El mes de julio

El mes de julio las diversiones y los trabajos se relacionaban con la hierba. Los segadores se levantaban al amanecer y al prado con los dalles bien afilados del día anterior y otros amanecían en el prado. Y la jefa a poner el almuerzo, una buena puchera de patatas con chorizo, que ese mes se almorzaba bien y se comía mejor.

La bota de vino la llevaban los segadores y el muchacho, que tendría 6 o 7 años, bastante tenía con llevar la puchera. Entonces había trabajo para todos. El que había subido a la cabaña a las vacas, cuando bajaba, a tender la hierba y otro, a por los bueyes, y la jefa a soltar las ovejas, las gallinas, el chon, poner la comida, traer agua fresca que ya vienen los segadores y después de comer, se descansaba un rato tipo siesta y seguido al prado, pero todos, muchas veces se veían 6 u 8, el más pequeño delante los bueyes con una hojada espantando las moscas; otro pisando el carro; otro cargando y los demás, rastrillando sin parar y así íbamos pasando los días, y sobre el 10 o 12 ya estábamos en la cabaña. (…)

Pero antes ya había pasado un chaval con las cabras bien a la Canal de la Cruz o a la Garmía, y, si los de casa estaban a la hierba en monte, pues a ayudar hasta las 6 de la tarde y si no tenía a nadie, pues allá pasaba el día por las Peñas Gordas y Brezos Negros, por el mismo sendero que el lobo y los dos con el mismo calzado y, antes de que se pusiera el sol, al pueblo con ellas y a ordeñarlas, que bajaban buenas ubres. Se cogía la pata, la metías entre las piernas y le dabas un tortazo a mano abierta, se ponía a rumiar, ordeñabas ésta y después otra y lo mismo se hacía con las ovejas, y con la leche se hacían buenos quesos, y por la noche venga quitar chibarras. Entonces nadie iba al Ambulatorio a que le quitaran una garrapata. (…)

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Foto de Conchi Gutiérrez.

 

Pero al otro día y al otro también, más hierba y para el día de Santiago en monte, ya no había hierba ese día. Después de lavarse un poco las piernas a misa y, después lo mismo, a jugar a los bolos. Ese día había de costumbre ir a ráspanos al monte los más jóvenes, los otros ya iban a Riaño o a San Martín de las Ollas a la romería y por si lo lee algún jóven, iban y venían andando y al amanecer a segar, que todavía quedaban henazas y rozo por segar.

Texto de Elisardo Ruiz (2001): “Ahedo, tú Eres mi Pueblo”.

 

 

Gaseosas de Las Merindades

Durante todo el siglo XX florecieron más de 5000 marcas de gaseosas y sifones por toda España. Normalmente de ámbito local o comarcal, son recordadas por muchos con especial cariño.

La información que existe sobre las diferentes marcas que se consumían en cada lugar de Merindades es muy escasa. Creemos que hubo al menos dos productores en Villarcayo (José Andino y Andrés López) y uno en Espinosa (Aurelio González).

El que mayor relevancia tuvo de toda la comarca fue José ANDINO, cuya maquinaria aún se conserva en Villarcayo, en forma de un interesante museo:

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Foto de Félix Andino.

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Foto de Rodrigo Marcos.

 

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Foto de Rodrigo Marcos.

 

Las gaseosas de Espumosos CAPILLAS, que se repartían por la zona, se fabricaban en Villalaín. En Busto de Bureba había otra fábrica de gaseosas de un hermano de Gumersindo, pero esas se vendían por toda la Bureba. Además de gaseosas hacían refrescos de naranja y sifones.

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Foto de Mónica Bustamante.

 

GREGORIO ANDINO era de Villarcayo (hermano de José Andino) pero fabricaba gaseosas en Soncillo surtiendo a toda las Merindades Campurrianas. Aquí tenemos un sifón de su empresa:

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Foto de Esther del Hoyo Andino.

 

 

 

Una bolera de oro en la canal del Dulla

Cerca del pueblo de Quintanilla Valdebodres, Merindad de Sotoscueva, se encuentran Las Canales del Dulla, un extenso conjunto de cañones y barrancos originados por la erosión kárstica. De todos estos cañones, el de Dulla es el mayor de todos y da nombre a todo el conjunto.

