto de cuevas artificiales excavadas en roca arenisca, alineadas a ambos lados del arroyo de las Torcas en su confluencia con el Ebro. El origen se supone en época visigoda y altomedieval (s. VII-X). La funcionalidad de estos covachos parece que fue la de una “laura” cenobítica, incipiente agrupación de monjes eremíticos en relación con la iglesia rupestre de San Pedro o con la desaparecida ermita visigoda de San Fermín, en el mismo pueblo. Además de servir de oratorio a los eremitas que habitaban los covachos. es probable que todo este conjunto rupestre dependiera de Santa María de Mijangos (consagrada en el 601) o de Santa María de los Reyes Godos, a escasos metros de Las Cuevas de los Portugueses, ya que las celdas pétreas peninsulares suelen estar asociadas a alguna iglesia cercana. Muy cerca de este conjunto, las dos cavidades de Cillaperlata al lado del Ebro, una probablemente para uso religioso, están próximas también al temprano monasterio visigodo de San Juan de la Hoz, antecesor del de Oña.

Los ermitorios rupestres de nuestra zona muestran una clara relación con el río Ebro, que debió actuar como principal vehículo de propagación del cristianismo en el área. Desde zonas ya totalmente cristianizadas como Caesar Augusta (Zaragoza) y La Rioja actual, el cristianismo avanzó lenta pero inexorablemente hacia los últimos reductos de paganismo que le quedaban próximos. Esta debió ser, posiblemente, la ruta que siguió San Millán para cristianizar a los cántabros, como se recoge en el célebre pasaje de la Vita Sancti Emiliani. Como se ve en el mapa adjunto, los eremitorios rupestres de las Merindades muestran una clara continuidad con los existentes en el sur de la actual Comunidad Autónoma de Cantabria (Valderredible) y la antigua Merindad de Campoo.

El análisis de la documentación de lugares eremíticos de la zona aguas abajo de La Rioja permite comprobar como fue el proceso de evangelización-poblamiento de la zona, partiendo de estos núcleos de “expedicionarios” eremitas-evangelizadores para ir progresivamente asentándose el proceso de colonización agraria de la zona, a la vez que el proceso de constitución de los grandes monasterios medievales que conocemos ya en plena Edad Media (a partir del año 1000).

 

Foto de El Correo de Las Matas

Foto de El Correo de Las Matas

Iglesias y eremitorios rupestres en el entorno de Las Merindades:

Iglesias y eremitorios rupestres en el entorno de Las Merindades: