Paganismo y cristianismo en Merindades

La difusión y consolidación de la religión cristiana en la Hispania romana fue muy desigual. Hubo zonas donde está confirmada la existencia de importantes comunidades cristianas antes de su reconocimiento oficial por el Estado romano. Por contra, algunas regiones del norte peninsular, como es el caso de la Cantabria romana, quedaron al parecer, fuera de su alcance.

La organización del territorio y el volumen e importancia de las ciudades asentadas en éste fue determinante. Las urbes fueron los lugares donde, en general, se definieron y desarrollaron las grandes líneas institucionales del Imperio. En aquellas zonas donde los asentamientos urbanos estaban más desarrollados, la religión cristiana experimentó un crecimiento más temprano y más intenso. Así, las comunidades cristianas peninsulares más antiguas se localizaron en la Bética, en la costa mediterránea y en los centros urbanos situados en las grandes vías de comunicación. Por el contrario, en aquellas zonas donde el elemento urbano no tuvo un desarrollo importante, las “novedades” no llegaron o lo hicieron con baja intensidad en la mayor parte de estos territorios. La escasez de organización y de medios para conseguir imponer los nuevos usos en un territorio con pequeñas poblaciones muy dispersas, propiciaría que éstos se introdujeran de manera más lenta. Hubo que esperar a la decadencia de la vida urbana para que la iglesia se adaptara a las nuevas realidades. Así, junto a las iglesias episcopales aparecen las iglesias rurales asociadas a los grandes dominios territoriales que en Hispania tuvieron su máximo apogeo durante el siglo IV, época en la que se extendieron a todo el territorio peninsular.

A falta de más datos y en el estado actual de las investigaciones, la mayoría de los estudiosos del tema se ponen de acuerdo en que los comienzos de la evangelización en esta zona norte no se remontaría más allá de los siglos VI y VII, coincidiendo con el auge del poder político visigodo en la Península.

 

PERVIVENCIA DE RITOS PAGANOS ANTIGUOS

En la Cantabria Burgalesa perviven al menos dos cultos o ritos a elementos de la naturaleza que nos ofrecen indicios acerca de cómo fue el paganismo anterior a la llegada del cristianismo: el culto a las cuevas y el culto a los árboles.

Uno de los primeros lugares de culto cuando en el ser humano se despertó un sentido transcedental de la vida fueron las cuevas. En prácticamente los cinco continentes se han encontrado cuevas con testimonios, fueran pinturas, grabados, ofrendas, o restos humanos que nos indican que aquellos lugares eran considerados sagrados, y que en ellos existía una fuerza telúrica, posiblemente relacionada con la Madre Naturaleza, que los convertía en lugar idóneo para ponerse en contacto con las divinidades, los antepasados, o enterrar a sus difuntos para que de esta manera volvieran más rápido al lecho primigenio del que provenían.

La cueva es ese gran orificio oscuro que guarda en su interior los secretos de la vida y la muerte, es el lugar que simboliza el útero, por dónde vienen al mundo los seres humanos, pero también divinos. Este culto por la cueva hizo que en muchas religiones, situados ya en épocas históricas, se creyera que, sus fundadores habían visto la primera luz en uno de estos lugares. Siendo un símbolo de fecundidad, un gran útero, no es extraño que se escogiera como lugar donde la Gran Madre por antonomasia para los cristianos, la Virgen María, diera a luz al Dios hecho Hombre.

De esta manera, diversas cuevas que sirvieron de lugares de culto en tiempos paganos fueron adaptados como enclaves religiosos y sagrados por la nueva religión, adoptándose como lugares de culto y peregrinación cristiana y también como espacios dónde poder alcanzar estados de gracia que los acercasen a Dios como hizo el eremitismo en los primeros siglos de nuestra era.

La relación cueva = útero materno = Gran Diosa Madre = Virgen María, así como la continuidad religiosa de la cueva como lugar sagrado aparece de manera clara en el complejo de cuevas de Ojo Guareña, Merindad de Sotoscueva. En la ermita barroca de San Tirso y San Bernabé se conserva una interesante representación del sol (Dios) en el techo, motivo que se repite en otros templos de la comarca y en otros contextos.

 

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Representación del sol (la luz, Dios) en la parte central del techo, en el cielo de la ermita rupestre de San Tirso y San Bernabé. Foto de Rubén Pérez.

 

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Representación de Dios en el vientre de la Virgen María según diversos beatos románicos.

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San Miguel de Cornezuelo, Valle de Manzanedo. Foto de Paula GM.

 

También los árboles sagrados constituyeron ejes del mundo pagano anterior a la llegada del cristianismo. La Encina de Quecedo de Valdivielso o las hoy desaparecidas Encina de Sotoscueva o la Morera de Miñón, entre otros sitios, tuvieron sin duda una fuerte carga simbólica para los habitantes de Merindades. Todas reúnen una condición digna de ser tenida en cuenta. Eran ÁRBOLES JURADEROS O DE CONCEJO. Allí se tomaban las decisiones fundamentales que atañían a los vecinos, en asamblea abierta y participativa, al estilo del antiguo Senado Cántabro refugiado en el cercano Monte Hijedo al que aún en el 575 d.C. fue San Millán a predicar el Evangelio. Desde entonces, la tradición de los árboles juraderos ha seguido viva, ya fuera para la organización de pueblos, concejos o parroquias, como para jurisdicciones más amplias, como la Morera de Miñón que funcionó como asiento primigenio de las siete merindades de Castilla.

Durante muchos siglos estos árboles sagrados fueron testigos de los acuerdos tomados por los vecinos más notables para el mejor gobierno de los valles. Todo lo acordado bajo estos gran árboles era respetado escrupulosamente, fieles todos a las costumbres ancestrales de origen pagano. Sólo a partir de 1616 fue creado el archivo de la Merindad de Sotoscueva, donde se empezó a levantar acta de todas aquellas reuniones y a registrarse los diferentes acuerdos, ya que hasta entonces nada quedaba escrito, al tenerse como suficiente testigo al gran árbol.

Son, eran, árboles que se hallan en el centro geográfico de la Merindad, funcionando como punto umbilical o “axis”, eje si no del mundo al menos sí ciertamente de la región. Es el símbolo del sostén del mundo, situado en medio del universo y que, además, a veces en los mitos relativos al árbol de la vida alcanza categoría de conjunción de las tres zonas cósmicas: infierno – entrañas de la tierra, tierra y cielo, tal vez porque el árbol hunde sus raíces en la tierra, descansa sobre la superficie terrestre y eleva majestuoso su copa hacia el cielo.

En los años 70 Pedro Macho, que durante bastante tiempo fué el guia y encargado de las cuevas de Ojo Guareña decidió individualizar una de las encinas del monte de más porte rodeándola con 16 pequeños monolitos rectangulares a modo de asientos. Así, pues este árbol singular en el que muchos se fijan es a su vez una creación singular de una persona. El ejemplar tiene un perímero de 1,20 metros y apenas unos 60 años. Pero con un simbolismo ancestral.

 

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EL SENADO DE LOS CÁNTABROS Y EL MONTE HIJEDO HACIA EL 570 dC

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La Selva de Hijedo en otoño. Foto de Félix Andino.

 

“El mismo año, en los días de Cuaresma, le fue revelada también (a San Millán, que vivió entre el 473-574 dC) la destrucción de Cantabria; por lo cual, enviando un mensajero, manda que el Senado se reúna para el día de Pascua. Reúnense todos en el día marcado; cuenta él lo que había visto, y les reprende sus crímenes, homicidios, hurtos, incestos, violencias y demás vicios, y predícales que hagan penitencia. Todos le escuchan respetuosamente, pues todos le veneraban como a discípulo de nuestro Señor Jesucristo; pero uno, llamado Abundancio, dijo que el Santo chocheaba por su ancianidad: mas él le avisó que por sí mismo experimentaría la verdad de su anuncio, y el suceso lo confirmó después, porque murió al filo de la vengadora espada de Leovigildo. El cual, entrando allí por dolo y perjurio, se cebó también en la sangre de los demás, por no haberse arrepentido de sus perversas obras; pues sobre todos pendía igualmente la ira de Dios.” (Vita Sancti Aemiliani, XXVI. San Braulio, 640). “Cantabria sita est in mons Iggeto iuxta fons Iberi” (Glosa sobre un códice emilianense del siglo X).

Estos dos textos ofrecen información muy valiosa sobre la vida social de parte de las Merindades en aquella época. Las conclusiones que pueden extraerse son las siguientes:

1. Más de 500 años después de las Guerras Cántabras seguían existiendo en la zona cántabros organizados políticamente como tales.

2. El órgano máximo de decisión política era aún por aquel entonces un “senado”, posiblemente equiparable a una reunión de los principales líderes o personas notables de cada tribu. Es decir, sin un jefe máximo tipo rey o duque.

3. En el 570 aún existían bolsas de paganismo en la zona, manteniendo algunos de sus habitantes su religión ancestral y ritos paganos.

4. La enorme mancha forestal del Monte Hijedo (Alfoz de Santa Gadea y Valderredible) fue posiblemente el último refugio de los cántabros como entidad política antigua.

 

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EL FENÓMENO DEL EREMITISMO. S. VIII-IX

Los ermitorios rupestres de nuestra zona muestran una clara relación con el río Ebro, que debió actuar como principal vehículo de propagación del cristianismo en el área. Desde zonas ya totalmente cristianizadas como Caesar Augusta (Zaragoza) y Calagurris (Calahorra), el cristianismo avanzó lenta pero inexorablemente hacia los últimos reductos de paganismo que le quedaban próximos. Esta debió ser, posiblemente, la ruta que siguió San Millán para cristianizar a los cántabros, como se recoge en el célebre pasaje de la Vita Sancti Emiliani.

Como se ve en el mapa adjunto, los eremitorios rupestres de las Merindades muestran una clara continuidad con los existentes en el sur de la actual Comunidad Autónoma de Cantabria (Valderredible) y la antigua Merindad de Campoo.

 

Iglesias y eremitorios rupestres en el entorno de Las Merindades:

Eremitorios rupestres al oeste de Las Merindades. Se observa una correspondencia con el limes visigodo que delimitaba el Ducado de Cantabria.

 

El análisis de la documentación de lugares eremíticos de la zona aguas abajo de La Rioja permite comprobar como fue el proceso de evangelización-poblamiento de la zona, partiendo de estos núcleos de “expedicionarios” eremitas-evangelizadores para ir progresivamente asentándose el proceso de colonización agraria de la zona, a la vez que el proceso de constitución de los grandes monasterios medievales que conocemos ya en plena Edad Media (a partir del año 1000).

El eremitorio de TARTALÉS DE CILLA es un conjunto de cuevas artificiales excavadas en roca arenisca, alineadas a ambos lados del arroyo de las Torcas en su confluencia con el Ebro. El origen se supone en época visigoda y altomedieval (s. VII-X). La funcionalidad de estos covachos parece que fue la de una “laura” cenobítica, incipiente agrupación de monjes eremíticos en relación con la iglesia rupestre de San Pedro o con la desaparecida ermita visigoda de San Fermín, en el mismo pueblo. Además de servir de oratorio a los eremitas que habitaban los covachos. es probable que todo este conjunto rupestre dependiera de Santa María de Mijangos (consagrada en el 601) o de Santa María de los Reyes Godos, a escasos metros de Las Cuevas de los Portugueses, ya que las celdas pétreas peninsulares suelen estar asociadas a alguna iglesia cercana. Muy cerca de este conjunto, las dos cavidades de Cillaperlata al lado del Ebro, una probablemente para uso religioso, están próximas también al temprano monasterio visigodo de San Juan de la Hoz, antecesor del de Oña.

 

 

Foto de El Correo de Las Matas

Eremitorio de Las Torcas. Foto de El Correo de Las Matas

 

Con la configuración de las aldeas de nuestra zona, el cristianismo terminó por asentarse en la mayor parte de Las Merindades y Las Loras.

 

ÚLTIMOS RESCOLDOS DE PAGANISMO EN MERINDADES: LAS MISIONES JESUÍTICAS EN TERRITORIO PASIEGO

El concepto misionero fue instaurado por los jesuitas en 1590. Consiste en el anuncio del evangelio mediante obras y palabras entre aquellos que no creen y se desarrolla en lugares donde el evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, o en ambientes refractarios ubicados más allá de las propias fronteras donde se dificulta la prédica y aceptación del mensaje.

Tendemos a pensar que las misiones se llevaron a cabo en América, Africa, y otros sitios alejados de Europa, pero contamos con un documento histórico que demuestra que LOS PASIEGOS FUERON EVANGELIZADOS MEDIANTE ESTA LABOR MISIONERA en fechas tan tardías como 1594.

“Poco después de la fundación de la Compañía de Jesús en Santander, en 1594 los Montes de Pas fueron objeto de una misión evangélica destinada a iluminar a aquellos montañeses al parecer tan poco versados en la palabra de Dios. Los habitantes –”compañeros de las fieras en la habitación, y aun en las costumbres”– que se encontraron los padres jesuitas estaban, efectivamente, “en suma ignorancia de las más importantes y necessarias verdades del Christianismo”, viviendo en “errores, los quales davan entrada á diversas supersticiones con que el demonio los engañava”.

Carecían por completo de iglesias y veneraban “con religioso culto” a un grueso ROBLE “que en aquel monte se hazía reparable por su proceridad y corpulencia” (6). Bajo dicho roble los misioneros levantaron un rústico altar donde enseñar la doctrina cristiana y celebrar el sacrificio de la misa. De este modo los misioneros cristianizaron el antiguo lugar de culto continuando la sabia conducta ensayada con éxito por toda Europa a lo largo de los siglos de cristianización, consistente en atraer a los paganos mediante el acercamiento y la equiparación del nuevo culto cristiano con sus antiguas creencias.

Los jesuitas, lejos de encontrarse en los montes de Pas con algún tipo de creencia de procedencia oriental –lo que no les habría pasado desapercibido y habría quedado reflejado en sus informaciones–, tuvieron que evangelizar a unos hombres que, en su estado de ignorancia y aislamiento, todavía conservaban restos del antiguo paganismo prerromano.”

Las imágenes que acompañamos recogen el texto íntegro de este documento. Es un poco largo pero os animamos a leerlo para conocer mejor nuestro pasado.

Más información: https://www.jesuslainz.es/…/medio-ambiente…/el-mito-pasiego/

 

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Para saber más:

https://www.jesuslainz.es/art%C3%ADculos/medio-ambiente-y-cantabria/el-mito-pasiego/

 

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Organización territorial del espacio cantábrico en época visigoda según Juan José García González

Juan José García González es natural de Novales, Cantabria. Licenciado por la Universidad de Valladolid y doctor por la Autónoma de Madrid. Profesor Titular de la Universidad de Burgos desde 1985 hasta 1998 y Catedrático de Historia Medieval desde 1999. Ha sido secretario y director del Colegio Universitario Integrado, decano de la Facultad de Filosofía y Letras y vicerrector de la Comisión Gestora que creó la Universidad de Burgos entre 1994 y 1997.

Sus trabajos de investigación se han centrado en la Historia de Burgos, Historia de Castilla, Historia de la Iglesia e Historia Social y Económica, temas sobre los que ha publicado innumerables artículos y monografías, así como participado en diversas obras.

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Fuente: García González, J.J. (2013). El avance de la cristiandad del centro-norte peninsular hasta la línea del Duero: Aspectos político-militares e institucionales. En VV.AA.: Biblioteca. Estudio e Investigación, 28, pp. 129-218. Ayuntamiento de Aranda de Duero.

Para saber más: https://lacantabriaburgalesa.wordpress.com/2016/02/28/el-ducado-de-cantabria-581-768-dc/

Necrópolis de San Juan de la Hoz, Cillaperlata. Posible pervivencia de ritos funerarios paganos en plena Edad Media.

En Merindades contamos con un gran número de necrópolis excavadas en roca y cuya datación exacta sigue planteando en la actualidad serias dificultades, derivadas de que en la mayor parte de ellas solo han llegado hasta nuestros días la talla en la roca. Por ello resultan especialmente interesantes analizar los escasos ejemplos que han sido excavados arqueológicamente y en los que se han encontrado las sepulturas intactas.

La necrópolis altomedieval de San Juan de La Hoz en Cillaperlata es uno de estos casos. Situada al lado del antiguo monasterio paleocristiano de San Juan de la Hoz, precursor del de Oña, está compuesta por 82 tumbas excavadas en la roca. Durante los años 1979-1986 se realizaron excavaciones arqueológicas en 74, recuperándose un total de 67 individuos: 37 hombres, 22 mujeres, 5 niños y 3 indeterminados. Fueron datados por las directoras del yacimiento como correspondientes a un amplio período histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo VIII y el siglo XI, que coincide con los años que transcurren entre la fundación histórica del monasterio en el 790 (se han encontrado restos visigodos por lo que su origen es casi seguro que es anterior) y su subordinación al cercano monasterio de Oña fundado en el 1011.

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Parte de la necrópolis en la actualidad (Foto de Entusviajes).

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Momento de las excavaciones (fotos a través de la Asociación de Estudios Onienses).

 

Llama la atención el escaso número de individuos infantiles encontrados y la especial prevalencia de enfermedades artrósicas, caries y, en menor medida, callos de fractura (fracturas óseas no tratadas correctamente) en huesos de la clavícula y costillas. Se trata de una población homogénea, sedimentaria y estable, cuya economía fundamental era la agrícola y en la que no se observan signos indicativos de catástrofe natural o artificial (epidemias, hambre, guerras, etc.) (Martinez, Nieto, Díez y Ulla, 1992).

Tal vez más interesante que el análisis paleopatológico sea el análisis de los ritos funerarios que pueden deducirse de los numerosos restos encontrados, que nos acercan al mundo de las creencias en esa zona tan especial que rodea al castellum tardorromano y visigodo de Tedeja (Trespaderne).

ORIENTACIÓN DE LAS TUMBAS

Lo primero que llama la atención es la orientación de las tumbas. Todas ellas están orientadas con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este, siguiendo un patrón común al resto de necrópolis altomedievales de la zona. Esta orientación puede deberse a una pervivencia del culto solar en relación con la muerte, ya que la puesta del sol señalaría la región de los muertos. Pero también puede ser un rito eminentemente cristiano al situar la cabeza mirando hacia Jerusalén, hacia la luz de la verdadera vida.

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Plano y orientación de las tumbas.

 

Sin embargo, las tumbas no se sitúan en un eje oeste-este perfecto, sino más bien siguiendo un patrón NO-SE, lo que proporciona datos acerca de la época del año en que fueron construidas. En efecto, dado que el sol únicamente se oculta por el oeste exacto en los equinoccios y que durante el resto del año se desplaza más hacia el norte o hacia el sur de este punto cardinal, los arqueólogos llegaron a la conclusión de que este tipo de tumbas excavadas en piedra fueron hechas evitando los meses de más calor y de mayor frío, concretamente entre febrero-junio y agosto-noviembre (Andrio, Loyola, Martínez y Moreda, 1992).

LIBACIONES Y MONEDAS

Otros datos sumamente interesantes son que en varias de las losas de cubierta halladas se encontraron pequeños orificios circulares a la altura de la cabecera destinados a la antigua costumbre romana (pagana) de hacer libaciones al difunto. Además, en las tumbas situadas en el interior del templo románico superpuesto al visigodo, se encontraron monedas colocadas en las manos de los difuntos, siguiendo también un ritual o costumbre pagana.

Cuando se habla de paganismo en este yacimiento debemos asociarlo no con creencias prerromanas sino con los rituales funerarios romanos anteriores al cristianismo. El ritual funerario característico de los pueblos prerromanos de la zona (cántabros y autrigones) fue la incineración. En la antigua Roma coexistieron los dos principales ritos funerarios: la inhumación y la incineración, aunque con el ascenso del cristianismo la inhumación fue adquiriendo una mayor importancia y todo apunta a que hacia el siglo II dC la incineración deja de utilizarse en todos los rincones del imperio.

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Algunos ejemplos de estelas oikomorfas burebanas, con la puerta de Hades que podría haber servido de canal para las libaciones realizadas como homenaje al difunto.

 

Las libaciones consisten en ofrecer bebidas de diverso tipo a los dioses o a los difuntos. Fue una costumbre común en las religiones griega y romana. Procopio, mártir de Palestina, fue uno de los primeros cristianos en oponerse públicamente a esta costumbre y fue por ello decapitado en el 303 dC. En el 390, el emperador Teodosio (nacido en la Gallaecia) prohibió expresamente las libaciones aunque este rito siguió estando vigente en las religiones judía y musulmana con pruebas arqueológicas de que en plena Edad Media se seguían realizando libaciones a los difuntos enterrados en necrópolis hispanas de la época. Nada hace sospechar que la necrópolis de San Juan de la Hoz acogiese a miembros de estos dos colectivos por lo que solo caben dos explicaciones alternativas: 1. O la necrópolis es más antigua de lo que afirman sus excavadoras, o 2. Cillaperlata conservaba en el siglo VIII una población aislada de personas que seguían aferradas a creencias y tradiciones de hace siglos, de cuando la zona estuvo fuertemente romanizada como parte del discutido “limes interno” o línea fortificada romana que discurría al menos desde Mave (Montaña Pelentina) hasta Buradón (Conchas de Haro) y que servía para vigilar a los cántabros del norte y tener aseguradas las zonas más romanizadas del Alto Ebro.

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Pátera romana de Otañes, Castro Urdiales. La escena de la izquierda muestra a una persona mayor realizando libaciones sobre un ara.

 

La aparición de cuerpos con una moneda en la mano es otro elemento a destacar y cuyo sentido e interpretación resultan más complejos. En la antigüedad griega y romana era costumbre colocar una moneda en la boca o en los ojos del difunto para pagar al barquero Caronte en su viaje al reino de los muertos. Esta tradición es mencionada por los autores latinos del siglo I dC y se expandió en esas fechas por todo el Imperio. A partir del siglo II dC se documentan monedas en la mano de los difuntos (González Villaescusa, 2001), tal vez con el significado de amuletos o talismanes (Arévalo, 2012), para traer buena fortuna desde el más allá a los que quedan aquí. Se trata, no obstante, de un rito que apenas está constatado en la Alta Edad Media y que se retoma a partir de los siglos XII y XIII (Canto, Caballero y Rodríguez, 2015) llegando incluso hasta nuestros días (Pedrosa, 2002).

Ambas parecen ser por tanto, en nuestro caso, costumbres paganas que muestran que la cristianización de toda esta zona fue un proceso lento y difícil, coexistiendo durante siglos con determinadas prácticas ancestrales firmemente arraigadas entre sus habitantes. Los enterramientos muestran esta dualidad entre creencias cristianas (inhumación y orientación de las tumbas) y paganas romanas (libaciones y monedas en las manos de los difuntos).

CONCLUSIONES

Todos estos hallazgos, analizados conjuntamente, dibujan un panorama ciertamente peculiar, en el que una pequeña zona de Merindades (Cillaperlata y tal vez otros lugares cercanos como Mijangos, Tartalés de Cilla) vivía en pleno siglo VIII aferrada a costumbres de época tardorromana, al menos desde un punto de vista ceremonial. Esto no significa que el resto de la comarca disfrutase de un mayor “desarrollo” teológico. Hay constatación de que en el siglo VI pervivían extensas bolsas de paganismo en toda la zona occidental de Merindades, a tenor de la labor evangelizadora de San Millán en la zona. La diferencia fundamental es que mientras el paganismo de otras zonas de Merindades entroncaba con los antiguos ritos y tradiciones cántabras, esta zona alrededor del Castillo de Tedeja se nos muestra anclada en un sistema de creencias y costumbres paganas romanas que hacía cinco siglos que había desaparecido de muchos otros lugares de Hispania que también estuvieron fuertemente romanizados, como La Bureba, Calahorra o León.

Más Información:
Andrio, J., Loyola, E., Martínez, J. y Moreda, J. (1992): Excavación Arqueológica en el Monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata. Nuclenor y Junta de Castilla y León.
Martínez, J.; Nieto, J.L., Díez, P. y Ulla, M. (1992). Introducción al estudio antropológico y paleopatológico de la necrópolis de San Juan de la Hoz (Cillaperlata, Burgos). Munibe (Antropologia-Arkeologia), Suplemento 8, Donostia-San Sebastián.

 

 

Breve historia de Orbaneja del Castillo

La zona en la que se encuentra este precioso pueblo debió pertenecer en tiempos prerromanos al sistema castral controlado desde el impresionante oppidum cántabro de Gredilla de Sedano, comparable a los de Monte Bernorio o Cildá en extensión pero pendiente de excavaciones, como todos los castros de Burgos. Tras las guerras cántabras, el centro político se desplazó a Castro Siero. En su “castro” quedan vestigios de una antigua muralla con restos supuestamente romanos y visigodos. El enclave, al igual que los de Buradón, Tedeja o Perazancas de Ojeda, debió tener una cierta importancia en época altomedieval como punto de control de los últimos vestigios de beligerancia cántabra y frontera del Ducado de Cantabria.La zona dependía a nivel eclesiástico del Obispado de León. En la cima de Castro Siero se localiza una ermita (Santas Centola y Elena) con elementos visigodos tardíos que sugieren una continuidad habitacional y política tras la invasión árabe del 711. No hubo, por tanto, aceifas musulmanas ni mucho menos “reconquista” en Siero (descartando como una mera pirueta mental la identificación que hace Estepa Díez (2009) de Touka=Teja=Valdelateja=Siero sobre la campaña de Al-Mundhir en el 865 y adhiriéndonos a las tesis que identifican este topónimo de Touka con Auca-Oca, como hacen el resto de historiadores: Martínez Díez, 2005, sin ir más lejos). De hecho, Siero es el primer alfoz que aparece con este nombre en la documentación medieval de La Montaña desde Guardo hasta Sobrón, concretamente en el año 945. Mencionado como tal entre los siglos X-XII, debió mantener una organización cercana a los primitivos sistemas castrales hasta bien entrada la Edad Media (Martín Viso, 2002). En el siglo XIII terminan por desaparecer las funciones defensivas de Siero, tanto primigenias (cántabros) como residuales (musulmanes) y Sedano pasa a ocupar la capitalidad del territorio, pero funcionando únicamente como cabeza fiscal del dominio regio sobre la zona.

El topónimo de Orbaneja lo encontramos por primera vez en época de Alfonso VIII (1181), aunque existen dudas entre los historiadores sobre si se refiere a Orbaneja de Castillo o al Orbaneja Riopico de las inmediaciones de Burgos. La primera mención documental fiable referida a Orbaneja del Castillo no aparece hasta el Becerro de las Behetrías (1352). En esta obra aparece como Orbaneia de Castiello, formando parte del alfoz de Sedano y con él, de la Merindad de Burgos con Rio Ubierna, en la que se acababa de integrar todo el alfoz en el siglo anterior (Martínez Díez, 1981). El Becerro especifica además que se trata de un enclave aislado de realengo, por lo que debió tener una significación especial para el poder regio (Álvarez Bonge, 1996). No se conserva documentación que acredite concesión de fuero alguno, pero debió disfrutar de algún tipo de privilegio real, ya que todo apunta a que la villa experimentó una activa repoblación con gentes procedentes del sur (judíos y mozárabes), al igual que otras villas regias del entorno aforadas por parte de Alfonso VIII (Medina de Pomar, Frías, Villasana de Mena, Valmaseda, Criales o Mijangos). Especialmente notable debió ser la huella judía, como lo demuestra el hecho de que las informaciones más llamativas de toda la actual provincia de Burgos sobre este colectivo son las que se refieren a los naturales de este pueblo, a los que todavía hoy se les llama tradicionalmente rabudos. En el vecino pueblo de Huidobro dicen que “a los de Orbaneja les llamaban rabudos, porque fue el último pueblo de eso”. En el propio pueblo de Orbaneja existe el convencimiento de que “aquí éramos medio judíos. Eso de boca en boca, de padres a hijos venía. Las familias que había estaban desacreditadas entonces. También aquí decían que habían visto gente con rabo, y eran precisamente los que eran de raza judía” (Pedrosa, 2009). El aislamiento de este pueblo contribuyó a que su presencia pasase desapercibida hasta tiempos recientes (Barriuso y Laureiro, 2017).

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Orbaneja aparece como una entidad política diferenciada del resto de Sedano desde que existen registros documentales. Por ejemplo, nunca perteneció a La Honor de Sedano (siglos XIV-XIX). Dos siglos después de la creación de este señorío, en el Censo de Pecheros de 1528, Orbaneja sigue apareciendo como un pueblo independiente y ajeno a La Honor. El Censo de los Millones de 1591 recoge que Orbaneja, junto con otros tres pueblos aquende Ebro (Escalada, Quintanilla-Escalada y Turzo) pertenecen al Arciprestazgo de Cejancas en vez de al arciprestazgo de Covanera, como todo el resto de Sedano, lo que probablemente sea un indicio de que estos cuatro pueblos formaban en tempos anteriores parte de una misma entidad territorial. Pasados otros dos siglos más, el Censo de Floridablanca (1787) recoge a Orbaneja como un pueblo solo, mientras que Turzo, Escalada o Quintanilla siguen incorporados al Valle de Sedano. Hay constancia documental (1752) de que tanto Orbaneja como el Valle de Sedano pertenecían en esta época a las Cuatro Villas de la Costa, antecesor de la actual Cantabria. Tras la caída del Antiguo Régimen se crean los ayuntamientos modernos y en la época de Miñano (1828) y Madoz (1849) Orbaneja sigue siendo un ayuntamiento independiente de sus vecinos. En 1857 el también independiente ayuntamiento de Turzo se incorpora al de Orbaneja. Finalmente en 1976, este centenario resistente independentista llamado Orbaneja del Castillo termina integrándose en el ayuntamiento de Valle de Sedano. Y así sigue hasta hoy.

Para saber más:

Sobre la evolución de Castrosiero desde su esquema castral: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/625760.pdf

Sobre el Alfoz de Siero-Sedano: http://riubu.ubu.es/…/10…/2035/1/0211-8998_n194_p173-192.pdf

Sobre la Honor de Sedano: http://www.bizkaia.eus/…/kobie_24_LOS%20DESPOBLADOS%20MEDIE…(_9.pdf.

Estelas discoidales con simbología “cántabra” en Merindades y Sedano.

 

ESTELA DE DOBRO

Se trata de una estela con una decoración en círculos concéntricos que recuerdan a las cántabras de Barros o Lombera, aunque de tamaño muy inferior a estas estelas discoideas prerromanas. Tiene una altura de unos 50 centímetros y fue encontrada junto al camino viejo de Dobro a Villaescusa del Butrón, en plena paramera del sur de las Merindades, municipio de Los Altos.

Diez de Tubillexa y Merlos, en su obra “Escóbados de Abajo, Escóbados de Arriba, Huidobro, Porquera del Butrón y Villalta” (2013) la atribuyen una cronología de en torno al siglo VII, aunque nosotros ampliaríamos el marco temporal a una horquilla comprendida entre los siglos IV-VII. Recordemos que todavía hacia el 570 tuvo que subir San Millán desde la romanizada La Rioja a predicar la palabra de Dios al “senado” de los cántabros, que aún albergaba extensas bolsas de paganismo en pleno siglo VI. En otros puntos más o menos cercanos del Norte Cantábrico se han encontrado estelas similares en tamaño y fechadas en esta misma época pero suelen contener elementos iconográficos de tipo cristiano. 

Por todo ello, se trata de una estela singular e interesante, que además no aparece documentada en ninguna otra obra bibliográfica, catálogo o carta arqueológica que conozcamos.

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Ilustración de Diez de Tubillexa y Merlos.

 

ESTELA DE VALDELATEJA

“Fragmento de estela de cabecera discoidea, trabajado en piedra caliza muy blanca. De antiguo, ha perdido el tercio superior del disco y gran parte del pie. Mide 27 cm. de altura. El disco tiene 33,50 cm. de diámetro por 18 de alto y 9 de grosor uniforme. El pie solo alcanza 9 cm. de altura y se separa de la cabeza mediante una escotadura de 17 cm. de amplitud que da paso a un apéndice lateral u orejera de forma triangular.

El anverso, provisto de un orificio reciente, lleva dos cenefas concéntricas y lisas, realizadas mediante sendas incisiones. El borde del disco se prolonga en la zona del cuello por otra incisión. El interior del campo central es ocupado por un círculo inciso que dispone de un punto en su centro y dos semicírculos laterales de similar técnica. En torno al interior de la cenefa interna se distribuyen cuatro grupos o haces de semicírculos grabados, de aspecto muy tosco y con tendencia a ser concéntricos, formados por tres o cuatro -según los casos- curvas cuyos trazos externos no llegan a ser tangentes (Fot. 13). 

El reverso, con un desconchado reciente y una hendidura transversal, porta una decoración similar, aunque quizás conformada por cuatro haces de semicírculos, al parecer constituidos solamente por tres orlas casi concéntricas (Fot. 14). El canto es liso, igual que el pie. 

En cuanto a la ornamentación, los motivos no cruciformes, más antiguos que otros cruciformes más usuales, pueden considerarse como de raigambre pagana y, sin duda, heredados de las culturas locales anteriores a la llegada del cristianismo y supervivientes en época visigótica. Su origen estaría en el mundo prerromano cántabro. Con todo, esta vinculación no garantiza una datación tan antigua, sino solamente su nexo con una determinada tradición o repertorio ornamental y, a lo sumo, una perduración de tales representaciones. Parece tener más verosimilitud su vinculación cronológica con momentos altomedievales, con anterioridad a la XII centuria.” (Campillo, 2004)

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Foto de Jacinto Campillo

 

 

ESTELA DE VILLAMAYOR DE LOS MONTES

Más cerca de Lerma que de Burgos, en la localidad de Villamayor de los Montes, se ha encontrado esta otra estela que presenta ciertas similitudes iconográficas con la de Dobro y con las cántabras. Aparece en la obra de Campillo (2015): Las Estelas Cristianas de la Cuenca del Arlanza y la pista nos ha sido facilitada por Javier Gómez.

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Foto de Javier Gómez.

 

Amania o los vínculos toponímicos del Valle de Mena con sus vecinos

PARTE I. VÍNCULOS CON LA TIERRA DE AYALA

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El padre benedictino Gregorio Argaiz afirma en una de sus obras (1668), sin aportar más datos al respecto, que “El Noble y Real Valle de Mena se llamó antiguamente AMANIA, igualmente que el valle de Tudela y la noble tierra de Ayala, cuyos naturales se llamaron ‘amanienses’ y su capital fue Dardania, conocida hoy por el nombre de Orduña”. Esta misma denominación de Amania la recoge dos siglos después Miñano en la descripción que hace del Valle de Mena en su Diccionario Geográfico-Estadístico de 1827 (Tomo VI).

Teniendo en cuenta esta parca información al respecto, resulta interesante constatar que en la vecina Tierra de Ayala existen una serie de topónimos que pueden ser indicadores de un pasado territorial común. Nos referimos a MENAGARAI, MENOYO, MENARDO y MENERDIGA, que conforman una línea que desde el corazón del valle alavés asciende hasta el de Losa por la Sierra Salvada.

Las teorías etimológicas que se han propuesto para estos enclaves son variadas. Mugurutza (2002) cree que están interrelacionados etimológicamente con un nombre genérico desconocido, preferentemente un antropónimo. MENAGARAI es un pueblo situado entre Arceniega y Amurrio y cuya etimología más comúnmente aceptada ha sido la de descomponerlo en el nombre Mena y el eusquérico garai ‘alto’, viniendo en dicho caso a significar MENA DE ARRIBA. Sin embargo, Mitxelena lo hace derivar de me(n)a, ‘mineral, mina, vena’. MENOYO es una aldea también conocida como El Campo y situada entre Menagarai y Sierra Salvada. Al margen de interpretaciones difícilmente defendibles como ‘ladera de la montaña’ (Barrenengoa, 1990), la mayoría de las explicaciones han pretendido relacionarlo con el valle de Mena. Otras opciones advierten de la posibilidad de que se trate de un genérico, a la vista del topónimo Las Menoyas de Arceniega o La Menoya en el vecino Santa Coloma. MENERDO es el nombre de un despoblado en las faldas de la Sierra Salvada, entre Aguiñaga y Madaria, y que algún autor le ha atribuido un origen visigodo. Justo por encima, en lo alto de Sierra Salvada, está el portillo de MENERDIGA, que comunica Ayala con el Valle de Losa.

La primera vez que el valle de Ayala aparece como ente territorial diferenciado es en la época de Alfonso I de Asturias (741), si aceptamos por buena su identificación con Alaone (Aiaone o Aizone según otras lecturas) de la Crónica de Alfonso III (881) (García de Cortázar, 1981; Martínez Díez, 1974). Alaón puede proceder del antropónimo latino Alaunus, que a su vez podría proceder del gentilicio alani, nombre de uno de los pueblos bárbaros que entraron en la península en el siglo V. Por otro lado, alaod (Alodia) es una palabra germánica (visigoda) que significa Tierra Libre, y cuyo dativo utilizado con connotaciones posesivas es alaodón. Este último significado enlaza con el carácter libre de este valle, que disfrutó durante los siglos siguientes de sus propios fueros, usos y costumbres, sin tener que ver con el régimen administrativo de Alava o Vizcaya. Llegó incluso a tener el rango de Provincia independiente desde 1521 hasta 1833.

Merindades, Provincia Gallaecia (313-411)

La provincia romana de Gallaecia fue creada por el emperador Diocleciano en el 298 dC. Incluía los conventos bracarense, lucense y asturicense. Poco tiempo después, los límites de la Gallaecia se ampliaron en fecha y extensión indeterminada hacia el convento cluniense. En esta entrada vamos a intentar recoger toda la información disponible hasta el momento con el fin de intentar arrojar algo de luz sobre este tema.

CANTABRIA, PARTE DE LA GALLAECIA ROMANA

La antigua Cantabria prerromana es la zona que menos dudas genera al respecto de su inclusión o no en la Gallaecia romana. Son varios los autores que de forma explícita citan que Cantabria (incluyendo al menos a parte de Las Merindades) perteneció, en algún momento de su pasado a la provincia de Gallaecia.

Paulo Orosio (383-420) en su Historiæ adversus paganos (VI, 21,2) incluye a Asturias y Cantabria en la provincia galaica de su tiempo cuando se refiere a la guerra de Augusto y Agripa contra cántabros y astures: “Cantabri et Astures Gallaeciae provinciae portio sunt”.

Porfirio (s.III dC), escoliador del poeta clásico Horacio (Carmen II, 6.2), escribe: “Cantabria, quae este gens Gallaecia”.

La Notitia Dignitatum (420) sitúa en la Gallaecia al tribuno de la cohorte celtíbera, destacamento militar estacionado en luliobriga, en pleno territorio cántabro. “In provincia Callaecia: (…) Tribunus cohortis Celtiberae, Brigantiae, nunc Iuliobriga”.

Pocos años más tarde, San Isidoro (556-636) en sus Etimologías (XIV, 521) dice: “Regiones partes sunt provintiarum, sicut in Callecia: Cantabria, Asturias”.

Huidobro (1956) menciona que Cantabria formaba parte de Gallaecia en el momento en que los cuerpos de las santas Centola y Elena fueron recogidos por los obispos de Astorga-León de los paganos a cambio de 300 libras de oro y depositados en la iglesia de Castro Siero (Valle de Sedano). El martirio de estas santas ocurrió en el año 304 y la incorporación de Cantabria a la Gallaecia fue en el 313 dC:

“Pero en la nueva división de Constantino (emperador romano, en el año 313 dC) quedó desmembrado el mismo Obispado de León de la antigua Provincia Tarraconense, y agregado a la nueva de Galicia, la cual se compuso de tres regiones famosas, que son las de Cantabria, Asturias y Galicia. Desde este tiempo las mismas regiones, que desde Augusto estaban unidas de algún modo en el gobierno pero conservando siempre sus nombres distintos, quedaron ya más enlazadas entre sí formando un solo cuerpo de Provincia, y diciéndose Galicia todo el territorio que abrazaban.

Y con el nuevo número de Provincias establecido por Constantino quedaron mas permanentes y manifiestos los límites del Obispado de León así por la parte meridional como por la oriental, donde podían variarse con mayor facilidad a causa del diverso gobierno político a que estaba expuesta la Cantabria. Por esta causa HABIENDO PADECIDO EN LA CANTABRIA LAS SANTAS VÍRGENES CENTOLA Y HELENA, tuvo el Obispo Legionense el cuidado de recoger sus santas reliquias y de colocarlas en lugar decente como se refiere en sus Vidas, lo cual sucedió, como advirtió doctamente el M. Flórez, en tiempo de la gentilidad, no como dice el rezo actual muchos siglos después, en que las montañas de la Cantabria pertenecían a otro Diocesano. Pues todo este territorio quedó mucho más asegurado al Obispado de León después de la división de Constantino: porque no solo la misma ciudad de León quedó dentro de la Provincia de Galicia, sino también la región de los Cántabros a donde llegaba su jurisdicción Eclesiástica.

Porque no hay otra Diócesis a que se pueda atribuir el territorio de la Cantabria sin hacer un trastorno en las Provincias y perjudicar los derechos de aquella a quien tocaba como porción legitima. Porque la Diócesis de Palencia era de la Provincia Cartaginense, la de Calahorra de la Tarraconense, la de Auca (Villafranca Montes de Oca, Burgos), además de ser también de Tarragona, tiene contra sí el testimonio de los Padres de la misma Provincia en la carta que escribieron contra Silvano Obispo de Calahorra, de cuyo Obispado dicen que era el último de la Tarraconense, lo cual no sería verdad, si la Cantabria perteneciera a la Diócesis de Auca, estando aquella región más al poniente respecto de todo el territorio del Obispado de Calahorra. Así que debe tenerse por cierto, que la Cantabria, que antes de la división de Constantino, tocaba a la jurisdicción de la Diócesis Legionense, quedó adjudicada a la misma con mayor firmeza, desde que se hizo parte de la Provincia de Galicia con el nuevo establecimiento de las cosas del Imperio”.

Texto de “España Sagrada”, Enrique Flórez y Manuel Risco, 1799.

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Castro Siero. Foto de Abrigaño del Cañón.

 

¿Y QUÉ HAY SOBRE LOS AUTRIGONES?

Todo parece indicar que los cántabros formaron parte de la Gallaecia mientras que el resto de pueblos norteños del convento cluniense (autrigones, caristios y várdulos) no.

Así lo expresa el obispo de Rávena Jordanes (s. VI dC) en su obra De Getarum sive gothorum (XLIV), cuando pone como límite oriental de Gallaecia a los autrigones: “quibus antea Gallicia et Lysitania sedes fuere, quae in dextro latere Spaniae per ripani Oceani porriguntur, habentes ab oriente Austrogonia”.

En la segunda mitad del siglo V, la correspondencia epistolar entre el obispo metropolitano Ascanio de Tarragona y el papa Hilario nos muestra otro argumento en este sentido. Ascanio describe la sede calagurritana como “in ultima parte nostrae provinciae constitutus”, frase que da a entender que el de Calahorra es el obispado más al oeste de la provincia Tarraconense. Por aquel entonces el obispado “autrigón” de Oca, en La Bureba, aún no existía y de hecho se especula con que el nombramiento unilateral de un obispo en Oca por parte del obispo de Calahorra Silvano fuese el desencadenante de esta conocida crisis eclesiástica.

Esta delimitación de Jordanes entre autrigones y cántabros como pertenecientes a diferentes supraentidades es la primera mención que conocemos al respecto y supone un interesante precedente de divisiones posteriores.

¿El RESTO DEL CONVENTO CLUNIENSE ERA GALLAECIA?

El ámbito geográfico que genera más dudas entre los investigadores al respecto es el resto del convento cluniense (vacceos, turmogos, etc.).

Orosio, hablando de los límites de la provincia de Gallaecia (VII, 5,7): dice: “Numantia autem Citerioris Hispaniae, haud procul a Vacceis et Cantabris in capite Gallaecia sita, ultima Celtiberorum fuit”. Lo que traducido viene a decir: Numancia, pues, situada en el principio de la Gallaecia, no lejos de los Vaceos y Cantabros, de la Hispania Citerior, fue la última [ciudad] de los Celtiberos. El señalar a Numancia como límite oriental de la provincia galaica ha llevado a algunos investigadores a concluir que los pueblos al occidente de Numancia debían pertenecer a la Gallaecia.

Hidacio (400-469), al relatar la vuelta de Teodorico II a la Galia a mediados del siglo V, dice (Cronicón, 174) que dirigió parte de sus tropas “ad campos Gallaeciae”, lo que por el contexto (las dos ciudades atacadas son Astorga y Palencia) puede entenderse como la actual tierra de Campos.

El mismo Hidacio, al darnos el lugar de origen del emperador Teodosio alarga los límites de la Gallaecia hasta Coca (Segovia), en la provincia Cartaginense, hecho que también refleja Zósimo (460-520) en su Nueva Historia, aunque esta extensión hasta Segovia ha sido puesta en tela de juicio por varios autores, optando por ubicaciones alternativas como Hispalis (Canto, 2006) o incluso Coca, cerca de Oporto.

EN RESUMEN

Con el análisis de estos datos, los límites de la Gallaecia serían bastante más amplios que los que suelen adscribirse.

La provincia galaica que nace de las reformas de Diocleciano (298) no sólo incluyó los antiguos conventus de Braga, Lugo y Astorga sino también el de Clunia, o al menos parte de él.

Cantabria fue la región del convento cluniense con una mayor probabilidad de haber pertenecido a Gallaecia. De hecho, perteneció casi tanto tiempo a esta provincia (98 años) como Asturia (113 años) o como la propia provincia romana.

Es casi seguro que la Gallaecia no incluyó en ningún momento de su historia a otros pueblos del convento cluniense como autrigones, caristios, várdulos. Y existen serias dudas de que incluyese a los vacceos y otros pueblos de la meseta del Duero.

En el 409 llegan los suevos y los vándalos asdingos a Gallaecia estableciendo los primeros el primer reino europeo (411-585), asentado fundamentalmente en la mayor parte de la antigua provincia de Gallaecia excepto Cantabria. Nuestra zona entró en una fase de progresivo autogobierno y vuelta a modos de vida prerromanos hasta la toma de Amaya por Leovigildo en el 574. En el convulso siglo V, las provincias romanas dejaron de existir como tales a nivel político aunque conservaron su esquema general e influencia a nivel eclesiástico. Aún en el 572 el rey suevo Miro atacó la costa cántabra en un intento, según algunos autores (García y Fernández, 1998), de completar la Gallaecia creada por Diocleciano.