A los pies del escarpe calizo de su ladera norte se localiza una pequeña cavidad, llamada CUEVA DEL ORO O DEL MORO que atesora una curiosa leyenda. Dice lo siguiente: “En la Cueva del Moro, término de Dulla, existe una bolera de oro. Algunos han entrado por ver de encontrarla. Salvada la cima de acceso toparon con profundo lago, defendido por una balaustrada y en la balaustrada se leía un letrero: ALEGRE ENTRADA, TRISTE SALIDA. En efecto, grandes dificultades que hubieron de salvar para salir de la caverna, y aún se cuenta que alguno de los que en diversas ocasiones se internaron en la cueva en busca del codiciado tesoro, no logró ver más la luz” (Bocanegra, 1958).

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Fotos de Roberto F. García / http://www.espeleofoto.com

Desgraciadamente esta leyenda ha provocado el deterioro del importante yacimiento arqueológico de esta cavidad, por ser objeto de numerosas visitas de buscadores del tesoro (Ortega, 1988). En 1967 se publicó el hallazgo por un particular, en superficie y a unos 200 metros de la entrada, de numerosos fragmentos de cerámica lisa y base plana y diversos huesos humanos (Nolte, 1971). Se desconoce el paradero actual de estos hallazgos fechables, como los de muchas otras cuevas de esta zona, en la Edad del Bronce. En los enormes fondos del Museo de Burgos se localizó hace años una calota craneana de tipo neandertaloide, que en la época de Bohigas, Campillo y Churruca (1984) estaba en estudio pero cuyas conclusiones desconocemos a día de hoy.

El folclore cántabro es rico en menciones a bolos y boleras de oro. Así por ejemplo, la Cueva d’Ungayu (Suances) cuenta con una bolera de oro enterrada, alrededor de la cual se reunían las famosas brujas que partían luego hacia la laguna de Cernégula. En Corona (Valdeón) hay una cueva en la que se guarda una bolera de oro, “de cuando los moros”. En Asturias “existen” también varias boleras de oro, especialmente por la zona de Cangas de Narcea y Tinéu (Suárez, 2001).

En Merindades, como en todo el Noroeste Cantábrico, resulta muy habitual escuchar que algo antiguo o misterioso es “de cuando los moros”. Algunos explican esta tradición diciendo que los musulmanes, en su rápida huida de la zona, dejaron tesoros escondidos en la tierra. Suele atribuirse a los moros la construcción o pertenencia de tumbas, cuevas y fuentes. En realidad, esta tradición oral guardada en la memoria colectiva de las gentes del Norte, no alude a los musulmanes sino a una raza primigenia de seres mágicos y mitológicos que construyeron dólmenes y fueron expulsados por los hombres al inframundo de las cuevas, donde guardaban fabulosos tesoros, como las citadas boleras de oro (Quintía, 2015).

 

 

 

Hornos comunales u horneras de Merindades

CÓMO SE HACÍA PAN ANTIGUAMENTE

La hornera es una pequeña construcción de piedra, común en muchos pueblos, donde estaba el horno para cocer el pan. Horneras hubo en muchos pueblos, los más acomodados tenían hornos particulares pero también había pueblos en los que ni siquiera había horno comunal y los vecinos tenían que desplazarse a pueblos vecinos a cocer su pan. La edificación no poseía más que una puerta de entrada y una abertura en la techumbre. En el interior se encontraba el horno propiamente dicho, la masera y unas tablas a modo de estantería. Lo había construido el pueblo y lo utilizaban los vecinos. En algunos sitios existía un alcalde de horno que se encargaba de su cuidado y organización. Si el horno sufría algún desperfecto, el concejo se responsabilizaba de arreglarlo. Todo el año hacían uso de él para cocer el alimento básico de antiguamente, el pan.

Cada vecino llevaba todo lo necesario, incluida la pala. La organización del uso de los hornos comunales se reducía al acuerdo entre los vecinos para empezar a cocer. El primero que calentaba el horno necesitaba más leña que los que vinieran después a cocer. Cuando estaba muy frío el horno, entre todos llevaban leña para calentarlo la primera vez, porque el primero que cocía gastaba mucha leña. El modo de pedir la vez para cocer en el horno comunal era preguntar: ¿Quién tiene el fermento? El fermento era la pella de masa de harina fermentada, de unas dos libras de peso (un kilo, aproximadamente), que circulaba de vecino en vecino cuando se disponían a cocer en el horno. Se utilizaba para fermentar la harina amasada del que pretendía cocer. El fermento era el signo que pasaba de mano en mano para coger el turno de utilización del horno. Tomaban el fermento, lo pesaban con la romana y después lo envolvían con la masa que preparaban para cocer. Luego, una vez fermentada la masa, separaban una pella del mismo peso que la que le habían dado, la guardaban en un trapo o en un recipiente apropiado y quedaba lista para el siguiente que había pedido la vez en el horno. Era una costumbre que reafirmaba la estrecha relación vecinal de estos pueblos, la constante interdependencia social en la que vivían. El pan que cada uno comía, el alimento básico, tenía un poco del pan de todos los vecinos.

En algunas familias había un consenso interno, de modo que el hombre preparaba el horno y la mujer hacía el pan. Llenaban el horno de leña, matorrales como la escoba o la genista y porros de roble. Luego prendían fuego hasta que adquiría la temperatura precisa para cocer pan. Para cocer el pan

había que rojar el horno. Cuando quedaba blanco el cielo del horno y salía la blancura a la boca del horno. Se movía la brasa con un palo largo y se hacía luego un barrido del piso del horno con unas escobas atadas a la punta con unos belortos de paja. Y si veías que todavía tenía mucha temperatura, se dejaba decaer un poco. El horno estaba listo cuando su interior tomaba un color blanquecino. Era el momento idóneo para meter las hogazas de masa que anteriormente habían preparado las mujeres de cada casa.

Mientras el hombre de la casa preparaba el horno, la mujer amasaba la harina y hacía las hogazas que iba a cocer. También la mujer solía realizar simultáneamente ambas operaciones cuando no tenía ayuda. La masa se preparaba la noche anterior con harina, agua caliente y sal gorda. Previamente se disolvía la pella de fermento y la sal en agua caliente, y luego, poco a poco, se mezclaba todo con la harina en la masera. Si el pan lo hacías con agua templada, el pan te quedaba más blanquito que si lo hacías con agua más caliente. Se calculaba, de cada hemina de pan salían tres panes. Luego, a cada hemina de pan se le echaba tres puñados de sal, uno por cada hogaza. Se amasaba bien, se dejaba reposar la masa, y después crecía y se ponía a dormir. Se le hacían rollos y se tapaba con una sábana y con una manta, y a dormir. Sobre la masa, antes de taparla con una sábana y una manta, se realizaba una cruz. Para unos era un signo religioso y para otros era una señal que delataba cuando estaba venida la masa, porque se deshacía la cruz. Después de que la masa estaba venida extendías la manta y la sábana sobre la mesa. Allí permanecían hasta que tuvieran la segunda venidura. Se sabía que las hogazas estaban preparadas porque al clavarlas una paja o un palito, si la masa salía pegada al palo, pues aún no estaba. Si lo metías y salía limpio, ya estaba.

La hogaza era redonda, con un peso aproximado de tres kilos. También hacían piezas más pequeñas como las bollas, las tortas, hornazos, empanadas… Se hacían 24 o 25 hogazas, más las bollas y los hinchones. Si cocían dos vecinos a la vez clavaban unos palitos o unas pajas sobre las hogazas de uno de ellos para diferenciarlas.

Las hogazas se metían en el horno cuando éste había llegado a su punto preciso de calor, “cuando la blancura le había llegado a la boca…” Utilizaban para ello una pala de madera espolvoreada con harina. Luego esperaban que cociera el pan. Cada uno tenía su propia experiencia para saber si el pan había cocido lo suficiente. “Se sabía que estaba cocido porque cuando lo tocabas al sacarlas del horno sonaban como la pandereta. Ibas moviendo todas las hogazas con un palo para que no se pegaran en el interior del horno, y cuando empezaban a sonar como a hueco las sacabas con la pala de madera otra vez. Cuando se cogían, según el peso, se le daba con la mano y si sonaba a pan, ya estaban.” El pan luego se sacaba para que se enfriara y luego en unos cestos se llevaba a casa. En casa se metían en un arca.

El número de hogazas que se cocían variaba según la época del año y la capacidad del horno. En invierno cocían más hogazas que en verano. El pan se estropeaba con más facilidad en los meses de calor. En verano los vecinos se intercambiaban alternativamente las hogazas de pan para no tener que estar cociendo frecuentemente en el horno. “En verano se gastaba más pan por el trabajo, por eso procurábamos las vecinas gastar el pan unas de otras. Cogía cinco o seis a una vecina y luego en mi hornada ya tenía cinco o seis gastadas, así también el pan no se estropeaba, porque aunque cocías lo mismo, gastabas menos de los tuyos y lo que faltaba se lo pedías a otra.” Cocían una o dos veces al mes según la época del año, cada quince o veinte días. Esto dependía de varias circunstancias: del número de miembros de la familia, del gasto diario de pan, de las comidas extraordinarias que tenían si contrataban jornaleros…

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Artesa llamada diesga o desga por Mena y Trasmiera. Foto de Olaia Berganza.

El pan se conservaba en arcas, aunque también esto dependía de épocas. Si se tenía bodega, se colocaba en una tabla colgada para que el ratón no anduviera, la tabla se colgaba de unos alambres del techo. En invierno se conservaba en la bodega, sobre la tabla, al aire, o sobre un arca, pero siempre fuera. En verano dentro de un arca, porque el verano es seco. Con el pan cocido en casa se aseguraba el alimento de los días que duraba. El pan no sólo acompañaba todas las comidas, sino que era la base de la alimentación. “Se gastaba mucho pan. Aquí iba uno con las vacas para el monte, otro con las cabras y las ovejas, y cada uno se llevaba un trozo de pan, y luego muchas sopas de pan en casa, entonces todo era a base de pan. Se gastaba a lo mejor una hogaza diaria, eso era según las familias.” El pan estaba en todas las sopas; el pan acompañaba todos los guisos y todos los alimentos, con el tocino, con el chorizo… No tenía sentido comer sin pan; y era muy habitual comer pan solo, pan moreno, a veces duro… Y cuando el pan estaba duro, mejor, ¡estaba riquísimo!.

Texto de Juan Manuel Rodríguez.

 

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Transportando el pan desde el horno a casa en lo que por Mijangos llaman berganazo.

 

ESTADO ACTUAL DE LOS HORNOS DE MERINDADES

Podemos distinguir cuatro tipologías de hornos en la comarca, según su nivel de conservación:

  1. Hornos bien rehabilitados y en uso.
  2. Hornos bien rehabilitados sin uso.
  3. Hornos mal rehabilitados utilizados para otros usos.
  4. Hornos en ruinas.

 

1. En unas pocos casos conocidos, hay hornos que han sido rehabilitados y recuperados para eventos relacionados con las festividades locales. Por ejemplo, a la Romería de San Lorenzo que se celebra en el cercano Valle de Valderejo cada 10 de agosto acude gente de Valdegovía, del Valle de Losa y de otros municipios vecinos de Merindades y de Álava. La fiesta comienza a la mañana en Lalastra donde se comienza a fabricar pan artesano utilizando para el ello el viejo horno de pan. Luego se parte hacia la ermita donde se celebra misa, se comen choripanes (bollos rellenos de chorizo) y se rifan los panes artesanos hechos a la mañana. Luego se regresa a Lalastra donde se almuerza y se continúa la fiesta con campeonatos de bolos, juegos infantiles, etc.

 

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Horno en uso para fiestas y eventos del pueblo en Lalastra, Valderejo. Foto de Lanchero.

 

2. Hay hornos y horneras que han sido rehabilitados de forma correcta y respetuosa por parte de diferentes organismos y entidades, pero que hoy en día se mantienen sin ningún uso conocido. Es decir, estamos ante rehabilitaciones muy buenas que no se utilizan para nada, ni siquiera para el turismo. Y cualquier edificio debe tener una función para seguir existiendo, aunque sea diferente a la original. En caso contrario terminan desapareciendo.

 

Hornera de Población de Arreba, Valle de Manzanedo.

 

3. Puede pensarse entonces que lo mejor que los hornos se usen para algo, aunque no sea para hacer pan. Y efectivamente, eso es lo que ocurre en la mayoría de los pueblos en los que han sobrevivido, convertidos en bares, cantinas, locales asociativos, etc. En esta tercera tipología incluimos a los hornos rehabilitados de forma poco respetuosa con la estética tradicional del edificio y/o del lugar. Los hay por toda la comarca aunque tienden a concentrarse en su mitad oriental.

 

Hornos de Quintanilla Montecabezas (Merindad de Cuesta Urria) y  Promediano  (Valle de Tobalina), actual cantina del pueblo. Fotos de Bixente y Fernando P.I.

 

Horno-cantina de Cillaperlata y horno-merendero de Torme. Fotos de Antonio García y de Asier Kalaza.

 

 

Zátaras

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Significado: Botas de agua, katiuskas.

Ámbito de uso: Localismo de Bezana, probablemente derivado del pasiego chátaras, o calzado de piel sin curtir que se usaba antes.

Un idioma está vivo cuando emplea una única palabra propia para designar un concepto nuevo: Mejor patata que “pomme de terre”, mejor chapapote que “manchas de plastilina petrolífera en el mar”… entonces: ¿Qué mejor que nuestra genuina ZÁTARAS para llamar a las botas de agua? 🙂 (katiuskas suena muy ruso…). Anímate a incorporarla a tu vocabulario.

Fuentes: http://www.geocities.ws/localismos_valledevaldebezana/utensilios3.html

 

Pastores y cachurras

Emilio Brizuela Huidobro, “Milín” (que, como Toñín o Gelín, es un diminutivo típico de todo el ámbito cántabro), fue pastor en Gredilla de Sedano.

Aquí aparece en una imagen de año indeterminado, con zamarra negra de piel y zurrón claro del mismo material, probablemente confeccionados en casa. Otro detalle: Usa polainas del tipo a las que usan los zamarracos de La Vijanera.

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Foto de Carmelo Serna.

 

¿CACHURRA EN VALDIVIELSO?

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Una fotografía extraída de una magnífica muestra de etnografía, obra de Antonio Zavala: “El Pastor del Páramo”, que relata la vida de Justo Peña Fernández, un pastor que pasó su vida por el entorno de la Merindad de Valdivielso.

En esta obra se ponen de manifiesto, con la autenticidad de un relato de primera mano magníficamente trascrito, los variados usos que una herramienta tan primaria como un cachavo ligeramente curvo y abultado en uno de sus extremos puede tener en un oficio aparentemente de escaso desarrollo tecnológico.

Entre otros, ¿Para jugar a la BRILLA o CACHURRA de la que hablaba Pereda en “El Sabor de la Tierruca”, un juego parecido al hockey o el hurling irlandés?

 

 

El potro de herrar

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Partes de un potro. Imagen del Ayuntamiento del Valle de Mena.

 

Mi padre describe así el potro: “se ponían cuatro palos de roble con una especie de yugo y se metían los bueyes y las vacas. Se amarraban al yugo que tenía, se le ponían unos correones de material y un palo largo redondo con los espetones subían al animal y quedaba el buey en el aire”.

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Yugo del potro de Cueva, Sotoscueva.

Se les sacaba las patas para atrás y se les serraba el casco si tenían los cascos largos, descascar se decía, y se herraban, se ponía una chapa con clavos, el callo que le llamaban. A veces los animales tenían heridas, el gripe, que era que tenían como escocido entre las uñas, del abono. Se le echaba piedra lipe, sulfato de cobre, que era como verde, se le echaba mezclado con manteca de cerdo. Se solía herrar a las vacas para cuando se acarreaba, porque estaba muy seco el camino y se le estropeaban los cascos”.

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Vaca tudanca en el Museo Etnográfico de Basconcillo del Tozo, Las Loras.

“A las caballerías se las herraba en el mismo sitio, pero solo se las ataba, se les levantaba la pata y ya está, no había que sujetarlas más”.

Texto de Avantales Ayoó de Vidriales.

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Poniendo los callos a una vaca. Foto de Villegas.

 

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Potro de Oseja de Sajambre, Riaño.

 

 

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Potro con tejado nuevo en Hoz de Valdivielso.